miércoles, 11 de noviembre de 2015

RUTA 66. DÍA 14: LOS ANGELES.

Hoy nos permitimos el lujo de no madrugar. El despertador suena a las ocho en punto y me quedo un rato en la cama mirando al techo, con la cabeza puesta todavía en la Ruta. Si, lo hemos hecho, la gran 66 es nuestra. Si me dicen hace diez años: "Mike, tú un día recorrerás la Ruta 66", hubiese lanzado mi mirada al horizonte respondiendo un imposible, "Ojalá"... y aquí estoy, en un Motel de Los Angeles, en una cama de dos por dos, con una preciosa chica (que además es mi esposa) abrazada a mi pecho.

Tras una ducha, bajamos a la salita del desayuno. Todo sigue exactamente igual que hace dos años; el mismo surtido de fruta, de pastelitos, de cereales y de zumo de polvos. Ordenando las mesas la misma señora mexicana que hace dos años nos contaba su historia: vino a Los Angeles en busca de una nueva vida, se instaló en Lynwood, encontró un empleo, trajo a su familia y aquí está, tras casi veinte años en Los Angeles, sin hablar inglés, aunque siempre asegura que lo entiende todo. Hay más gente que como ella, únicamente se relacionan con personas de habla hispana. Con los chinos ocurre lo mismo, en el China Town apenas se habla inglés.

Tras dos semanas perdidos por solitarias y polvorientas carreteras, no hemos tenido ocasión de pasar por ninguna tienda en busca de ropa. Acostumbro siempre que vengo a Estados Unidos, a pasarme por los outlets y renovar un poco el armario, así que hoy vamos dedicar la mañana a visitar el "Citadel Outlets". De hecho, mi maleta vino con un hueco desde España reservado a mis compras. En los últimos cinco años he comprado mucha más ropa aquí que en casa. Suelo vestir con marcas americanas que aquí me cuestan bastante menos dinero que en Zaragoza. Así que, cuando tengo un viaje en el horizonte, trato de ahorrar todo lo que puedo porque sé que voy a volver con una buena bolsa de ropa.




Media hora después, aparcamos nuestro coche en el parking de los Outlets, justo al lado de un cadillac de los años 50 que todavía anda. Una chica se repasa los labios antes de bajar de su coche, sale del vehículo con su café en mano y corre hacia la entrada. Acaban de abrir. Antes de "meternos en faena" pasamos por Starbucks por un par de Chai tea lattes. Dos chicas conversan animadamente mientras el camarero coloca sus cafés en unas bandejas para llevar. Un señor trajeado observa la portada de uno de los periódicos mientras busca un par de dólares en sus bolsillos para dejar la propina.

En la tienda de Nike me hago con unas zapatillas para correr. Me entran agujetas solo de mirarlas. Llevamos catorce días comiendo caca, haciendo caso omiso a las grasas, al colesterol, a todo lo que huele a comida sana. Vine aquí a comer caca, y me iré hasta el culo de caca¡¡... eso si, no puedo evitar comprar unas zapatillas de correr para calmar un poco mi culpa, pero bueno, eso es adelantar el infierno y ahora mismo no es plan.

En la tienda Vans me tiro una hora persiguiendo el altavoz con el iPhone, tratando de cazar cada una de las canciones que suenan. Le digo al dependiente que la música de la tienda me está volviendo loco, el tipo se alegra por mí y me dice bromeando que además de buena música, también tienen zapatillas. Salgo de allí con seis pares de calcetines, unas vans nuevas y más de veinte canciones de grupos que no había escuchado jamás, guardados en el móvil.




El euro y el dólar están muy a la par esta vez, así que el cambio prácticamente deja de ser una ventaja, de todos modos me he ahorrado bastante pasta, ya que había muchos descuentos y la ropa americana, aquí, lógicamente, cuesta menos. Pago por un par de Vans cerca de cuarenta dólares, que en Zaragoza me habrían costado unos sesenta o setenta euros, más o menos esa es la diferencia en proporción con el resto de prendas: camisetas, pantalones, sudaderas, .... Hay gente que opina que no, pero para mí es muy rentable visitar los Outlets.

Nos vamos a la zona de restauración a comer algo. Una especie de plaza plagada de mesas, con decenas de restaurantes de todas las partes del mundo. Optamos por un Panda Express, una cadena de comida china americanizada que llevamos ya tiempo queriendo probar. Nos sentamos en una de las mesas de la plaza, que está muy concurrida de gente buscando sitio cargados de bolsas. La comida del Panda es deliciosa, pido encarecidamente que además de un Starbucks, abran uno de estos en Zaragoza.




Tenemos entradas para el partido de baseball de esta tarde. Es algo que llevo queriendo ver desde hace mucho, mucho tiempo, y si, hoy vamos a ver a los Dodgers. Dudamos entre ir ya o pasar por el Motel primero a dejar la compra. Finalmente Mary me convence para pasar por la habitación a descansar media hora e ir más relajados al estadio.

Es viernes, son las tres y media de la tarde y en Los Angeles hay un atasco infernal. Tardamos casi una hora en llegar al Motel, el tiempo justo para dejar las bolsas sobre la cama y salir hacia el Dodger Stadium. Faltan dos horas para que comience el partido, pero intuimos que según las indicaciones de la página web, va a ser un poco lioso dejar el coche en el parking, así que vamos a ser prevenidos y mejor que nos sobre el tiempo.

Nada más salir a la autopista caemos presas de otro monumental atasco, hay ocho carriles en cada dirección y están todos saturados. Jamás había visto nada igual. Mary va al volante, si sé que vamos a encontrarnos esto, hubiese conducido yo, tengo una paciencia infinita para los atascos, y se me da mucho mejor sufrirlos al volante que en el asiento del copiloto. El coche avanza a tres o cuatro kilómetros por hora. Todas las filas van más rápido que la nuestra, nos pongamos en la fila que nos pongamos.

Los coches se cambian de carril de forma repentina, sin poner el intermitente. Los conductores permanecen tranquilos al volante, están acostumbrados al caos. Algunos canturrean, otros saborean un enorme refresco, hay quien hasta maneja el volante con una hamburguesa entre las manos... es una ciudad que está hecha para el coche y esta hecha tan bien que se forman unos atascos increíbles. Lo de hoy no tiene nombre.

A pesar del tráfico, Los Angeles es mi ciudad favorita del mundo mundial. No es ni mucho menos la más bonita, por delante está la bella San Francisco, o Chicago o incluso New York.

Lo que me enamora de Los Angeles es su clima soleado durante todo el año, sus interminables palmeras que se pierden cielo arriba, el smog que se forma a primera hora de la mañana y que con el transcurso del día va permitiéndote ver los rascacielos del dogtown en la lejanía. Las anchas kilométricas avenidas. Los semáforos colgando de un cable. Sunset Boulevard con Amoeba en una de sus esquinas. Los grafitos y cultura urbana que se esconden tras cada esquina. Los gorros de lana de los skaters aunque el sol apriete a casi treinta grados. La diversidad que ofrece la ciudad en cada barrio, desde la pequeña Osaka, al Chinatown o la comunidad latina de Lynwood. Hermosa beach, Malibu, Manhattan Beach. La cultura surf de la costa. El longboard como medio de transporte para personas de cualquier edad. El look de los negros y de los skaters que navegan a lomos de sus destartalados skates. El caos y a veces la decadencia que muestra la ciudad desde lo más alto de la autopista. Sobre toda esta tarta, la guinda del pastel; Venice Beach; el lugar favorito de mi amada ciudad.

Los Angeles es una ciudad que no cae bien a la primera. Es el típico tío idiota al que tienes que conocer poco a poco para que pueda mostrarte sus verdaderas virtudes. Razón por la cual la gente se lleva una idea muy equivocada de lo que es la ciudad. La gente, por regla general, visita Los Angeles formando parte del tour de la Costa Oeste, pasan aquí dos o tres días en el mejor de los casos, y ven lo típico: El Paseo de la fama, el letrero de Hollywood, Beverly Hills, Santa Mónica y además suelen hacerlo sin disponer de un vehículo para moverse a su antojo, algo fundamental aquí. Es una ciudad a la que a mi juicio, se le ha colgado injustamente el cartel de "Patito Feo" de Estados Unidos.

La primera vez que vinimos fue en el año 2012, cuando hicimos la Ruta por la Costa Oeste. Recuerdo que nada más llegar me llevé el chasco de mi vida. La ciudad me pareció horrible. Buscamos una pizzería en un barrio nada recomendable bien entrada la noche y volvimos al Motel casi casi corriendo y bastante decepcionados. Al día siguiente, cambié totalmente de opinión y en las vacaciones del año 2013 vinimos dos semanas única y exclusivamente a ver a fondo la ciudad, creando su gran leyenda dentro de mí.




Pero bueno, tras echarle flores durante tres párrafos, nos encontramos en un maldito atasco del que llevamos intentando salir más de una hora y media. El partido de baseball está a punto de comenzar y en el GPS quedan, desde hace casi dos horas, quince minutos para llegar. Mary comienza a desesperarse, yo ya no sé que hacer; he cantado, he bailado, he sacado medio cuerpo a través de la ventana para grabar la infinita fila de vehículos que hay detrás y delante nuestra, he sacado dos mil parecidos (alguno de ellos muy buenos) al resto de conductores, y se me ha acabado el repertorio. No me quedan payasadas en el bolsillo.

Al fin cogemos algo de velocidad y tras tomar la enésima salida no vamos a parar a una nueva autopista. El parking del Dodger Stadium aparece hasta los topes de coches, con un ejército de operarios dando instrucciones de donde dejar el vehículo. Mi vista no alcanza a ver el horizonte, no veo el final, solo se ven coches, miles y miles de vehículos aparcados a la perfección. Tomamos como referencia una enorme figura que vigila desde lo alto de una montaña el parking. Hago una foto para orientarnos. Me conozco, y si fuera por mi, a la vuelta podríamos estar dando vueltas durante tres días sin dar con el coche. Menos mal que Mary compensa esa parte de mi, es una brújula infalible.

Caminamos durante más de un cuarto de hora. El ambiente es increíble; familias enteras, parejas, padres con sus hijos, grupos de amigos, de amigas... el baseball es un deporte de masas en Los Angeles, el ambiente no tiene nada que envidiar a un Madrid - Barsa.

Antes de entrar, al fin me hago con una bola de baseball y con uno de esos enormes dedos de gomaespuma, somos dos de ellos. Los asistentes van todos perfectamente uniformados con la camiseta, la gorra y cualquier objeto que muestre el logo del equipo: L.A.




Pillamos un par de cervezas y vamos directos a nuestros asientos. El estadio está lleno y es impresionante verlo desde arriba, con toda la gente animando a su equipo. En el campo de juego, los Dodgers se miden a los Giants de San Francisco. No conocemos las reglas del baseball, tampoco nos suena el nombre de ningún jugador, ahora mismo somos dos ignorantes disfrutando como niños del espectáculo que se vive en la grada. El público es un jugador más. La enorme pantalla de la grada de en frente, muestra imágenes de los espectadores dotando al público de un protagonismo que me encanta. Algo que me llama la atención es el respeto con el que tratan al rival, ni rastro del típico insulto, ni abucheos, caigo rendido a la deportividad. En Europa los seguidores del fútbol son una manada de jabalíes, aquí no (no quiero ofender a nadie, cada uno es libre de vivir el deporte como quiera).

Salimos por algo de comida. En el estadio hay perritos, hamburguesas, helados, palomitas... esto es el paraíso. Puedes encontrar comida donde quieras. Nos hacemos con dos enormes porciones de pizza y volvemos a nuestros sitios. El tipo de detrás nuestro es seguidor del equipo rival, me comenta algo señalando el terreno de juego. No consigo entender lo que dice. Acabamos la conversación con dos sonrisas. En Estados Unidos todo se arregla con una sonrisa, aunque no tengas ni pajolera idea de lo que te están diciendo. La próxima vez que vuelva a un partido de Baseball (que volveré), prometo aprenderme las reglas, y así podré defenderme y comentar el partido con gente como el tipo de detrás.




Decidimos salir del estadio antes de que termine el partido. No es buena idea salir a la vez que los dos millones de coches que hay aparcados en el Parking. Bajo las escaleras con alma de Dodger, tanto, que nos hacemos con la camiseta del equipo antes de llegar al parking.

Contra todo pronóstico, encontramos el coche con suma facilidad, bueno, sin tener en cuenta que hemos dado un rodeo de casi un cuarto de hora por la escalera equivocada.

La noche es cerrada. La autopista se eleva sobre tres autopistas más bordeando el Downton, los rascacielos iluminados nos regalan una vista preciosa de Los Angeles. Adoro esta ciudad. El tráfico es fluido y en algo menos de media hora llegamos a Lynwood. La sirena de un par de coches de policía pone la banda sonora, comienza otra dura noche para los cuerpos de seguridad ahí fuera.

Yo, tacho de mi lista de sueños cumplidos ver en directo un partido de baseball.


Mike.