martes, 27 de octubre de 2015

RUTA 66. DÍA 13: KINGMAN (ARIZONA) - LOS ANGELES (CALIFORNIA).

Me despierto con la sensación de haber dormido más horas de las que realmente he descansado. La ducha me quita la pereza de inmediato. Antes de bajar a desayunar decidimos cargar el coche con las maletas. Descubrimos que ayer podíamos haber subido las maletas a la segunda planta en coche y no por las escaleras tal y como hicimos al llegar. La experiencia es un grado, nunca cargues con las maletas sin agotar absolutamente todas las vías de transporte antes de hacer el esfuerzo de cargar con ellas a través de una estrecha escalera. Consejo de amigo.

El desayuno de ayer en Winslow se ve superado por el de hoy, hemos sobrepasado el listón y nos hemos puesto las botas. Por un momento he llegado a sentirme culpable por primera vez desde que he puesto los pies en suelo americano, por la cantidad de "caca" y grasa a la que estoy sometiendo mi cuerpo. He visto a una diminuta versión de mí, advirtiéndome junto al plato de salchichas y patatas de todos los kilómetros que voy a tener que correr a la vuelta para recuperarme. Me he espantado a mí mismo de un manotazo mientras buscaba con un trozo de pan la yema del huevo frito.

Abandonamos el penúltimo Motel de nuestro viaje. Ya ha amanecido por completo. Nos aventuramos colina arriba por un puerto de montaña en el que a un lado tenemos un barranco al que evito con la mirada constantemente y al otro un enorme desierto plagado de cactus.




Un grupo de cabras montesas aparecen de la nada y trepan por las rocas con una facilidad pasmosa. Es bonito encontrarte animales en su hábitat natural, sin barrotes de por medio.

Llegamos a la cima envueltos en una especie de niebla que cubre el valle. Me aseguro de que no haya más cabras de esas a nuestro alrededor y bajo lentamente del coche para disfrutar del paisaje. Ahora mismo somos los reyes del mundo, que respira bajo nuestros pies en la calma más absoluta, hemos conquistado América.

Volvemos al coche, a partir de aquí es todo bajada. Nuestros oídos se destaponan. En medio del camino nos sorprende una curiosa señal que nos advierte de la presencia de burros. Señal inequívoca de que Oatman; el pueblo de los burros, está cerca.




Un par de millas después y justo antes de entrar al pueblo, nos encontramos con media docena de burros que campan a sus anchas por la carretera. Bajo la ventanilla y saludamos a los reyes del pueblo. Mary saca la fruta que ha cogido del desayuno e inmediatamente uno de los burros mete el hocico por mi ventanilla mostrándome una enorme dentadura a dos milímetros escasos de mi nariz. Subo la ventanilla como puedo mientras el animal trata de meterse en el coche por la ventana, arranco y veo por el retrovisor como vienen detrás. Mary me dice que quiere volver a dar de desayunar a los burros. A mi el corazón me va como una locomotora, todavía puedo ver la dentadura de ese bicho a un milímetro de mi nariz.




Aparcamos en la calle principal del pueblo y volvemos por lo burros. Mary camina sonriente con una bolsa de manzanas en la mano, dispuesta a dar de comer a sus nuevos amigos. Nada más sacar la fruta de la bolsa se nos echan encima, tiro las manzanas a la mierda pero es inútil, uno de los burros me la tiene jurada y entre rebuzno y rebuzno me enseña sus bonitos dientes corriendo tras de mí. Me siento como si estuviera en los San Fermines. Mary mira la escena atónita desde el medio de la carretera. Yo corro gritando como un loco con un burro cabreado pisándome los talones. Al llegar a la calle principal hay una pequeña multitud de gente, subo inmediatamente a uno de los porches de madera y pongo mi pellejo a salvo del jodido burro. Una de las propietarias de un negocio cercano consigue calmar al animal, yo no pienso bajar de aquí jamás.

La lugareña nos indica que no pueden comer manzanas porque les sientan mal, nos ofrece una especie de pienso que vende en su tienda en bolsas de papel a un dólar. Yo he tenido bastantes burros por hoy, pero Mary quiere darles de comer, así que nos hacemos con un par de paquetes. Mary les ofrece comida e incluso comen de su mano, cuando yo me acerco me rebuznan. Decido no acercarme y observar desde el porche como comen los angelitos. Mary sonríe como una niña pequeña.

En Oatman todavía puede respirarse el aroma del viejo Oeste. Entramos al único bar que hay en el pueblo en busca de algo de beber. Un lugar con aspecto de auténtico salón ubicado en un porche de madera que se cae a trozos. Si cambiamos los tres o cuatro coches que hay aparcados fuera por un carruaje, juraría que estamos en pleno siglo diecinueve y que en cualquier momento van a aparecer un grupos de forajidos forasteros dispuestos a ponerlo todo patas arriba.





La camarera; una chica rubia entrada en años que viste de forma muy juvenil nos sirve una coca cola en lata y un café. Un anciano mastica tabaco en una mesa con la mirada perdida a través de la ventana. Un chico joven vestido de granjero devora una hamburguesa sentado en la barra. Las botellas de licor expuestas en la vitrina tienen un par de dedos de polvo. El suelo cruje a cada paso. Un lugar auténtico como pocos.

Salimos en busca del coche. Los burros siguen ahí fuera con el hocico metido en un enorme saco de alfalfa. Son sin duda el gran atractivo turístico de Oatman, aquí el burro es sagrado y son quienes traen el dinero al pueblo. Mary se despide de ellos, yo me subo al coche con cierta prisa no sea que uno de ellos vuelva a tomarla conmigo.

Nos adentramos de nuevo en el desierto. Una polvorienta carretera partiendo en dos un paisaje lleno de cactus se abre ante nosotros. El termómetro del coche marca los 105 grados, acabamos de batir el récord.

Paramos a hacer unas fotos en medio de la más absoluta nada. Justo al lado de mi pie izquierdo descubro la muda de piel de una serpiente. El calor es sofocante.

Volvemos al coche y cuando llevamos diez minutos de trayecto me doy cuenta de que hemos perdido la tapa del objetivo de la cámara de fotos. Ya era raro, llevábamos cuatro o cinco días sin perder ni romper nada. Regresamos al punto donde hicimos la última foto, la piel de serpiente sigue ahí. Buscamos durante quince largos minutos la tapa sin ningún éxito, ante la atenta mirada de los cactus y del sol, que nos muerde como nunca. Resignados volvemos al coche. Somos un auténtico desastre. Se nos ha roto la pata del trípode, el objetivo de la cámara réflex, olvidamos el adaptador de corriente en un motel, le hemos hecho un bollo al coche de alquiler y ahora perdemos la tapa protectora del único objetivo que nos queda sano.... de todas formas estamos recorriendo la 66 y la vida sonríe al otro lado de la ventanilla.

Entramos en el Estado de California, llegamos a la tierra prometida. Buscamos un "Peggie Sue" donde parar a comer pero no aparece. Estamos en una carretera recta donde el calor hace temblar la imagen en el horizonte. A ambos lados del trayecto no hay nada, tan solo algún que otro cartel publicitario: abogados, emisoras de radio... ni rastro de comida. Mi estómago comienza a rugir cabreado. Echo un vistazo a las recomendaciones de la aplicación del móvil y hay un lugar que tiene buena pinta y que además también recomienda Víctor Muntané en su guía.

Nada más llegar a la población de Victorville vamos en busca del Emma Jean´s Holland Burger, mi restaurante favorito de la Ruta 66.

Nada más entrar nos transportamos directamente a una serie o película americana. La vida aquí dentro gira en torno a una barra baja que rodea una plancha dominada a la perfección por una chica morena con rasgos asiáticos, que hace malabares con las hamburguesas. Nos sentamos justo al lado de la caja registradora, la camarera nos saluda con una sonrisa que se le escapa del rostro, "bienvenidos al Emma Jean´s Holland Burger", pedimos un par de Pink Lemonades y la hamburguesa de la casa.




Una pareja se hace arrumacos mientras deciden qué pedir, finalmente la chica rubia toma la iniciativa y pide un par de hamburguesas como las nuestras, a su lado un par de fornidos hombretones con gorra devoran un enorme sandwich mientras conversan con ambas miradas fijas en el trasero de la chica de la plancha. Yo me pierdo en las cuchillas que voltean las hamburguesas mientras mi boca no deja de segregar agua. A nuestra espalda hay un enorme póster enmarcado con la foto y dedicatoria del presentador del programa americano "Diners, Drive - Ins and Dives"; Guy Fieri.

Al fin llega nuestra ansiada comida, la hamburguersa, las patatas... resultan ser un auténtico manjar. Posiblemente una de las mejores burguers que he comido, y mi favorita de lo que llevamos de Ruta. El ambiente auténtico del restaurante ayuda. Antes de pagar la camarera se preocupa por nuestra opinión sobre la comida: "Ha sido legendario".

Abandonamos Victorville con nuestros estómagos dando saltos de alegría. Ochenta millas después la paz de la ruta nos abandona poco a poco dando paso a mucho más trafico, muchos más carriles y mucha más gente a nuestro alrededor; llegamos a Los Ángeles, que nos recibe con un monumental atasco. La 66 ha cambiado totalmente de aspecto, nada de carreteras desiertas y polvorientas, únicamente caos y un destino cada vez más cercano; Santa Mónica, donde pondremos fin a cuatro mil kilómetros de aventuras.

Santa Mónica nos recibe vistiendo el cielo de gala, está a punto de atardecer. En la radio suenan los Ramones. Aparcamos en el muelle y desde allí vamos caminando a la placa homenaje a Will Rogers; auténtico fin de la ruta 66 (y no en el muelle de Santa Mónica como mucha gente cree).




No me creo que la hayamos terminado ya, acabamos de cruzar el País de Este a Oeste, acabamos de poner fin a la mayor aventura de nuestra vida. Siento una extraña mezcla de alegría y pena. Tengo ganas de llorar y tengo ganas de saltar. Acabamos de firmar uno de los Grandes Éxitos de nuestra vida.

El cielo está espectacular y el sol se pone poco a poco tras el horizonte regalándonos un atardecer precioso. Decidimos dar un paseo por la playa. Unas cuantas fotos, unas cuantas tomas de vídeo para nuestro documental americano, nuestros pies descalzos mojados por el Pacífico y nuestras manos juntas. En nuestra cara una enorme sonrisa se hace invencible.

Los vigilantes de la playa cierran su caseta, descargan las tablas de surf de sus camionetas y esconden sus dorados cuerpos bajo una sudadera roja. Es la tercera vez que piso esta playa y no deja de fascinarme. Antes de subir de nuevo al muelle nos sorprende un tipo que sale del agua vestido con un elegante y empapado traje. Mary y yo nos miramos totalmente alucinados. Las gaviotas se adueñan de la playa y los mexicanos son los últimos en abandonar la arena.




Ya en el famoso muelle de Santa Mónica, nos hacemos la foto de rigor en la señal homenaje al fin de la Ruta, mucha gente cree que justo aquí termina la Ruta, pero gracias a la "Biblia" de Víctor Muntané sobre la 66 descubrimos que no.

Vemos morir el atardecer justo al final del muelle. Muchas parejas pierden su mirada en el lejano horizonte, Mary y yo nos apoyamos sobre la barandilla. Un muchacho con rasgos asiáticos acaricia su guitarra acústica mientras su dulce voz versiona varios clásicos de una forma magistral. Hubiese cogido a ese tipo y me lo hubiese llevado a casa para que estuviese cantándome al oído toda mi vida.

Pillamos algo de cenar en uno de los muchos bares de la zona y nos sentamos en una mesa. Pasta con queso y pizza. A nuestro alrededor solo se escucha español. El muelle de santa Mónica es un auténtico hervidero de gente donde puedes ver absolutamente de todo. Nos llaman la atención especialmente dos chicos de aspecto árabe pero muy americanizado: Turbante, gafas de pasta muy hipster, barba muy poblada y larga perfectamente arreglada, cazadora vaquera, pantalones superskinny y Nike Airmax. Brutal.




Cuarenta minutos después estamos en Lynwood; barrio mexicano de Los Ángeles, en el mismo Motel donde nos alojamos en nuestra última visita a la ciudad hace dos años. Todo sigue igual, parece que no ha pasado el tiempo. Hacemos el "check in" y descargamos las maletas. Esta vez nos toca planta calle. Me viene justo para cambiarme, el sueño y el cansancio se hacen con nosotros. La Ruta 66 ya ha concluido pero a nuestra aventura todavía le quedan unos días por delante, para disfrutar de mi ciudad favorita de mundo mundial; Los Ángeles.

Mike.





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