miércoles, 14 de octubre de 2015

RUTA 66. DÍA 12: WINSLOW - KINGMAN (ARIZONA).

El despertador nos echa de la cama a las seis y media de la mañana. Recogemos las maletas y bajamos a la zona del desayuno que está junto a la recepción. La educación del encargado del hotel deja mucho que desear, al igual que la limpieza e higiene de la piscina, pero las habitaciones son de lo mejor que hemos visto en este viaje y el desayuno ofrece más variedad de lo que nos hemos encontrado hasta ahora: salchichas, bacon, gofres... este es el Motel de los extremos; una atención penosa contra un confort asombroso.

Me decido por medio kilo de salchichas metidas a presión entre dos tostadas de pan, zumo y café con leche. Justo en la mesa de al lado una adorable niña rubia toma asiento. Cuando el abuelo se acerca nos quedamos sorprendidos al ver que se trata de un motero de unos sesenta años, hasta el cuello de tatuajes y con una Harley esperándole al otro lado de la puerta. La estampa es preciosa, ver como un hombre de esa edad y con ese aspecto de duro cae completamente rendido a los gestos de esa guapa niña. La escena me despierta cierta ternura. Devoro mi bocata de salchichas sin dejar de mirarlos.

En Zaragoza los abuelos llevan boina, camisa, pantalones de pinzas y bastón. En Winslow, lucen tatuajes, gafas de sol y cabalgan junto a sus nietas en Preciosas Harley Davidson.

Cuando terminamos nuestro desayuno, la dulce niña ya ha derramado dos veces el zumo por el suelo del Hall y el abuelo trata de limpiarlo con una enorme sonrisa ante la atenta mirada de su nieta.






Nos acercamos a una gasolinera cercana a llenar el depósito y nos hacemos con dos cafés de medio litro. Ponemos en marcha la aplicación que nos está guiando a la perfección a lo largo de la 66, sin la cual no creo que hubiésemos podido ser tan fieles al trazado original de la ruta.

La primera parada la hacemos en Twin Arrows, dos enormes flechas clavadas en medio de la nada junto a una antigua gasolinera que se cae a trozos, y cuyos accesos están completamente en obras por reformas en la carretera, para colmo está prohibido el paso y la posición del sol dificulta bastante las fotos. No hemos tenido suerte ya que se trata de uno de los puntos de interés de la ruta madre.

Nos cruzamos con un enorme rebaño de vacas que camina junto a la carretera. Bajo del coche para hacerles unas fotos y de repente paran el paso y clavan su mirada en mí. Ahora mismo tengo delante a unas cien vacas con sus respectivos cuernos y con sus respectivos trescientos kilos sin ningún tipo de valla de seguridad por el medio. Lo inteligente hubiese sido subir al coche lo antes posible para largarnos cuanto antes de allí y no ponerme a mugir como un imbécil..... pero me sale un "Muuuuuuuuuuuu" desde muy muy dentro y me quedo ahí pasmado siendo el gran punto de interés de las vacas. Una de ellas comienza a mover el rabo y a mugir, yo repito mi ya famoso mugido y les hago signos con la mano para que avancen. El rebaño comienza a moverse de nuevo paralelo a la carretera. Mary graba la escena como puede ya que el ataque de risa es superior a ella. Adiós amigas¡¡ Que gran pastor ha perdido el mundo.




La decadencia a lo largo del trayecto es un aliciente más, es un personaje no escrito con un peso clave en la trama. Son los restos del éxito de la que un día fue la vía principal de América. La carretera que debías recorrer si querías huir de la bancarrota del este y tratar de cumplir tu sueño en la tierra de las oportunidades; California. Era el trampolín hacia un mundo mejor y el único camino para llegar al oeste, por la que transitaron millones de aventureros en busca de una vida mejor, y que hoy, casi un siglo después de sus "grandes Éxitos", continua manteniendo esa magia que hace que miles de viajeros vengan de todas las partes del mundo para recorrer la que es la madre de todas las rutas. Larga vida a la 66.





Llegamos a Williams, pequeño pueblo que nos resulta familiar ya que hace tres años, cuando recorrimos la Costa Oeste, tuvimos el placer de visitarlo. Consta de una vía principal con varias tiendas dedicadas a souvenirs de la ruta. En una de ellas venden todo tipo de carteles relacionados con cualquier cosa que puedas imaginar, desde diners de los años cincuenta, a viejos anuncios de productos como Cocacola o cerveza... nos hacemos con tres o cuatro carteles para adornar la pared de nuestro salón. En otra de las tiendas hay un precioso cadillac aparcado justo en la puerta, dentro del local, la propietaria de la tienda se interesa por nuestro viaje y nos regala una pegatina de recuerdo.





Antes de abandonar el pequeño Williams buscamos un diner llamado Twisters 50´s, que aparece en la guía de Víctor Muntané. Damos un par de vueltas por todas la calles del pueblo, pero no tenemos éxito. Finalmente, decidimos continuar con nuestro viaje. Mi estómago comienza a protestar ofreciendo un concierto sinfónico con todo tipo de ruidos; el hambre es atroz.

Ya en Seligman, llegamos a Delgadillo Brothers. Visitamos primero la vieja barbería que mantiene intacto el espíritu y aroma de los años cincuenta y el rugido de nuestros estómagos nos guía directamente al restaurante. Uno de los lugares más locos que hemos podido visitar a lo largo de nuestra aventura. Un cartel nos da la bienvenida: "Disculpen, estamos abiertos", junto a él, un enorme coche blanco con un Papá Noel y un árbol de Navidad en el asiento de atrás. Este lugar no tiene ni pies ni cabeza. Un japonés tira del asa de la puerta, pero la puerta no abre y podemos leer claramente "Pull".... tras un buen rato observando la escena, nos damos cuenta de que esa puerta se abre al revés; se trata de una broma.






En Delgadillo Brothers es todo un maldito cachondeo. En la parte de atrás hay una colección de retretes expuesta, un muñeco gigante vestido de granjero echando la siesta en la caseta del perro, una caseta de madera con una taza de water y un póster enorme de John Wayne detrás apuntándote con un arma... nada tiene sentido. El calor es asfixiante. Nos sentamos a una mesa y pedimos dos hamburguesas con un par de botellas de esas que llevamos viendo a lo largo de toda la Ruta con el emblema de la 66. La camarera me advierte de que no se trata de cerveza si no de una especie de soda.

En cinco minutos tenemos sobre la mesa una de las mejores hamburguesas de la Ruta y uno de los peores mejunjes que he probado jamás, el líquido de la botella no es soda es jarabe para la tos (o al menos sabe a medicina). Nos quedaremos con las botellas de recuerdo.

Junto a nosotros, una familia de holandeses repone fuerzas delante de un docena de raciones de patatas fritas, batidos y unas cuantas hamburguesas.

El sol derrite el helado de Mary a toda velocidad, al poco tiempo tiempo podría hacer de Joker en la próxima peli de Batman.




Juan Delgadillo fue el creador de este maravilloso lugar, que lleva sirviendo hamburguesas desde los años cincuenta. Cuando el bueno de Juan murió, sus familiares cogieron las riendas del negocio y a día de hoy es una de las paradas obligadas en la 66. Uno de los lugares más míticos y con más solera de los cuatro mil kilómetros que separan Chicago de Santa Monica.

Atravesamos Arizona. El paisaje es completamente amarillo donde de vez en cuando vemos un ligero tono verdoso. Una enorme cordillera realiza la ruta junto a nosotros. El termómetro del coche marca los cien grados. Vamos completamente solos por la carretera. Paramos y bajamos del vehículo para estirar las piernas. No se escucha un alma, ni un pájaro, ni una ráfaga de viento, nada de nada. Puedo sentir respirar la carretera. Este, posiblemente sea uno de los mayores momentos de paz que he experimentado en mi vida.





Tras llegar al Motel, buscamos ansiosos la piscina, ahí está, en la parte trasera del Motel. El logotipo de la Ruta se asoma desde el fondo. El cielo está anaranjado y el calor de nuestros cuerpos es ya un recuerdo. Nos damos un orgásmico chapuzón de casi media hora mientras el sol se pone sobre nuestras cabezas.

Tras secarnos y cambiarnos, decidimos salir a cenar a un Restaurante del pueblo que anuncia buena carne. Nos plantamos en un auténtico salón del Oeste donde las camareras van vestidas de época. El lugar está lleno pero tenemos una mesa libre junto a la ventana. Cuando la noche ya ha aparecido por completo, nos hacen compañía un par de budweiser y sendos filetes de carne con guarnición. Puedo ver algo parecido a un mapache corriendo a toda velocidad bajo los coches que hay aparcados al otro lado de la ventana.

Volvemos al motel. Se encuentra en lo alto del pueblo, me quedo un rato en la puerta observando la carretera y escuchando el ruido que los coches hacen al pasar. La noche es cerrada, la luna me observa atenta desde la más profunda oscuridad. Mañana llegaremos a la tierra prometida; California.


Mike.










1 comentario:


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