martes, 6 de octubre de 2015

RUTA 66. DÍA 11: ALBUQUERQUE (NUEVO MEXICO) - WINSLOW (ARIZONA).

Tras desayunar y cargar el coche, nos despedimos del hotel que nos ha acogido las dos últimas noches. Todavía no son las siete de la mañana. Antes de ponernos rumbo a Arizona, tenemos que terminar nuestra misión y vamos directos a la casa de Walter White.

Al llegar al barrio apagamos las luces. Me siento como el detective de una película de espías. Está amaneciendo y los rayos del sol acarician suavemente los tejados. Paramos el coche en una de las calles adyacentes y caminamos hasta la entrada de la casa de Walter White. La persiana del garaje está bajada y la dueña no está ahí para hacer guardia. La suerte se pone de nuestro lado. Al fin podemos conseguir la instantánea y yo no puedo evitar celebrarlo como si hubiese marcado el gol definitivo en la final de un mundial. Mary y yo bailamos en plena calle mientras el sol se despereza del todo. Una vecina observa la estampa desde el otro lado de la ventana. Lo hemos conseguido, la foto en la casa del protagonista de Breaking Bad es nuestra.




Volvemos a nuestro "Toyota 4 runner" y ponemos rumbo a Arizona. Adiós Albuquerque, adiós territorio de Heisenberg, de Pinkman, de Gus Frinch y adiós al decorado de la mejor serie que ha parido la televisión. La próxima vez que te vea será desde el sofá de nuestra casa, tras un enorme cubo de palomitas, ya que pienso volver a ver la serie de nuevo con el encanto de haber podido conocer in situ donde ha sido rodada.

El paisaje va enrojeciendo y podemos ver la silueta de la cordillera de montañas rocosas que va desde Canadá hasta Sudamérica. Volvemos a estar de nuevo en una peli del Oeste. 

Paramos a comer algo y a repostar en una gasolinera perdida en medio de la nada. Junto a los surtidores un grupo de indios tratan de arreglar una destartalada camioneta, bajo ella se ven las piernas de uno de ellos que urga bajo las tripas del vehículo. La gasolinera tiene dentro una especie de diner, pedimos unas fajitas y unos burritos. La amabilidad de los indios sigue siendo invisible, cuesta mucho arañarles unas palabras y mucho menos una sonrisa, contrastan con la amabilidad que nos hemos encontrado a lo largo de todo el viaje. 

Ya con nuestro enorme vaso a rebosar de Pink lemonade, seguimos la ruta. Unas millas al oeste nos cruzamos de lleno con un grupo de presos que hacen labores comunitarias, en este caso recogida de basuras junto a la carretera vestidos con un uniforme naranja. Tres policías les vigilan de cerca escopeta en mano. Mi mirada se cruza durante un escaso segundo con la de uno de los presos ¿qué habrá hecho? Me hubiese encantado parar el coche ahí en medio y bajar a charlar un rato con ellos. Estados Unidos nunca termina de sorprenderme.




Entramos oficialmente en el Estado de Arizona. El sol es abrasador y el termómetro del coche bate su propio récord al pasar los cien grados Fahrenheit, el aire acondicionado hace horas extras en el interior del vehículo, la radio continua escupiendo música country. 

Paramos en busca de más bebida en una tienda enorme que ha aparecido de repente en medio del desierto. Mary se tropieza con una de las maderas y cae de lleno en el porche. Un feo rasguño aparece a la altura de su tobillo, busco algo de hielo y lo envuelvo en una de mis camisetas para tratar de bajarle la hinchazón. No para de decirme que le duele, yo maldigo no poder cambiarme por ella en este momento, no me gusta verla así, sufriendo. Es algo que es superior a mí. Ojalá tuviese un botón detrás de la oreja que al pulsarlo todo lo malo y doloroso pasase directamente de su cuerpo al mío, seguro que fuese lo que fuese dolería menos que verla sufrir a ella. Mary es mi punto débil.

Estamos un buen rato sentados en el porche esperando a que baje un poco la inflamación. Por suerte teníamos alcohol en el coche para desinfectar la herida. Parece que el dolor disminuye y que puede apoyar el pie. Ya nos imaginaba caminando por el medio de la nada en este inmenso desierto buscando un hospital de urgencias y teniendo que pedir ayuda a los simpáticos indios. Seguro que pasado mañana nuestras figuras serían dos esqueletos que yacen sobre la arena cogidos de la mano rodeados de escorpiones.

- No sabes cuanto me alegro de que puedas caminar, Mary.
- Ya me duele menos.

Entramos al Parque Natural del "Painted Desert" donde también podemos ver árboles petrificados. El paisaje es realmente bello, enormes montañas que la naturaleza ha pintado a su antojo dando paso a una estampa que parece un auténtico lienzo. El cielo azul contrasta con los colores de las montañas y el desierto ofreciendo una vista única. Esto no se ve todos los días. La última vez que algo me impresionó tanto tenía tres años menos y me encontraba junto a uno de los precipicios del Grand Canyon. Arizona tiene unos paisajes increíbles. Las cámaras no son capaces de captar la belleza que nos ofrece la visión real.








Una pareja de motoristas se seca el sudor de la frente con un pañuelo mientras su mirada anonadada se pierde horizonte abajo. Un cuervo grita desde el interior de un arbusto al que apenas le quedan hojas. En la arena, un pequeño lagarto sortea con rapidez nuestras pisadas. El sudor aparece sin dar tregua, el sol pone la máquina de calor a pleno rendimiento.




En Holbrook buscamos el "Butterfield Steakhouse"; un restaurante que en todas las guías que hemos consultado lo catalogan de imprescindible por la buena calidad de sus filetes de carne. Lo encontramos cerrado, así que tenemos que buscar un Plan B. En la avenida principal damos con un local que sirve comida mexicana. Nos sentamos en la mesa junto a la barra y pedimos dos cervezas, la camarera nos pide los carnés, todo un halago a nuestros treinta y cuatro años.

En escasos quince minutos tenemos sobre la mesa dos exquisitos platos llenos hasta arriba de comida. Mary un filete, yo me atrevo con el gran burro especialidad de la casa, más grande que mi antebrazo.
La comida es espectacular, todavía no he probado un mal bocado desde que he puesto los pies en territorio americano.




Con tres o cuatro kilos de más y un par de budweisers en el cuerpo, volvemos al coche. En la carretera nos cruzamos con caravanas que son tres autobuses de línea de los de nuestra ciudad, todo aquí es a lo grande, todo.

Llegamos al Wigham Motel, un curioso Motel donde las habitaciones son tiendas indias. Probablemente el Hotel más original que he visto hasta ahora. Junto a ellas coches antiquísimos abrasados por el sol. Hacemos un par de fotos y un par de tomas para nuestro documental y volvemos de inmediato al amparo del aire acondicionado del coche.





Durante todo el trayecto vemos la imagen de un conejo que promociona la ruta. Se trata del Jack Rabbit, al que llegamos tras dar un par de rodeos. Se trata de un conejo gigante al que puedes subir para hacerte la típica foto y que se encuentra junto a una tienda de souvenirs, en la que venden lo mismo que en las otras dos mil tiendas por las que hemos tenido el placer de pasar. Esta visita es totalmente prescindible, nosotros hemos picado porque llevábamos medio viaje viendo al maldito conejo y al final yo le he cogido cariño.

Llegamos a Winslow. En el Motel nos vemos sorprendidos por una gran pelea entre un Pakistaní de apenas metro y medio de estatura y dos enormes moteros. El Pakistaní gasta mucha más mala leche que los dos motoristas juntos que se niegan a abandonar el Motel. El chico de la recepción nos hace el Check in con una mirada con mitad lástima mitad vergüenza ajena. El espectáculo es bochornoso. El Pakistaní continua gritando con muy muy mala baba haciendo caso omiso a las disculpas del motero. Al final los dos motoristas hacen su maleta y abandonan el motel sobre sus harley. Esto en una película hubiese terminado con el Pakistaní arrojando por el ventanal a ambos delincuentes bajo una lluvia de cristales.

El aspecto del Motel es bastante cutre. Los cables cuelgan sobre la recepción, la pared se cae a trozos por ciertos lados, la madera del mostrador está completamente rayada y la educación del jefe es más propia de un jabalí.

Mary y yo nos miramos con cara de "en que maldito cuchitril nos estamos alojando". Abrimos la puerta de la habitación con miedo a que una enorme rata o una asquerosa cucaracha nos de la bienvenida. Estoy convencido de que al otro lado de la puerta nos espera el maldito infierno, el antítesis de la higiene y de la limpieza y me veo durmiendo sobre una asquerosa cama mal oliente rodeado de bolsas de plástico, mientras una docena de lagartijas y un ejército de piojos se parten la cara sobre la moqueta para decidir quien es el primero en comernos un pie.

- Quieres abrir ya de una vez¡¡¡
- Ya voy, ya voy....

Contra todo pronóstico, nos encontramos con una de las mejores habitaciones de todo el viaje. Una enorme cama confortable con una almohada que no es un folio ni tampoco una morcilla de Burgos, algo intermedio, y para colmo la señal wifi funciona como un tiro. Bendito Pakistaní gruñón y mal humorado. En la mesilla no pueden faltar un par de ejemplares de la biblia, esta vez hay un mensaje sobre la tapa: Convence a alguien para ir a la iglesia este mes. El clero hace campaña electoral en cada habitación que hemos recorrido, en todos los moteles había un ejemplar de la Biblia.




Decidimos dar un paseo por la ciudad. Es un lugar bastante pequeño donde absolutamente todo está cerrado. Entramos en un garito por algo de beber y a preguntar por la cena. El restaurante se encuentra a medio abrir o a medio cerrar, no sabría adivinarlo, pero el caos se encuentra esparcido por cada rincón del local. Pedimos un par de vasos de agua con sabor a tubería y limón. Le ofrezco a la camarera un par de dólares por los tragos y me dice que no hace falta, que el agua es gratis.

En la calle no se oye ni un alma. Apenas ha comenzado a atardecer y aquí está todo muerto. Hacemos unas cuantas fotos al enorme logo de la 66 que hay en la calzada.

Visitamos la esquina donde se encuentra la estatua del muchacho de la guitarra, que hace referencia a la mítica canción de los Eagles; "Take it easy", y donde hay un mural homenaje a la legendaria banda americana.




La paz se interrumpe cuando aparece una ruidosa y flamante camioneta que para en medio de la calzada y de cuyas ventanillas huye una espantosa música. Se abre la puerta del conductor y una chica negra enorme desciende lentamente del vehículo, su pinta es un tanto chunga; chandal muy ancho, pañuelo en la cabeza y un tatuaje que trepa por su nuca, camina como uno de esos raperos que aparecen en los video clips de la MTV, tras escupir sobre el asfalto camina al otro lado de la acera, dejando la puerta del coche abierto. Esta chica podría ser la protagonista de cualquier película de bandas.

Antes de volver al Motel, pasamos por un Walmart en busca de algo de cenar. Allí nos damos cuenta de que la mayoría de los clientes del súper son indios con la cabeza enorme. Mary me dice medio en serio medio en broma que algo extraño ocurre en este pueblo con la cabeza de la gente. Yo meto la compra rápido en el coche, antes de que mi imaginación comience a volar y se entretenga en historias sobre extraterrestres que invaden solitarios pueblos americanos.

Antes de cenar, decidimos relajarnos en la sala de la piscina que hay junto a la recepción. El pakistaní diabólico ya esta mucho más calmado. Probamos el jacuzzi pero el agua está ardiendo, treinta segundos más ahí dentro y podrían haber hecho un exquisito caldo de Mike y Mary. Me meto en la piscina para cambiar la temperatura de mi cuerpo que ahora mismo está cerca de los cincuenta grados. Salgo del agua prácticamente de un salto cuando veo el cementerio de bichos que flota a mi alrededor.




Tras un ducha con mucho jabón cenamos sobre la cama. Antes grabamos nuestra ya mítica escena dejándonos caer sobre la cama, toma que hemos repetido en cada uno de los Moteles por los que hemos pasado para nuestro super documental sobre la Ruta 66 (que espero poder enseñaros pronto).

La noche es cerrada al otro lado de la ventana. La tranquilidad de Winslow invade totalmente el motel. Cuando cierro el portátil Mary está ya en el País de los sueños. La observo durante un rato hasta que mis ojos no pueden más. Espero no tener una maldita pesadilla con el Pakistaní diabólico y las extrañas cabezas del pueblo de Winslow. Prefiero soñar con los Eagles.

Mike.






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