martes, 27 de octubre de 2015

RUTA 66. DÍA 13: KINGMAN (ARIZONA) - LOS ANGELES (CALIFORNIA).

Me despierto con la sensación de haber dormido más horas de las que realmente he descansado. La ducha me quita la pereza de inmediato. Antes de bajar a desayunar decidimos cargar el coche con las maletas. Descubrimos que ayer podíamos haber subido las maletas a la segunda planta en coche y no por las escaleras tal y como hicimos al llegar. La experiencia es un grado, nunca cargues con las maletas sin agotar absolutamente todas las vías de transporte antes de hacer el esfuerzo de cargar con ellas a través de una estrecha escalera. Consejo de amigo.

El desayuno de ayer en Winslow se ve superado por el de hoy, hemos sobrepasado el listón y nos hemos puesto las botas. Por un momento he llegado a sentirme culpable por primera vez desde que he puesto los pies en suelo americano, por la cantidad de "caca" y grasa a la que estoy sometiendo mi cuerpo. He visto a una diminuta versión de mí, advirtiéndome junto al plato de salchichas y patatas de todos los kilómetros que voy a tener que correr a la vuelta para recuperarme. Me he espantado a mí mismo de un manotazo mientras buscaba con un trozo de pan la yema del huevo frito.

Abandonamos el penúltimo Motel de nuestro viaje. Ya ha amanecido por completo. Nos aventuramos colina arriba por un puerto de montaña en el que a un lado tenemos un barranco al que evito con la mirada constantemente y al otro un enorme desierto plagado de cactus.




Un grupo de cabras montesas aparecen de la nada y trepan por las rocas con una facilidad pasmosa. Es bonito encontrarte animales en su hábitat natural, sin barrotes de por medio.

Llegamos a la cima envueltos en una especie de niebla que cubre el valle. Me aseguro de que no haya más cabras de esas a nuestro alrededor y bajo lentamente del coche para disfrutar del paisaje. Ahora mismo somos los reyes del mundo, que respira bajo nuestros pies en la calma más absoluta, hemos conquistado América.

Volvemos al coche, a partir de aquí es todo bajada. Nuestros oídos se destaponan. En medio del camino nos sorprende una curiosa señal que nos advierte de la presencia de burros. Señal inequívoca de que Oatman; el pueblo de los burros, está cerca.




Un par de millas después y justo antes de entrar al pueblo, nos encontramos con media docena de burros que campan a sus anchas por la carretera. Bajo la ventanilla y saludamos a los reyes del pueblo. Mary saca la fruta que ha cogido del desayuno e inmediatamente uno de los burros mete el hocico por mi ventanilla mostrándome una enorme dentadura a dos milímetros escasos de mi nariz. Subo la ventanilla como puedo mientras el animal trata de meterse en el coche por la ventana, arranco y veo por el retrovisor como vienen detrás. Mary me dice que quiere volver a dar de desayunar a los burros. A mi el corazón me va como una locomotora, todavía puedo ver la dentadura de ese bicho a un milímetro de mi nariz.




Aparcamos en la calle principal del pueblo y volvemos por lo burros. Mary camina sonriente con una bolsa de manzanas en la mano, dispuesta a dar de comer a sus nuevos amigos. Nada más sacar la fruta de la bolsa se nos echan encima, tiro las manzanas a la mierda pero es inútil, uno de los burros me la tiene jurada y entre rebuzno y rebuzno me enseña sus bonitos dientes corriendo tras de mí. Me siento como si estuviera en los San Fermines. Mary mira la escena atónita desde el medio de la carretera. Yo corro gritando como un loco con un burro cabreado pisándome los talones. Al llegar a la calle principal hay una pequeña multitud de gente, subo inmediatamente a uno de los porches de madera y pongo mi pellejo a salvo del jodido burro. Una de las propietarias de un negocio cercano consigue calmar al animal, yo no pienso bajar de aquí jamás.

La lugareña nos indica que no pueden comer manzanas porque les sientan mal, nos ofrece una especie de pienso que vende en su tienda en bolsas de papel a un dólar. Yo he tenido bastantes burros por hoy, pero Mary quiere darles de comer, así que nos hacemos con un par de paquetes. Mary les ofrece comida e incluso comen de su mano, cuando yo me acerco me rebuznan. Decido no acercarme y observar desde el porche como comen los angelitos. Mary sonríe como una niña pequeña.

En Oatman todavía puede respirarse el aroma del viejo Oeste. Entramos al único bar que hay en el pueblo en busca de algo de beber. Un lugar con aspecto de auténtico salón ubicado en un porche de madera que se cae a trozos. Si cambiamos los tres o cuatro coches que hay aparcados fuera por un carruaje, juraría que estamos en pleno siglo diecinueve y que en cualquier momento van a aparecer un grupos de forajidos forasteros dispuestos a ponerlo todo patas arriba.





La camarera; una chica rubia entrada en años que viste de forma muy juvenil nos sirve una coca cola en lata y un café. Un anciano mastica tabaco en una mesa con la mirada perdida a través de la ventana. Un chico joven vestido de granjero devora una hamburguesa sentado en la barra. Las botellas de licor expuestas en la vitrina tienen un par de dedos de polvo. El suelo cruje a cada paso. Un lugar auténtico como pocos.

Salimos en busca del coche. Los burros siguen ahí fuera con el hocico metido en un enorme saco de alfalfa. Son sin duda el gran atractivo turístico de Oatman, aquí el burro es sagrado y son quienes traen el dinero al pueblo. Mary se despide de ellos, yo me subo al coche con cierta prisa no sea que uno de ellos vuelva a tomarla conmigo.

Nos adentramos de nuevo en el desierto. Una polvorienta carretera partiendo en dos un paisaje lleno de cactus se abre ante nosotros. El termómetro del coche marca los 105 grados, acabamos de batir el récord.

Paramos a hacer unas fotos en medio de la más absoluta nada. Justo al lado de mi pie izquierdo descubro la muda de piel de una serpiente. El calor es sofocante.

Volvemos al coche y cuando llevamos diez minutos de trayecto me doy cuenta de que hemos perdido la tapa del objetivo de la cámara de fotos. Ya era raro, llevábamos cuatro o cinco días sin perder ni romper nada. Regresamos al punto donde hicimos la última foto, la piel de serpiente sigue ahí. Buscamos durante quince largos minutos la tapa sin ningún éxito, ante la atenta mirada de los cactus y del sol, que nos muerde como nunca. Resignados volvemos al coche. Somos un auténtico desastre. Se nos ha roto la pata del trípode, el objetivo de la cámara réflex, olvidamos el adaptador de corriente en un motel, le hemos hecho un bollo al coche de alquiler y ahora perdemos la tapa protectora del único objetivo que nos queda sano.... de todas formas estamos recorriendo la 66 y la vida sonríe al otro lado de la ventanilla.

Entramos en el Estado de California, llegamos a la tierra prometida. Buscamos un "Peggie Sue" donde parar a comer pero no aparece. Estamos en una carretera recta donde el calor hace temblar la imagen en el horizonte. A ambos lados del trayecto no hay nada, tan solo algún que otro cartel publicitario: abogados, emisoras de radio... ni rastro de comida. Mi estómago comienza a rugir cabreado. Echo un vistazo a las recomendaciones de la aplicación del móvil y hay un lugar que tiene buena pinta y que además también recomienda Víctor Muntané en su guía.

Nada más llegar a la población de Victorville vamos en busca del Emma Jean´s Holland Burger, mi restaurante favorito de la Ruta 66.

Nada más entrar nos transportamos directamente a una serie o película americana. La vida aquí dentro gira en torno a una barra baja que rodea una plancha dominada a la perfección por una chica morena con rasgos asiáticos, que hace malabares con las hamburguesas. Nos sentamos justo al lado de la caja registradora, la camarera nos saluda con una sonrisa que se le escapa del rostro, "bienvenidos al Emma Jean´s Holland Burger", pedimos un par de Pink Lemonades y la hamburguesa de la casa.




Una pareja se hace arrumacos mientras deciden qué pedir, finalmente la chica rubia toma la iniciativa y pide un par de hamburguesas como las nuestras, a su lado un par de fornidos hombretones con gorra devoran un enorme sandwich mientras conversan con ambas miradas fijas en el trasero de la chica de la plancha. Yo me pierdo en las cuchillas que voltean las hamburguesas mientras mi boca no deja de segregar agua. A nuestra espalda hay un enorme póster enmarcado con la foto y dedicatoria del presentador del programa americano "Diners, Drive - Ins and Dives"; Guy Fieri.

Al fin llega nuestra ansiada comida, la hamburguersa, las patatas... resultan ser un auténtico manjar. Posiblemente una de las mejores burguers que he comido, y mi favorita de lo que llevamos de Ruta. El ambiente auténtico del restaurante ayuda. Antes de pagar la camarera se preocupa por nuestra opinión sobre la comida: "Ha sido legendario".

Abandonamos Victorville con nuestros estómagos dando saltos de alegría. Ochenta millas después la paz de la ruta nos abandona poco a poco dando paso a mucho más trafico, muchos más carriles y mucha más gente a nuestro alrededor; llegamos a Los Ángeles, que nos recibe con un monumental atasco. La 66 ha cambiado totalmente de aspecto, nada de carreteras desiertas y polvorientas, únicamente caos y un destino cada vez más cercano; Santa Mónica, donde pondremos fin a cuatro mil kilómetros de aventuras.

Santa Mónica nos recibe vistiendo el cielo de gala, está a punto de atardecer. En la radio suenan los Ramones. Aparcamos en el muelle y desde allí vamos caminando a la placa homenaje a Will Rogers; auténtico fin de la ruta 66 (y no en el muelle de Santa Mónica como mucha gente cree).




No me creo que la hayamos terminado ya, acabamos de cruzar el País de Este a Oeste, acabamos de poner fin a la mayor aventura de nuestra vida. Siento una extraña mezcla de alegría y pena. Tengo ganas de llorar y tengo ganas de saltar. Acabamos de firmar uno de los Grandes Éxitos de nuestra vida.

El cielo está espectacular y el sol se pone poco a poco tras el horizonte regalándonos un atardecer precioso. Decidimos dar un paseo por la playa. Unas cuantas fotos, unas cuantas tomas de vídeo para nuestro documental americano, nuestros pies descalzos mojados por el Pacífico y nuestras manos juntas. En nuestra cara una enorme sonrisa se hace invencible.

Los vigilantes de la playa cierran su caseta, descargan las tablas de surf de sus camionetas y esconden sus dorados cuerpos bajo una sudadera roja. Es la tercera vez que piso esta playa y no deja de fascinarme. Antes de subir de nuevo al muelle nos sorprende un tipo que sale del agua vestido con un elegante y empapado traje. Mary y yo nos miramos totalmente alucinados. Las gaviotas se adueñan de la playa y los mexicanos son los últimos en abandonar la arena.




Ya en el famoso muelle de Santa Mónica, nos hacemos la foto de rigor en la señal homenaje al fin de la Ruta, mucha gente cree que justo aquí termina la Ruta, pero gracias a la "Biblia" de Víctor Muntané sobre la 66 descubrimos que no.

Vemos morir el atardecer justo al final del muelle. Muchas parejas pierden su mirada en el lejano horizonte, Mary y yo nos apoyamos sobre la barandilla. Un muchacho con rasgos asiáticos acaricia su guitarra acústica mientras su dulce voz versiona varios clásicos de una forma magistral. Hubiese cogido a ese tipo y me lo hubiese llevado a casa para que estuviese cantándome al oído toda mi vida.

Pillamos algo de cenar en uno de los muchos bares de la zona y nos sentamos en una mesa. Pasta con queso y pizza. A nuestro alrededor solo se escucha español. El muelle de santa Mónica es un auténtico hervidero de gente donde puedes ver absolutamente de todo. Nos llaman la atención especialmente dos chicos de aspecto árabe pero muy americanizado: Turbante, gafas de pasta muy hipster, barba muy poblada y larga perfectamente arreglada, cazadora vaquera, pantalones superskinny y Nike Airmax. Brutal.




Cuarenta minutos después estamos en Lynwood; barrio mexicano de Los Ángeles, en el mismo Motel donde nos alojamos en nuestra última visita a la ciudad hace dos años. Todo sigue igual, parece que no ha pasado el tiempo. Hacemos el "check in" y descargamos las maletas. Esta vez nos toca planta calle. Me viene justo para cambiarme, el sueño y el cansancio se hacen con nosotros. La Ruta 66 ya ha concluido pero a nuestra aventura todavía le quedan unos días por delante, para disfrutar de mi ciudad favorita de mundo mundial; Los Ángeles.

Mike.





miércoles, 14 de octubre de 2015

RUTA 66. DÍA 12: WINSLOW - KINGMAN (ARIZONA).

El despertador nos echa de la cama a las seis y media de la mañana. Recogemos las maletas y bajamos a la zona del desayuno que está junto a la recepción. La educación del encargado del hotel deja mucho que desear, al igual que la limpieza e higiene de la piscina, pero las habitaciones son de lo mejor que hemos visto en este viaje y el desayuno ofrece más variedad de lo que nos hemos encontrado hasta ahora: salchichas, bacon, gofres... este es el Motel de los extremos; una atención penosa contra un confort asombroso.

Me decido por medio kilo de salchichas metidas a presión entre dos tostadas de pan, zumo y café con leche. Justo en la mesa de al lado una adorable niña rubia toma asiento. Cuando el abuelo se acerca nos quedamos sorprendidos al ver que se trata de un motero de unos sesenta años, hasta el cuello de tatuajes y con una Harley esperándole al otro lado de la puerta. La estampa es preciosa, ver como un hombre de esa edad y con ese aspecto de duro cae completamente rendido a los gestos de esa guapa niña. La escena me despierta cierta ternura. Devoro mi bocata de salchichas sin dejar de mirarlos.

En Zaragoza los abuelos llevan boina, camisa, pantalones de pinzas y bastón. En Winslow, lucen tatuajes, gafas de sol y cabalgan junto a sus nietas en Preciosas Harley Davidson.

Cuando terminamos nuestro desayuno, la dulce niña ya ha derramado dos veces el zumo por el suelo del Hall y el abuelo trata de limpiarlo con una enorme sonrisa ante la atenta mirada de su nieta.






Nos acercamos a una gasolinera cercana a llenar el depósito y nos hacemos con dos cafés de medio litro. Ponemos en marcha la aplicación que nos está guiando a la perfección a lo largo de la 66, sin la cual no creo que hubiésemos podido ser tan fieles al trazado original de la ruta.

La primera parada la hacemos en Twin Arrows, dos enormes flechas clavadas en medio de la nada junto a una antigua gasolinera que se cae a trozos, y cuyos accesos están completamente en obras por reformas en la carretera, para colmo está prohibido el paso y la posición del sol dificulta bastante las fotos. No hemos tenido suerte ya que se trata de uno de los puntos de interés de la ruta madre.

Nos cruzamos con un enorme rebaño de vacas que camina junto a la carretera. Bajo del coche para hacerles unas fotos y de repente paran el paso y clavan su mirada en mí. Ahora mismo tengo delante a unas cien vacas con sus respectivos cuernos y con sus respectivos trescientos kilos sin ningún tipo de valla de seguridad por el medio. Lo inteligente hubiese sido subir al coche lo antes posible para largarnos cuanto antes de allí y no ponerme a mugir como un imbécil..... pero me sale un "Muuuuuuuuuuuu" desde muy muy dentro y me quedo ahí pasmado siendo el gran punto de interés de las vacas. Una de ellas comienza a mover el rabo y a mugir, yo repito mi ya famoso mugido y les hago signos con la mano para que avancen. El rebaño comienza a moverse de nuevo paralelo a la carretera. Mary graba la escena como puede ya que el ataque de risa es superior a ella. Adiós amigas¡¡ Que gran pastor ha perdido el mundo.




La decadencia a lo largo del trayecto es un aliciente más, es un personaje no escrito con un peso clave en la trama. Son los restos del éxito de la que un día fue la vía principal de América. La carretera que debías recorrer si querías huir de la bancarrota del este y tratar de cumplir tu sueño en la tierra de las oportunidades; California. Era el trampolín hacia un mundo mejor y el único camino para llegar al oeste, por la que transitaron millones de aventureros en busca de una vida mejor, y que hoy, casi un siglo después de sus "grandes Éxitos", continua manteniendo esa magia que hace que miles de viajeros vengan de todas las partes del mundo para recorrer la que es la madre de todas las rutas. Larga vida a la 66.





Llegamos a Williams, pequeño pueblo que nos resulta familiar ya que hace tres años, cuando recorrimos la Costa Oeste, tuvimos el placer de visitarlo. Consta de una vía principal con varias tiendas dedicadas a souvenirs de la ruta. En una de ellas venden todo tipo de carteles relacionados con cualquier cosa que puedas imaginar, desde diners de los años cincuenta, a viejos anuncios de productos como Cocacola o cerveza... nos hacemos con tres o cuatro carteles para adornar la pared de nuestro salón. En otra de las tiendas hay un precioso cadillac aparcado justo en la puerta, dentro del local, la propietaria de la tienda se interesa por nuestro viaje y nos regala una pegatina de recuerdo.





Antes de abandonar el pequeño Williams buscamos un diner llamado Twisters 50´s, que aparece en la guía de Víctor Muntané. Damos un par de vueltas por todas la calles del pueblo, pero no tenemos éxito. Finalmente, decidimos continuar con nuestro viaje. Mi estómago comienza a protestar ofreciendo un concierto sinfónico con todo tipo de ruidos; el hambre es atroz.

Ya en Seligman, llegamos a Delgadillo Brothers. Visitamos primero la vieja barbería que mantiene intacto el espíritu y aroma de los años cincuenta y el rugido de nuestros estómagos nos guía directamente al restaurante. Uno de los lugares más locos que hemos podido visitar a lo largo de nuestra aventura. Un cartel nos da la bienvenida: "Disculpen, estamos abiertos", junto a él, un enorme coche blanco con un Papá Noel y un árbol de Navidad en el asiento de atrás. Este lugar no tiene ni pies ni cabeza. Un japonés tira del asa de la puerta, pero la puerta no abre y podemos leer claramente "Pull".... tras un buen rato observando la escena, nos damos cuenta de que esa puerta se abre al revés; se trata de una broma.






En Delgadillo Brothers es todo un maldito cachondeo. En la parte de atrás hay una colección de retretes expuesta, un muñeco gigante vestido de granjero echando la siesta en la caseta del perro, una caseta de madera con una taza de water y un póster enorme de John Wayne detrás apuntándote con un arma... nada tiene sentido. El calor es asfixiante. Nos sentamos a una mesa y pedimos dos hamburguesas con un par de botellas de esas que llevamos viendo a lo largo de toda la Ruta con el emblema de la 66. La camarera me advierte de que no se trata de cerveza si no de una especie de soda.

En cinco minutos tenemos sobre la mesa una de las mejores hamburguesas de la Ruta y uno de los peores mejunjes que he probado jamás, el líquido de la botella no es soda es jarabe para la tos (o al menos sabe a medicina). Nos quedaremos con las botellas de recuerdo.

Junto a nosotros, una familia de holandeses repone fuerzas delante de un docena de raciones de patatas fritas, batidos y unas cuantas hamburguesas.

El sol derrite el helado de Mary a toda velocidad, al poco tiempo tiempo podría hacer de Joker en la próxima peli de Batman.




Juan Delgadillo fue el creador de este maravilloso lugar, que lleva sirviendo hamburguesas desde los años cincuenta. Cuando el bueno de Juan murió, sus familiares cogieron las riendas del negocio y a día de hoy es una de las paradas obligadas en la 66. Uno de los lugares más míticos y con más solera de los cuatro mil kilómetros que separan Chicago de Santa Monica.

Atravesamos Arizona. El paisaje es completamente amarillo donde de vez en cuando vemos un ligero tono verdoso. Una enorme cordillera realiza la ruta junto a nosotros. El termómetro del coche marca los cien grados. Vamos completamente solos por la carretera. Paramos y bajamos del vehículo para estirar las piernas. No se escucha un alma, ni un pájaro, ni una ráfaga de viento, nada de nada. Puedo sentir respirar la carretera. Este, posiblemente sea uno de los mayores momentos de paz que he experimentado en mi vida.





Tras llegar al Motel, buscamos ansiosos la piscina, ahí está, en la parte trasera del Motel. El logotipo de la Ruta se asoma desde el fondo. El cielo está anaranjado y el calor de nuestros cuerpos es ya un recuerdo. Nos damos un orgásmico chapuzón de casi media hora mientras el sol se pone sobre nuestras cabezas.

Tras secarnos y cambiarnos, decidimos salir a cenar a un Restaurante del pueblo que anuncia buena carne. Nos plantamos en un auténtico salón del Oeste donde las camareras van vestidas de época. El lugar está lleno pero tenemos una mesa libre junto a la ventana. Cuando la noche ya ha aparecido por completo, nos hacen compañía un par de budweiser y sendos filetes de carne con guarnición. Puedo ver algo parecido a un mapache corriendo a toda velocidad bajo los coches que hay aparcados al otro lado de la ventana.

Volvemos al motel. Se encuentra en lo alto del pueblo, me quedo un rato en la puerta observando la carretera y escuchando el ruido que los coches hacen al pasar. La noche es cerrada, la luna me observa atenta desde la más profunda oscuridad. Mañana llegaremos a la tierra prometida; California.


Mike.










martes, 6 de octubre de 2015

RUTA 66. DÍA 11: ALBUQUERQUE (NUEVO MEXICO) - WINSLOW (ARIZONA).

Tras desayunar y cargar el coche, nos despedimos del hotel que nos ha acogido las dos últimas noches. Todavía no son las siete de la mañana. Antes de ponernos rumbo a Arizona, tenemos que terminar nuestra misión y vamos directos a la casa de Walter White.

Al llegar al barrio apagamos las luces. Me siento como el detective de una película de espías. Está amaneciendo y los rayos del sol acarician suavemente los tejados. Paramos el coche en una de las calles adyacentes y caminamos hasta la entrada de la casa de Walter White. La persiana del garaje está bajada y la dueña no está ahí para hacer guardia. La suerte se pone de nuestro lado. Al fin podemos conseguir la instantánea y yo no puedo evitar celebrarlo como si hubiese marcado el gol definitivo en la final de un mundial. Mary y yo bailamos en plena calle mientras el sol se despereza del todo. Una vecina observa la estampa desde el otro lado de la ventana. Lo hemos conseguido, la foto en la casa del protagonista de Breaking Bad es nuestra.




Volvemos a nuestro "Toyota 4 runner" y ponemos rumbo a Arizona. Adiós Albuquerque, adiós territorio de Heisenberg, de Pinkman, de Gus Frinch y adiós al decorado de la mejor serie que ha parido la televisión. La próxima vez que te vea será desde el sofá de nuestra casa, tras un enorme cubo de palomitas, ya que pienso volver a ver la serie de nuevo con el encanto de haber podido conocer in situ donde ha sido rodada.

El paisaje va enrojeciendo y podemos ver la silueta de la cordillera de montañas rocosas que va desde Canadá hasta Sudamérica. Volvemos a estar de nuevo en una peli del Oeste. 

Paramos a comer algo y a repostar en una gasolinera perdida en medio de la nada. Junto a los surtidores un grupo de indios tratan de arreglar una destartalada camioneta, bajo ella se ven las piernas de uno de ellos que urga bajo las tripas del vehículo. La gasolinera tiene dentro una especie de diner, pedimos unas fajitas y unos burritos. La amabilidad de los indios sigue siendo invisible, cuesta mucho arañarles unas palabras y mucho menos una sonrisa, contrastan con la amabilidad que nos hemos encontrado a lo largo de todo el viaje. 

Ya con nuestro enorme vaso a rebosar de Pink lemonade, seguimos la ruta. Unas millas al oeste nos cruzamos de lleno con un grupo de presos que hacen labores comunitarias, en este caso recogida de basuras junto a la carretera vestidos con un uniforme naranja. Tres policías les vigilan de cerca escopeta en mano. Mi mirada se cruza durante un escaso segundo con la de uno de los presos ¿qué habrá hecho? Me hubiese encantado parar el coche ahí en medio y bajar a charlar un rato con ellos. Estados Unidos nunca termina de sorprenderme.




Entramos oficialmente en el Estado de Arizona. El sol es abrasador y el termómetro del coche bate su propio récord al pasar los cien grados Fahrenheit, el aire acondicionado hace horas extras en el interior del vehículo, la radio continua escupiendo música country. 

Paramos en busca de más bebida en una tienda enorme que ha aparecido de repente en medio del desierto. Mary se tropieza con una de las maderas y cae de lleno en el porche. Un feo rasguño aparece a la altura de su tobillo, busco algo de hielo y lo envuelvo en una de mis camisetas para tratar de bajarle la hinchazón. No para de decirme que le duele, yo maldigo no poder cambiarme por ella en este momento, no me gusta verla así, sufriendo. Es algo que es superior a mí. Ojalá tuviese un botón detrás de la oreja que al pulsarlo todo lo malo y doloroso pasase directamente de su cuerpo al mío, seguro que fuese lo que fuese dolería menos que verla sufrir a ella. Mary es mi punto débil.

Estamos un buen rato sentados en el porche esperando a que baje un poco la inflamación. Por suerte teníamos alcohol en el coche para desinfectar la herida. Parece que el dolor disminuye y que puede apoyar el pie. Ya nos imaginaba caminando por el medio de la nada en este inmenso desierto buscando un hospital de urgencias y teniendo que pedir ayuda a los simpáticos indios. Seguro que pasado mañana nuestras figuras serían dos esqueletos que yacen sobre la arena cogidos de la mano rodeados de escorpiones.

- No sabes cuanto me alegro de que puedas caminar, Mary.
- Ya me duele menos.

Entramos al Parque Natural del "Painted Desert" donde también podemos ver árboles petrificados. El paisaje es realmente bello, enormes montañas que la naturaleza ha pintado a su antojo dando paso a una estampa que parece un auténtico lienzo. El cielo azul contrasta con los colores de las montañas y el desierto ofreciendo una vista única. Esto no se ve todos los días. La última vez que algo me impresionó tanto tenía tres años menos y me encontraba junto a uno de los precipicios del Grand Canyon. Arizona tiene unos paisajes increíbles. Las cámaras no son capaces de captar la belleza que nos ofrece la visión real.








Una pareja de motoristas se seca el sudor de la frente con un pañuelo mientras su mirada anonadada se pierde horizonte abajo. Un cuervo grita desde el interior de un arbusto al que apenas le quedan hojas. En la arena, un pequeño lagarto sortea con rapidez nuestras pisadas. El sudor aparece sin dar tregua, el sol pone la máquina de calor a pleno rendimiento.




En Holbrook buscamos el "Butterfield Steakhouse"; un restaurante que en todas las guías que hemos consultado lo catalogan de imprescindible por la buena calidad de sus filetes de carne. Lo encontramos cerrado, así que tenemos que buscar un Plan B. En la avenida principal damos con un local que sirve comida mexicana. Nos sentamos en la mesa junto a la barra y pedimos dos cervezas, la camarera nos pide los carnés, todo un halago a nuestros treinta y cuatro años.

En escasos quince minutos tenemos sobre la mesa dos exquisitos platos llenos hasta arriba de comida. Mary un filete, yo me atrevo con el gran burro especialidad de la casa, más grande que mi antebrazo.
La comida es espectacular, todavía no he probado un mal bocado desde que he puesto los pies en territorio americano.




Con tres o cuatro kilos de más y un par de budweisers en el cuerpo, volvemos al coche. En la carretera nos cruzamos con caravanas que son tres autobuses de línea de los de nuestra ciudad, todo aquí es a lo grande, todo.

Llegamos al Wigham Motel, un curioso Motel donde las habitaciones son tiendas indias. Probablemente el Hotel más original que he visto hasta ahora. Junto a ellas coches antiquísimos abrasados por el sol. Hacemos un par de fotos y un par de tomas para nuestro documental y volvemos de inmediato al amparo del aire acondicionado del coche.





Durante todo el trayecto vemos la imagen de un conejo que promociona la ruta. Se trata del Jack Rabbit, al que llegamos tras dar un par de rodeos. Se trata de un conejo gigante al que puedes subir para hacerte la típica foto y que se encuentra junto a una tienda de souvenirs, en la que venden lo mismo que en las otras dos mil tiendas por las que hemos tenido el placer de pasar. Esta visita es totalmente prescindible, nosotros hemos picado porque llevábamos medio viaje viendo al maldito conejo y al final yo le he cogido cariño.

Llegamos a Winslow. En el Motel nos vemos sorprendidos por una gran pelea entre un Pakistaní de apenas metro y medio de estatura y dos enormes moteros. El Pakistaní gasta mucha más mala leche que los dos motoristas juntos que se niegan a abandonar el Motel. El chico de la recepción nos hace el Check in con una mirada con mitad lástima mitad vergüenza ajena. El espectáculo es bochornoso. El Pakistaní continua gritando con muy muy mala baba haciendo caso omiso a las disculpas del motero. Al final los dos motoristas hacen su maleta y abandonan el motel sobre sus harley. Esto en una película hubiese terminado con el Pakistaní arrojando por el ventanal a ambos delincuentes bajo una lluvia de cristales.

El aspecto del Motel es bastante cutre. Los cables cuelgan sobre la recepción, la pared se cae a trozos por ciertos lados, la madera del mostrador está completamente rayada y la educación del jefe es más propia de un jabalí.

Mary y yo nos miramos con cara de "en que maldito cuchitril nos estamos alojando". Abrimos la puerta de la habitación con miedo a que una enorme rata o una asquerosa cucaracha nos de la bienvenida. Estoy convencido de que al otro lado de la puerta nos espera el maldito infierno, el antítesis de la higiene y de la limpieza y me veo durmiendo sobre una asquerosa cama mal oliente rodeado de bolsas de plástico, mientras una docena de lagartijas y un ejército de piojos se parten la cara sobre la moqueta para decidir quien es el primero en comernos un pie.

- Quieres abrir ya de una vez¡¡¡
- Ya voy, ya voy....

Contra todo pronóstico, nos encontramos con una de las mejores habitaciones de todo el viaje. Una enorme cama confortable con una almohada que no es un folio ni tampoco una morcilla de Burgos, algo intermedio, y para colmo la señal wifi funciona como un tiro. Bendito Pakistaní gruñón y mal humorado. En la mesilla no pueden faltar un par de ejemplares de la biblia, esta vez hay un mensaje sobre la tapa: Convence a alguien para ir a la iglesia este mes. El clero hace campaña electoral en cada habitación que hemos recorrido, en todos los moteles había un ejemplar de la Biblia.




Decidimos dar un paseo por la ciudad. Es un lugar bastante pequeño donde absolutamente todo está cerrado. Entramos en un garito por algo de beber y a preguntar por la cena. El restaurante se encuentra a medio abrir o a medio cerrar, no sabría adivinarlo, pero el caos se encuentra esparcido por cada rincón del local. Pedimos un par de vasos de agua con sabor a tubería y limón. Le ofrezco a la camarera un par de dólares por los tragos y me dice que no hace falta, que el agua es gratis.

En la calle no se oye ni un alma. Apenas ha comenzado a atardecer y aquí está todo muerto. Hacemos unas cuantas fotos al enorme logo de la 66 que hay en la calzada.

Visitamos la esquina donde se encuentra la estatua del muchacho de la guitarra, que hace referencia a la mítica canción de los Eagles; "Take it easy", y donde hay un mural homenaje a la legendaria banda americana.




La paz se interrumpe cuando aparece una ruidosa y flamante camioneta que para en medio de la calzada y de cuyas ventanillas huye una espantosa música. Se abre la puerta del conductor y una chica negra enorme desciende lentamente del vehículo, su pinta es un tanto chunga; chandal muy ancho, pañuelo en la cabeza y un tatuaje que trepa por su nuca, camina como uno de esos raperos que aparecen en los video clips de la MTV, tras escupir sobre el asfalto camina al otro lado de la acera, dejando la puerta del coche abierto. Esta chica podría ser la protagonista de cualquier película de bandas.

Antes de volver al Motel, pasamos por un Walmart en busca de algo de cenar. Allí nos damos cuenta de que la mayoría de los clientes del súper son indios con la cabeza enorme. Mary me dice medio en serio medio en broma que algo extraño ocurre en este pueblo con la cabeza de la gente. Yo meto la compra rápido en el coche, antes de que mi imaginación comience a volar y se entretenga en historias sobre extraterrestres que invaden solitarios pueblos americanos.

Antes de cenar, decidimos relajarnos en la sala de la piscina que hay junto a la recepción. El pakistaní diabólico ya esta mucho más calmado. Probamos el jacuzzi pero el agua está ardiendo, treinta segundos más ahí dentro y podrían haber hecho un exquisito caldo de Mike y Mary. Me meto en la piscina para cambiar la temperatura de mi cuerpo que ahora mismo está cerca de los cincuenta grados. Salgo del agua prácticamente de un salto cuando veo el cementerio de bichos que flota a mi alrededor.




Tras un ducha con mucho jabón cenamos sobre la cama. Antes grabamos nuestra ya mítica escena dejándonos caer sobre la cama, toma que hemos repetido en cada uno de los Moteles por los que hemos pasado para nuestro super documental sobre la Ruta 66 (que espero poder enseñaros pronto).

La noche es cerrada al otro lado de la ventana. La tranquilidad de Winslow invade totalmente el motel. Cuando cierro el portátil Mary está ya en el País de los sueños. La observo durante un rato hasta que mis ojos no pueden más. Espero no tener una maldita pesadilla con el Pakistaní diabólico y las extrañas cabezas del pueblo de Winslow. Prefiero soñar con los Eagles.

Mike.






jueves, 1 de octubre de 2015

RUTA 66. DÍA 10: ALBUQUERQUE (NUEVO MEXICO).

Hoy tenemos el día más relajado ya que esta noche volveremos a dormir en Albuquerque. Era importante meter una fecha de refresco a lo largo de la Ruta y decidimos hacerlo aquí, en la ciudad de Heisenberg. Son las ocho de la mañana y la señal wifi es un auténtico desastre.

Mary trata a duras penas de realizar una llamada familiar a través del FaceTime, yo me he dado por vencido, paso del móvil. 

Un par de tostadas después ya estamos de nuevo al volante. Antes de tomar la carretera principal pasamos por un Starbucks y sin bajar del vehículo nos sirven un par de cafés para llevar. Adoro la cultura del Take Away y del Drive In. Mary me comenta que cuando nos tengamos que cambiar el coche, el primer requisito que tendrá que cumplir será tener dos enormes y confortables huecos para llevar nuestras bebidas.

Ahora ya sí, nos ponemos rumbo a Santa Fe, ciudad que se encuentra a una hora escasa de Albuquerque.




Lo primero que nos llama la atención de la ciudad es su arquitectura, nada que ver con lo que hemos visto hasta ahora. Edificios de tres alturas como mucho construidos con Adobe, multitud de gente con aspecto indígena donde se escucha más español de lo habitual. Damos una vuelta por el centro de la ciudad, hay muchos comercios de artesanía india. Hay un mundo de diferencia entre la amabilidad de los americanos que hemos conocido hasta ahora y los Indios que nos cruzamos. Estos últimos suelen ser gente muy muy seria a la que cuesta en exceso sacarles unas palabras, en ocasiones ni un triste saludo al entrar a sus comercios.





Terminamos en una placita con varios puestos de venta de comida. Nos hacemos con unas fajitas y un par de limonadas. Nos sentamos en un banco y la vida gira a nuestro alrededor: un indio acaricia una destartalada guitarra de la que fluye una bonita melodía. En la misma acera, dos policías degustan un café apoyados en el capó del coche patrulla. En el banco de enfrente, un extraño tipo con un gorro de plumas y escondido en un caluroso abrigo lee lo que parecen ser unos poemas en un diminuto libro. Si tuviese que rodar una peli ahora mismo, ese tipo sería mi protagonista.




Volvemos al coche, tenemos que regresar a Albuquerque. En el cielo, la máquina de nubes se ha puesto en marcha, algodón blanco flota bajo un inmenso azul celeste. La emisora de música country continua con nosotros.

Ya en Albuquerque paramos en Central Ave, entramos en una pizzeria decorada a la perfección. Carteles con fotos antiguas, pared de ladrillo, enormes lámparas colgando del techo y un camarero guaperas con aspecto muy grunge al otro lado de la barra. Devoramos dos enormes porciones de Pizza de pepperoni.

Después de comer paseamos por la avenida. Está llena de tiendas muy alternativas y decorada con bonitos graffitis, tiene un rollo muy muy urbano. Entramos en una tienda que vende cómics y figuras de diferentes series y películas de todas las épocas, el auténtico paraíso para un friki como yo. Allí venden figuras muy muy difíciles de encontrar que no había visto jamás. Estoy apunto de llevarme un He-man nuevo en su cajita original por cincuenta dólares, hace más de veinticinco años que no veía en directo un Master del universo, uno de mis grandes compañeros de mi querida y añorada infancia.

Justo al salir de la tienda nos cruzamos con un grupo de pandilleros. Pantalones muy caídos, pañuelos en la cabeza y bolsas de papel ocultando botellas de licor, uno de ellos observa durante un par de segundos el tatuaje de mi brazo derecho y se pierden bajo el asfixiante calor de Nuevo México.

Volvemos al coche tras observar las nubes durante un buen rato. Albuquerque tiene el cielo más espectacular que he visto jamás. Las nubes son tan densas y tan blancas que parecen parte de un decorado.






Sacamos la lista con nuestro "Friki Tour" y las diferentes localizaciones de la serie Breaking Bad. Puedes contratar en la ciudad un Tour que te lleva por los sitios más emblemáticos de la famosa serie, pero hemos decidido hacerlo por nuestra cuenta.

El primer lugar que visitamos es la casa de Walter White, el GPS nos lleva directos al barrio residencial, a unos veinte minutos de donde estábamos. Una señora nos dice que nos alejemos de su propiedad gesticulando mucho con las manos, tiene el jardín repleto de carteles prohibiendo el paso y advirtiendo de que se trata de una propiedad particular.... no hay duda, esa es la casa de Walter White, y la Señora de la camiseta verde que nos grita desde la silla de la puerta del garaje es la auténtica propietaria de la casa. Tratamos de decirle con toda la educación del mundo que solo queremos sacarnos una foto sin pisar ni su jardín, ni tan siquiera la acera, pero no hay forma. Hoy no es el día. La Señora hace guardia sentada junto al garaje y claro, no queremos una foto con una señora con cara de perro detrás, por otra parte hemos cruzado toda la ciudad para venir hasta aquí. Tras debatir qué hacer durante un par de minutos, decidimos volver mañana antes de emprender el viaje, imagino que a las siete de la mañana esta Señora no seguirá de guardia protegiendo su morada.

La siguiente parada la hacemos en el despacho de Saul Goodman, que en realidad se trata de un restaurante. Esta vez el propietario anuncia en una de las puertas , que se trata de una de las localizaciones de la serie. Un buen reclamo para hacer caja.




Un cuarto de hora después estamos frente al apartamento de Jesse Pinkman, aquella casa que se encontraba junto a la de su casera. Sobre la fachada un cartel anuncia que se alquila.




Terminamos el Tour pasando por el parking del "Dog House", garito donde Jesse compra su primera pistola y comienza a traficar.




Albuquerque tiene cien mil habitantes menos que nuestra ciudad; Zaragoza, pero las distancias son muchísimo más largas aquí que en casa. Algo que me llama la atención es que la gente te saluda por la calle, algo que me encanta.

Nuestro aspecto confunde a los americanos, han sido varios los que se han aventurado a adivinar nuestra procedencia y gana por goleada California, la gente por nuestro aspecto piensa que somos californianos, cuando escuchan nuestro acento pierden el norte y no saben ubicarnos.

Volvemos al Motel a descansar un rato. La señal wifi me da una tregua y aprovecho para buscar información sobre la casa de Walter White, quiero comprobar si todo el mundo que ha tratado de hacerse un foto allí ha tenido el mismo problema que nosotros con esta mujer. Nos encontramos con la gran historia de Frances y Louis Padilla; los auténticos propietarios de la casa y con los inconvenientes que han sufrido desde que prestaron su vivienda para que apareciese en la serie. Cuatrocientas visitas al mes, sufrir la lluvia de pizzas sobre el tejado emulando esta escena de la serie, donde incluso tuvo que lanzar un mensaje el propio productor para que los fans dejasen de bombardear con pizza el jardín de Frances. A pesar de la amabilidad que dice tener con los fans aquí, la realidad es otra bien distinta. Esta señora no es ni amable ni mucho menos sonriente con los fans, esta señora es un perro de presa defendiendo su propiedad porque no esperaba el éxito de la serie cuando se prestó a ceder la imagen de su vivienda y todo esto le ha cogido por sorpresa y me parece totalmente lógico. Yo haría lo mismo si recibiese cuatrocientas visitas al mes y hubiesen bombardeado el tejado de mi casa con pizzas. Increíble.

Salimos en busca de un Diner que hemos descubierto por casualidad esta mañana de pasada con el coche, pero aprovechando que el sol cae y que la propietaria tendrá que preparar la cena, decidimos dar un rodeo y pasar de nuevo por la casa de Walter White, a ver si con un poco de suerte Frances ya ha abandonado su guardia y podemos hacer la foto. Así nos evitamos el madrugón de mañana.

Nada más doblar la esquina veo la camiseta verde de la propietaria. Dos fans huyen hacia el coche caminando muy muy rápido perseguidos por los gestos y gritos de Frances. Esta señora vive junto a la puerta del garaje y dedica todo su tiempo a ahuyentar frikis como nosotros.

Mary se cabrea porque hay casi treinta kilómetros hasta aquí y no pilla de camino a ningún sitio, tienes que venir expresamente a probar fortuna y es la segunda vez que lo intentamos y tendremos que hacerlo de nuevo mañana. Trato de convencerla para dejarlo y pasar de la foto... pero no hay forma, cuando Mary se propone algo va a conseguirlo y mañana estaremos aquí nada más salir el sol y cruzaremos los dedos para que la señora no esté haciendo guardia todavía frente al garaje.




Ahora sí, nos vamos al Diner. Antes de entrar hacemos unas cuantas fotos en un enorme muro lleno de carteles. La gente sigue saludándonos al pasar. Ya dentro, retrocedemos a los años cincuenta, una simpática camarera nos acompaña a nuestra mesa, pedimos un par de cervezas, un filete empanado para Mary y hamburguesa para mí. Los grandes éxitos de Elvis nos amenizan la cena. Me llama la atención la alegría de la camarera más joven; una chica rubia que camina dando saltitos como si estuviese corriendo por un inmenso prado lleno de margaritas, esa chica desprende alegría, esa es la actitud, claro que si. En una encimera elevada hay una enorme colección de los envases de las míticas pastillas dulces PEZ, todo tipo de personajes nos observan desde las alturas: Pedro Picapiedra, superman, los pitufos, Mickey Mouse e incluso los Beatles, en USA este tipo de colecciones son muy famosas.





Volvemos a Junio del 2015 al salir de Diner y regresamos al Motel. Me doy una ducha antes de meterme en la cama. Mañana, y tras este paréntesis en Nuevo Mexico, continuaremos con nuestra gran aventura. La señora de la camiseta verde aparece en mi almohada en cuanto cierro los ojos. Mañana espero no verla ahí cuando hagamos el último intento por fotografiar su casa.

Mike.