domingo, 13 de septiembre de 2015

RUTA 66. DÍA 8: OKLAHOMA CITY - AMARILLO (TEXAS).

Son las seis de la mañana. Vuelvo a despertarme sin la ayuda del despertador. Me arrastro hasta la ducha y me peleo un rato con el grifo hasta que el agua caliente decide salir. Cuando regreso a la habitación, Mary discute con la señal de Wifi del Hotel todavía con un ojo medio cerrado. Abro la puerta y la lluvia continúa ahí, donde la dejamos ayer. Más fina, menos agresiva, pero ahí sigue.

Bajamos a desayunar. Un par de waffles y café. En la tele el hombre del tiempo nos recuerda que todavía no nos hemos salvado del riesgo de tornados. Mary aprovecha la señal más intensa del wifi para hacer un llamada a la familia a través de FaceTime. Yo remuevo mi café sin apartar la mirada de las nubes y las señales de advertencia que aparecen en el mapa de Norteamérica que muestra la televisión.

Al hacer el "check out" en el Motel tenemos un pequeño problema ya que nos quieren cobrar dos veces, por lo visto la empleada de la recepción no da con el pago que hicimos a través de internet antes de venir. Es en este tipo de situaciones es cuando notas que la fluidez del idioma es muy muy importante cuando viajas fuera de tu País. No tienes la soltura habitual para expresarte y tienes que buscar la palabra adecuada en nuestra desordenada cabeza. Finalmente, se aclara la situación cuando aparece el Manager del Motel. Todo ha sido un malentendido. 

Aclarado el contratiempo nos dirigimos a un Starbucks a pillar un par de cafés, se trata de uno de esos locales donde haces tu pedido desde el coche, sin necesidad de bajarte. 

Las entrañas de Estados Unidos están diseñadas para que puedas hacer todo desde el coche: pedido en el restaurante, en la cafetería e incluso puedes ir al servicio postal americano y pagar un recibo sin soltar el volante. Está hecha para el vehículo, el precio de la gasolina es muy inferior al que tenemos en España y las distancias entre las casas son bastante grandes según la zona en la que estés.




Saboreo mi Chai Tea Latte mientras el verde paisaje corre a toda velocidad hacia nosotros. Las últimas gotas de lluvia resbalan por la ventanilla y en el cielo hay una batalla campal entres las nubes grises y los rayos del sol, finalmente gana la partida un inmenso arco iris que aparece de la nada. Las mejores cosas de la vida son gratis, a veces no hay más que mirar al cielo.

En Clinton paramos en el "Route 66 Museum", donde nos hacemos con unos cuantos souvenirs. Podemos visitarlo sin aglomeraciones ya que está completamente vacío.





Cuando volvemos al coche nos damos cuenta de que el asiento de atrás está empapado, nuestra nevera de corcho pierde agua. La vaciamos y con un gran dolor en el corazón, nos despedimos de ella. Me encantaba esa nevera.

Continuamos el trayecto y la lluvia ya es solo un recuerdo, el arcoiris también. Apenas hay tráfico. La 66 es nuestra. Sigo escondido bajo mi sudadera ya que la temperatura ha bajado unos cuantos grados. Mary comenta que está a punto de poner la calefacción en el coche.

Tras pasar Elk City y fotografiar el enorme logotipo de la Ruta que hemos visto junto a la carretera, damos con una curiosa tienda que emerge de la nada, y en la que únicamente venden los típicos molinos de viento que se ven en los ranchos de las películas.

En Sayre saludamos a "Spirit of the West"; un búfalo vestido de militar. El pueblo consta de una amplia avenida con establecimientos a un lado y otro de la carretera. Es la versión actual de lo que podría ser un antiguo poblado del viejo Oeste americano. El polvo está asfaltado, el salón es una tienda de ropa, la comisaría del Shérif una peluquería... pero la esencia es la misma. Un lugar solitario a desmano de cualquier sitio, en el que no hace mucho tiempo Mary y yo seríamos los forasteros que llegan a la ciudad.

- Venga, sube al coche¡¡¡ - Mary corta en seco la película que se acaba de montar mi imaginación.




Casi en la frontera con Texas, llegamos a Erick. Allí vamos directos al "City Meat Market", un curioso lugar en el que puede ocurrir de todo. No sé muy bien como catalogarlo... lo dejaremos como "La casa de Harley y Annabelle". Se encuentra en el edificio más antiguo de Erick y allí puedes encontrar cualquier tipo de detalle de la 66, desde señales de tráfico de hace treinta años a destartaladas guitarras con mil historias tras sus cuerdas.

Esta pareja ha recibido viajeros de la ruta durante más de treinta años, ofreciendo hospitalidad y anécdotas. Harley no vende nada de lo que tiene en casa. Los viajeros que entran allí suelen dejar una propina tras escucharle o ver uno de sus Shows.

Al llegar nos encontramos a Harley fotografiándose con diversos viajeros. Melena y barba largas y descuidadas, sonrisa con algún diente de menos, vestido únicamente con un peto con los colores de la bandera americana a medio abrochar, los pies descalzos... si, es tal y como lo describían en todos los blogs que hemos leído.








Nos recibe con una sonrisa y una pose para la correspondiente foto. Nos invita a pasar y observamos el caos que tiene allí montado. Me llama la atención una oxidada señal de la Ruta 66 perforada con una docena de disparos. Sobre una sucia alfombra descansan un par de guitarras acústicas. Harley habla solo caminando rápido de un sitio para otro. Se le nota que lleva recibiendo gente más de treinta años, tiene tablas ante la cámara.

Tras nosotros entra una pareja de unos cincuenta años procedentes de Nueva York. Harley nos invita a que nos sentemos en unas destartaladas sillas de madera, se ajusta la correa de una guitarra a la que le falta una cuerda y se arranca con "Get your kicks on Route 66"del legendario Bobby Troup. El tipo nos ofrece un autentico show de cinco minutos en los que no deja de corretear sobre si mismo. Cuando termina nos invita a que visitemos su casa, a escasos metros del City Meat Market. Él se queda allí recibiendo a más viajeros.

Nos acercamos al jardín, lleno de más trastos y unos cuantos coches a medio montar. No entramos dentro, nos parece mal. La casa de Harley es una locura.








Me monto en el coche con una sensación diferente a la que vine. La vida de Harley es una leyenda de la 66, una vida acompañado de su mujer Annabelle, que desgraciadamente falleció hace unos meses. Aunque sabe esconderse tras esa pinta de lunático, no puede ocultar el brillo de sus ojos o su mirada cansada, tampoco la tristeza que percibo de él. Tiene que ser muy duro levantarte un día de la cama solo, sin ella, tras tantos años juntos y tener que armarte únicamente con una sonrisa para recibir a más viajeros, para hacer todo lo que hacías con ella, pero solo. Vine en busca de diversión, y si, me he divertido, Harley es todo un showman, pero me ha pellizcado el alma ver más allá de ese peto, de esa sonrisa vacía y de esos pies descalzos. Supongo que de su casa me llevo algo que no todo el mundo puede percibir.

Nos ponemos en Ruta y un enorme rancho de vacas nos despide de Oklahoma. Llegamos a Texas. El paisaje sigue siendo de un color verde muy muy vivo. En el cielo se aproxima el fin del mundo. Un ejercito de nubes negras trata por todos los medios de adelantar la noche. Huele a humedad y cuando rompa a llover, va a hacerlo con furia.

Paramos un par de veces a fotografiar y grabar unas cuantas vacas. En Texas se come mucha y muy buena carne y eso implica ver enormes ranchos con cientos de vacas pastando a sus anchas. El look del "texano" es tal y como se ve en el cine. Vaqueros, camisa y sombrero de cowboy. Tal cual.

En Shamrock paramos en un viejo restaurante donde nos sirven una de las mejores hamburguesas del viaje. El sitio es un antro bastante oscuro. Al fondo hay una enorme barra que podría ser el "salón" de cualquier peli del oeste. Cuando estamos a punto de pagar, aparecen cuatro jóvenes que van directos a la barra. Los cuatro lucen sombrero y botas de montar. De repente retrocedemos ciento treinta años, estamos en el salvaje oeste, en el salón del pueblo viendo como un grupo de cowboys se toman unos chupitos de whisky sentados en la barra. Solo falta que entre por la puerta Billy el niño soltando disparos a diestro y siniestro. Me termino la cerveza de trago, totalmente influenciado por el espíritu vaquero.

La vieja 66 continua paralela a la I 40, el tren nos hace compañía durante algunos kilómetros y la vista es totalmente abierta. Ni una casa, ni un edificio, nada que interrumpa la visión del horizonte allá donde mires. Llanura, vacas y los tímidos rayos del sol que comienzan a abrirse hueco entre las nubes. Sobre ellas se descubre un cielo azul muy muy clarito.

Llegamos a una enorme cruz que está llena de turistas. A su alrededor hay diversas figuras de Jesucristo, los romanos y demás reparto Bíblico. No controlo muy bien la historia de la Biblia ya que mi educación no es que haya sido muy católica, pero están muy bien hechas y aunque no me vaya el tema de la religión salgo de allí bastante sorprendido.




La siguiente parada la hacemos ya en el Motel, en la ciudad de Amarillo. Tras realizar el "Check in" y dejar las maletas en la habitación, nos acercamos al Walgreens más cercano a por un rollo de celo para arreglar la pata del trípode, que cojea desde que se nos cayó la cámara y por una libreta nueva para mí, ya que en la anterior no quedan ya hojas en las que seguir contando lo que hoy podéis leer.

Y al fin llegó el momento, el gran día. Hoy cenamos en uno de los restaurantes a los que más ganas le teníamos. Uno de los locales más famosos no solo de la 66 , si no de todo U.S.A; el "Big Texan Steak Ranch".

La cantidad de coches y el tránsito de gente que hay justo en la entrada, nos da pistas sobre lo que podemos encontrarnos dentro. Una enorme vaca nos da la bienvenida vigilando expectante desde la fachada. Nada más entrar retrocedemos un siglo, mucho sombrero, mucha bota de montar, mucha cerveza y mucha música country. Un par de chicas nos reciben nada más atravesar la puerta, nos informan de como funciona el Restaurante. Tenemos más o menos unos cuarenta minutos de espera hasta que podamos entrar, así que nos dan un aparatito pequeño con una luz y un minúsculo altavoz que se pondrá a berrear y a parpadear cuando sea nuestra turno. Mientras tanto podemos dar una vuelta por las tiendas que hay en el interior del local. Es como una especie de busca.








Aquí hay más gente que en la guerra. Vemos en una vitrina el menú del gran reto del Big Texan, consiste en un enorme filete de mas de dos kilos, con su ensalada y su guarnición. Si eres capaz de comértelo todo en menos de una hora, pasas a formar parte del salón de la fama del local y la cena no te cuesta ni un dolar. Si fallas, te sale el menú por 70 dólares.

El gran reto nació un día en el que un hambriento cowboy, entró gritando que tenía tanta hambre que sería capaz de comerse una vaca entere pasada por el grill. Rob Lee, que regentaba el local, le sirvió un filete de casi medio kilo de ternera. El vaquero lo engulló en escasos minutos diciendo que seguía teniendo hambre. No se sintió satisfecho hasta que acabó con dos kilos de carne de vaca. Desde entonces, Bob Lee anunció que quien fuera capaz de comer lo que comió ese cowboy aquel día en su local en menos de una hora, no tendría que pagar nada. El filete de dos kilos se convirtió pronto en una atracción y hoy en día se ha convertido en una de las grandes atracciones turísticas de la 66.

Al fin comienza a sonar nuestro busca. Vamos corriendo a la fila. Justo delante nuestro una joven pareja de italianos esperan su turno acompañados de tres niños pequeños. Charlamos un rato con un americano de origen mexicano que nos cuenta que se quiere mudar de Oklahoma debido al clima, que le gustaría hacer vida algún día en España.

Entramos al enorme salón y una simpática camarera de rasgos orientales nos guía hasta nuestra mesa. Dudamos entre hacer o no el reto, finalmente decidimos comernos un menú normal. Yo elijo uno especial que hace honor al programa "Crónicas carnívoras". Parece que hay un valiente que si va a tratar de comerse los dos kilos de carne. Se trata de un tipo enorme. Un rudo camionero con bigote, gorra y cien kilos en cada brazo. El hombre se sienta en una mesa elevada bajo un luminoso cartel que muestra la cuenta atrás. Uno de los encargados de la sala le da la bienvenida, le sirve la comida y grita: "Qué comience el reto¡¡¡¡". La cuenta atrás se pone en marcha. El camionero se convierte en la atracción del local, ahora mismo tiene una veintena de cámaras a su alrededor y más de dos kilos de carne bajo su bigote.




La simpática camarera nos sirve nuestra cena. Un grupo de músicos va de mesa en mesa amenizando la velada con temas country. No cabe un alfiler en el inmenso salón. De vez en cuando alguien se levanta de su asiento de repente y grita palabras de ánimo para el tipo del reto, la gente responde con aplausos. Estados Unidos es un espectáculo continuo. A los americanos les va mucho este tipo de shows y eso es algo que me encanta.




Apenas podemos terminar nuestros respectivos chuletones. En la tarima, nuestro amigo el camionero se da por vencido, ha sido derrotado por ese filete gigante. Pagamos y nos levantamos de la mesa como podemos. Al salir del local está cayendo una enorme tromba de agua. Tenemos cincuenta metros de distancia hasta el coche. Mary y yo nos miramos. Ahora¡¡, salimos de allí corriendo como balas, durante la carrera piso tres o cuatro charcos y cuando llego al coche estoy completamente empapado.

Ya en la habitación me seco y me tumbo sobre la cama. Me toco la barriga, ha crecido más de dos kilos en la última hora. Al otro lado de la ventana la lluvia golpea el cristal. Mañana llegaremos al punto intermedio de una Ruta que no quiero que acabe jamás.

Mike.





1 comentario:

  1. Me estoy leyendo tu blog entero porque en abril vamos a hacer la ruta por nuestro viaje de novios. Me está encantando leer todo esto pero hecho en falta el nombre de los moteles donde os hospedasteis....

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