domingo, 27 de septiembre de 2015

RUTA 66. DÍA 9: AMARILLO (TEXAS) - ALBUQUERQUE (NEW MEXICO).

Me arrastro hasta la ducha esquivando el caos de maletas abiertas que hay esparcidas por la habitación. El agua fría me trae de nuevo al mundo de los vivos. Mary remolonea en la cama tapándose la cara con la sábana. Al otro lado de la ventana, el sol se despereza poco a poco. Hoy me he despertado más temprano de lo habitual.

Un cuarto de hora después estamos frente a una máquina en la que puedes hacerte tus propios waffles. Mary se aventura con ella y en pocos minutos tenemos listo el desayuno. En la televisión el hombre del tiempo trata por todos los medios de que se nos atragante el desayuno. Muestra imágenes de graves inundaciones cerca de la zona donde estamos y pronostica fuertes tormentas con muy alto riesgo de aparición de tornados. La conclusión es clara, tenemos que salir de Texas cuanto antes.

Para nosotros que jamás hemos visto uno, hablar de tornados es como hablar del fin del mundo, del apocalipsis, de grandes turbinas de viento destrozando enormes casas y arrojando vacas, señales de tráfico, neumáticos o cualquier cosa que se ponga a su alcance. La chica de la recepción habla de ver tornados como el que ve al cartero cada mañana sin darle la más mínima importancia. 

Antes de ponernos en ruta tenemos que pasarnos por el súper en busca de un adaptador de corriente. Ayer cuando nos acostamos nos dimos cuenta que de que el transformador se quedó en el Motel de Oklahoma. Sin adaptador no podemos cargar ni las cámaras de vídeo, ni las de fotos, ni los móviles, ni utilizar cualquier cosa que haya que conectar a la red eléctrica. El objetivo de la cámara, la nevera, la pata del trípode, ahora el adaptador.... la Ruta 66 está arrasando nuestro equipaje.




A las siete en punto de la mañana estamos en la sección de aparatos eléctricos del Súper. Aquí, si quieres, puedes realizar la compra a las cuatro de la mañana, ya que el Walmart se encuentra abierto las 24 horas del día. Me imagino en mi futura vida americana bajando a comprar Danones y papel higiénico a las tres de la mañana, tratando de aliviar el insomnio.

- Oye, ayudame a buscar¡¡ - Mary vuelve a despertarme una vez más de mis ya famosas "idas del mundo".

Tras revolver entre mil enchufes y clavijas, no damos con lo que buscamos. Nos hacemos con un cargador USB que si podemos usar para cargar algunas cosas en el coche y para el resto de electrónica habrá que hacer turnos de prioridad. 

Nada más salir damos con un Starbucks. Instantes después me encuentro al volante de mi "Toyota 4runner" degustando un delicioso café, totalmente perdido entre enormes ranchos. Mary trata de dar con la dirección exacta del "Cadillac Ranch". Cuando estamos a punto de tirar la toalla vemos unas diminutas siluetas de un numeroso grupo de moteros.

- Tiene que ser allí. -

Damos la vuelta en el embarrado camino y ponemos rumbo a las Harley Davidson del horizonte. Todos los campos que nos rodean se encuentran totalmente inundados. El sol sigue sin dar señales de vida y mi café es un vaso vacío.




Al fin llegamos a la entrada del Cadillac Ranch, a lo lejos pueden verse diez cadillacs literalmente clavados en el suelo. Está considerado como una de las más célebres obras de arte del siglo XX, los miembros de Ant Farm enterraron parcialmente el morro de diez coches cadillac alineados en un campo de trigo, propiedad de un magnate. Representan la decadencia del estatus social y el declive del sueño americano.

Doscientos metros de barro nos separan de los coches. Los valientes que se aventuran a acercarse a ellos vuelven manchados hasta las orejas. A Mary se le enciende la bombilla y propone que nos atemos unas bolsas en los pies, sin duda mucha mejor opción que caminar descalzos hasta allí, tal y como mi cabeza estaba barajando.

Ya con una bolsa en cada pie caminamos lentamente sobre el barro. La gente observa detenidamente nuestros pies y se ríen con cierto disimulo. Los moteros que vuelven ya de los coches nos gritan que nuestra idea es genial.

Al fin llegamos. De cerca impresionan mucho más que en las fotos. La zona está llena de agua. Con bastante dificultad consigo acercarme a uno de los famosos coches, cojo uno de los mil sprays que hay esparcidos por el suelo y trato de hacer una especie de dibujo sobre unos de los cadillac. Apenas queda tinta en el bote. Es típico llegar hasta aquí y dejar tu rúbrica en la parte del coche que elijas. Los vehículos llevan millones de capas de pintura encima. El sol aparece de repente complicando la foto ya que todo aparece a contraluz. Podría haber estado nublado un ratito más.






Volvemos sobre nuestros pasos. Cuando llegamos al coche numerosos turistas dan zapatazos al suelo intentando quitarse el barro de los pies. Mary y yo nos sentamos sobre el capó de nuestro coche y nos quitamos con cuidado las bolsas ante la atónita mirada del respetable público. Si, la idea de Mary ha sido un éxito, nuestras Vans están impolutas. Uno de los americanos que nos observaba detenidamente, camina hacia los cadillacs con sus respectivas bolsas cubriendo sus zapatos. Hemos creado escuela.

Nos ponemos de nuevo en ruta. El paisaje es verde y huele a "boñiga" de vaca. A cada lado de la carretera un hilera de casitas nos dice adiós. En el salpicadero del coche aparece de repente una advertencia: "Mantenimiento requerido". Mary y yo nos miramos:

- ¿Esto no será grave, no?
- No sé si es grave o no... pero la dirección que llevamos es el desierto de Nuevo Méjico, y no me hace demasiada ilusión cruzar el desierto con una alarma que pide mantenimento ahí parpadeando.

Optamos por no hacerle ni el más mínimo caso a la lucecita amarilla, llegando a la conclusión de que como el coche lleva muy pocos kilómetros, nos advierte de que a partir de ahora hay que hacerle un chequeo. Yo añado a nuestra propia mentira..."mantenimiento que se puede realizar hasta pasados los diez o quince mil kilómetros". Es un parche para no manchar nuestra felicidad, vamos a creernos nuestra propia trola y a seguir recorriendo el interior del País como si nada hubiese pasado.






Llegamos a Adrian, el punto medio de la Ruta. Estamos a 1139 millas de Chicago y de los Ángeles. Una señal indica que nos encontramos justo en el "Midpoint". Justo delante de ella un precioso coche rojo colabora para que la foto sea una auténtica postal.

En la puerta de la cafetería están aparcadas las Harley de nuestros amigos moteros, que reponen fuerzas dentro. Entramos y el sitio está decorado a la perfección. Tras el mostrador nos saluda un tipo con gafas que luce una bonita camisa llena de coches y señales referentes a la ruta.

Nos sentamos en la mesa del fondo mientras el olor del local nos llena la boca de agua. Pedimos un par de postres con sus respectivos cafés. Es un lugar muy bonito con una decoración fabulosa, ambientada, como no, en los casi cuatro mil kilómetros de la 66.




Junto a la cafetería hay una tienda donde puedes adquirir cualquier tipo de souvenir relacionado con la carretera madre. Me hago con una taza idéntica a la que he usado para desayunar aquí.

Al salir del local. el simpático camarero nos desea un gran día desde el otro lado del mostrador. El coche apesta a pizza. No sabemos de donde viene el aroma pero es como si hubiese una pizza horneando en el asiento de atrás. Removemos maletas y bolsas tratando de dar con la causa, hasta que al fin damos con "Tony Peperoni"; una porción de pizza con cara, brazos y piernas que Mary compró ayer en el "Big Texan", y del que no sabíamos que salía un intenso aroma a pizza.




Arranco el coche, marcha atrás y mi gorra sale despedida a toda velocidad de mi cabeza. Le he dado un golpe a algo, si, tenemos una enorme pantalla en el salpicadero del coche que nos muestra lo que la matrícula trasera es capaz de ver, y aun así le hemos dado un golpe a un enorme poste de unos ocho metros de altura. El recorrido que hay desde la puerta del conductor al maletero, esos escasos tres metros, se me hacen eternos, cuando llego a la parte de atrás me cuesta mirar, no quiero hacerlo. El momento que transcurre desde que te das un golpe con el coche hasta que compruebas visualmente los daños es uno de los momentos más horribles que alguien puede experimentar. Pero aquí estoy, frente al portón trasero del coche sin atreverme a levantar la vista y confirmar que el golpe ha sido tan fuerte como ha parecido. Mary me clava la mirada en silencio a través del espejo retrovisor con una expresión que reclama respuestas. Al fin me armo de valor y levanto la cabeza, y ahí está, un bollo de puta madre en el parachoques trasero. Froto con la mano pero no, no disminuye, ni se disimula, ni nada de nada.... le digo a Mary que baje del coche para que sus ojos confirmen el destrozo.

- La que has liado, hijo mío¡¡

Subimos al coche de nuevo. Ahora tenemos dos problemas, una señal en el salpicadero que pide mantenimiento y un bollo en la parte trasera del coche. Durante casi una hora Mary y yo no hablamos. Nos limitamos a dejar que la música suene mientras en nuestras cabeza da vueltas el enorme poste, el bollo y la señal de advertencia, con la mirada puesta en el horizonte. No sé como afrontar esto.

Entramos en el Estado de Nuevo México. Nos topamos con los moteles y los murales de la población de Tucumcari. Hoy es el día de la bandera y es fiesta Nacional, quizás por eso nos encontramos la mayoría de los establecimientos cerrados.





Mi cabeza sigue en el poste y en el bollo. No consigo respuestas, no sé como gestionar esto. Necesito una buena hamburguesa, un abrazo de colesterol del bueno que me aclare las ideas. Necesito encender la bombilla a base de ketchup, mostaza y patatas.

En Santa Rosa paramos en un restaurante mexicano. Mary pide una quesadilla, yo mi hamburguesa. Buscamos información en internet para ver como se gestionan este tipo de situaciones en Estados Unidos. No es buena idea, nos encontramos con opiniones de todo tipo; desde gente que ha tenido que pagar una derrama de más de dos mil dólares por el cambio de un parachoques, a conductores que han tenido que buscarse un abogado porque aquí en U.S.A, todo se soluciona con un abogado ya que las demandas están a la orden del día. Meternos en la red a ver casos similares ha sido como diagnosticarse a través de internet, un auténtico desastre. Optamos por ir directos a las oficinas de National en Albuquerque y explicar lo que ha ocurrido, bueno, la parte del golpe al poste la vamos a cambiar por un "nos han dado un golpe en el parking y no nos han dejado nota", a ver que pasa.

Antes de arrancar de nuevo, miramos a fondo cada uno de los papeles que nos dieron en la agencia de alquiler, pagamos un Plus antes de recibir el coche mejorando nuestro seguro inicial, pero no sabemos realmente lo que cubre. Enciendo el contacto del coche y vamos rumbo a Albuquerque en busca de respuestas. Pillamos la carretera general para ganar tiempo.

Mi "Miguelada" ha tardado en aparecer, pero ha aparecido a lo grande, yo cuando me pongo, me pongo¡¡




Una hora y una fugaz siesta después, llegamos al aeropuerto, donde se encuentran las oficinas de National. Un avión nos da la bienvenida planeando a pocos metros del asfalto, jamás había visto a uno de esos gigantescos monstruos volar tan tan bajo, ha sido lo más parecido que he estado nunca de los efectos especiales de una película.

Tras dar un par de interminables vueltas por el perímetro de la terminal, al fin damos con la oficina. Una sonriente chica morena se interesa por nuestro vehículo. La sonrisa se le borra del rostro en cuanto ve el bollo de nuestro coche. "Tengo que avisar a un superior, un momento por favor". A los cinco minutos vuelve con un tipo medio negro medio pelirrojo, algo muy raro. Pero lleva un Walkie talkie, luce corbata y no para de dar instrucciones, sin duda alguna este es el tipo que corta el bacalao aquí dentro. Examina la matrícula y se asoma al salpicadero a ver la señal de advertencia que parpadea desde hace más de cuatrocientos kilómetros. Se acerca a nosotros y con una sonrisa brillante nos dice: "No se preocupen por nada, mi compañero les enseñará otro vehículo y se lo cambiamos de inmediato". El empleado de National nos hace un tour por los diferentes vehículos del parking que tiene disponibles e incluso nos ofrece algo de gama superior. Finalmente cogemos el mismo vehículo que hemos llevado hasta ahora pero esta vez de color gris y con la matrícula californiana. Problema resuelto.

Salimos de allí sin saber realmente si el seguro cubría nuestro golpe, ya que no nos han pedido ningún tipo de explicación, o han tratado de compensar la avería del salpicadero con el golpe. En cualquier caso, tenemos coche nuevo y estamos en territorio Heisenberg, en la ciudad donde se rueda de forma íntegra una de nuestras series favoritas; Breaking Bad¡¡

Nos vamos directos al Motel. El tema del coche nos ha desgastado bastante y hemos hecho una buena "kilometrada" con los nervios a flor de piel. Aún así, tratamos de sacudirnos el cansancio visitando uno de los escenarios por excelencia de la mítica "Breaking Bad", el local de Gus Frinch, el famoso "Pollos Hermanos", que en realidad es una cadena de comida mexicana llamada Twisters. El interior del restaurante es idéntico al que aparece en la serie. No me creo que esté aquí. Somos muy frikis de las series y uno no tiene el placer de visitar el escenario real de una serie como esta todos los días. Traemos anotadas muchas de las localizaciones de la serie, pero eso ya entra en el plan de mañana.





Antes de pasar por el Motel, entramos a un Walmart por algo de cenar. El cielo está espectacular y nos promete un atardecer legendario. Decidimos salir a la avenida para observar como el sol pinta el cielo de rosa y se esconde poco a poco tras el horizonte. A veces es suficiente con perder solo un poco de tiempo en observar lo que la vida nos ofrece de forma totalmente gratuita, llámalo atardecer, llámalo escuchar la sonrisa de un niño, llámalo ver el brillo en los ojos de Mary, llámalo como quieras, pero aprende a encontrarlo, es uno de los secretos de mi humilde felicidad.

Cenamos un par de ensaladas de pollo sentados sobre la cama y vuelco los vídeos en el portátil. El cielo es ya totalmente negro ahí fuera. Mi cuerpo asimila el incidente del coche pasando a un estado total de relajación que me deja totalmente derrotado. Mis ojos se cierran con la mente puesta en la caravana de Walter White y Jesse Pinkman.










domingo, 13 de septiembre de 2015

RUTA 66. DÍA 8: OKLAHOMA CITY - AMARILLO (TEXAS).

Son las seis de la mañana. Vuelvo a despertarme sin la ayuda del despertador. Me arrastro hasta la ducha y me peleo un rato con el grifo hasta que el agua caliente decide salir. Cuando regreso a la habitación, Mary discute con la señal de Wifi del Hotel todavía con un ojo medio cerrado. Abro la puerta y la lluvia continúa ahí, donde la dejamos ayer. Más fina, menos agresiva, pero ahí sigue.

Bajamos a desayunar. Un par de waffles y café. En la tele el hombre del tiempo nos recuerda que todavía no nos hemos salvado del riesgo de tornados. Mary aprovecha la señal más intensa del wifi para hacer un llamada a la familia a través de FaceTime. Yo remuevo mi café sin apartar la mirada de las nubes y las señales de advertencia que aparecen en el mapa de Norteamérica que muestra la televisión.

Al hacer el "check out" en el Motel tenemos un pequeño problema ya que nos quieren cobrar dos veces, por lo visto la empleada de la recepción no da con el pago que hicimos a través de internet antes de venir. Es en este tipo de situaciones es cuando notas que la fluidez del idioma es muy muy importante cuando viajas fuera de tu País. No tienes la soltura habitual para expresarte y tienes que buscar la palabra adecuada en nuestra desordenada cabeza. Finalmente, se aclara la situación cuando aparece el Manager del Motel. Todo ha sido un malentendido. 

Aclarado el contratiempo nos dirigimos a un Starbucks a pillar un par de cafés, se trata de uno de esos locales donde haces tu pedido desde el coche, sin necesidad de bajarte. 

Las entrañas de Estados Unidos están diseñadas para que puedas hacer todo desde el coche: pedido en el restaurante, en la cafetería e incluso puedes ir al servicio postal americano y pagar un recibo sin soltar el volante. Está hecha para el vehículo, el precio de la gasolina es muy inferior al que tenemos en España y las distancias entre las casas son bastante grandes según la zona en la que estés.




Saboreo mi Chai Tea Latte mientras el verde paisaje corre a toda velocidad hacia nosotros. Las últimas gotas de lluvia resbalan por la ventanilla y en el cielo hay una batalla campal entres las nubes grises y los rayos del sol, finalmente gana la partida un inmenso arco iris que aparece de la nada. Las mejores cosas de la vida son gratis, a veces no hay más que mirar al cielo.

En Clinton paramos en el "Route 66 Museum", donde nos hacemos con unos cuantos souvenirs. Podemos visitarlo sin aglomeraciones ya que está completamente vacío.





Cuando volvemos al coche nos damos cuenta de que el asiento de atrás está empapado, nuestra nevera de corcho pierde agua. La vaciamos y con un gran dolor en el corazón, nos despedimos de ella. Me encantaba esa nevera.

Continuamos el trayecto y la lluvia ya es solo un recuerdo, el arcoiris también. Apenas hay tráfico. La 66 es nuestra. Sigo escondido bajo mi sudadera ya que la temperatura ha bajado unos cuantos grados. Mary comenta que está a punto de poner la calefacción en el coche.

Tras pasar Elk City y fotografiar el enorme logotipo de la Ruta que hemos visto junto a la carretera, damos con una curiosa tienda que emerge de la nada, y en la que únicamente venden los típicos molinos de viento que se ven en los ranchos de las películas.

En Sayre saludamos a "Spirit of the West"; un búfalo vestido de militar. El pueblo consta de una amplia avenida con establecimientos a un lado y otro de la carretera. Es la versión actual de lo que podría ser un antiguo poblado del viejo Oeste americano. El polvo está asfaltado, el salón es una tienda de ropa, la comisaría del Shérif una peluquería... pero la esencia es la misma. Un lugar solitario a desmano de cualquier sitio, en el que no hace mucho tiempo Mary y yo seríamos los forasteros que llegan a la ciudad.

- Venga, sube al coche¡¡¡ - Mary corta en seco la película que se acaba de montar mi imaginación.




Casi en la frontera con Texas, llegamos a Erick. Allí vamos directos al "City Meat Market", un curioso lugar en el que puede ocurrir de todo. No sé muy bien como catalogarlo... lo dejaremos como "La casa de Harley y Annabelle". Se encuentra en el edificio más antiguo de Erick y allí puedes encontrar cualquier tipo de detalle de la 66, desde señales de tráfico de hace treinta años a destartaladas guitarras con mil historias tras sus cuerdas.

Esta pareja ha recibido viajeros de la ruta durante más de treinta años, ofreciendo hospitalidad y anécdotas. Harley no vende nada de lo que tiene en casa. Los viajeros que entran allí suelen dejar una propina tras escucharle o ver uno de sus Shows.

Al llegar nos encontramos a Harley fotografiándose con diversos viajeros. Melena y barba largas y descuidadas, sonrisa con algún diente de menos, vestido únicamente con un peto con los colores de la bandera americana a medio abrochar, los pies descalzos... si, es tal y como lo describían en todos los blogs que hemos leído.








Nos recibe con una sonrisa y una pose para la correspondiente foto. Nos invita a pasar y observamos el caos que tiene allí montado. Me llama la atención una oxidada señal de la Ruta 66 perforada con una docena de disparos. Sobre una sucia alfombra descansan un par de guitarras acústicas. Harley habla solo caminando rápido de un sitio para otro. Se le nota que lleva recibiendo gente más de treinta años, tiene tablas ante la cámara.

Tras nosotros entra una pareja de unos cincuenta años procedentes de Nueva York. Harley nos invita a que nos sentemos en unas destartaladas sillas de madera, se ajusta la correa de una guitarra a la que le falta una cuerda y se arranca con "Get your kicks on Route 66"del legendario Bobby Troup. El tipo nos ofrece un autentico show de cinco minutos en los que no deja de corretear sobre si mismo. Cuando termina nos invita a que visitemos su casa, a escasos metros del City Meat Market. Él se queda allí recibiendo a más viajeros.

Nos acercamos al jardín, lleno de más trastos y unos cuantos coches a medio montar. No entramos dentro, nos parece mal. La casa de Harley es una locura.








Me monto en el coche con una sensación diferente a la que vine. La vida de Harley es una leyenda de la 66, una vida acompañado de su mujer Annabelle, que desgraciadamente falleció hace unos meses. Aunque sabe esconderse tras esa pinta de lunático, no puede ocultar el brillo de sus ojos o su mirada cansada, tampoco la tristeza que percibo de él. Tiene que ser muy duro levantarte un día de la cama solo, sin ella, tras tantos años juntos y tener que armarte únicamente con una sonrisa para recibir a más viajeros, para hacer todo lo que hacías con ella, pero solo. Vine en busca de diversión, y si, me he divertido, Harley es todo un showman, pero me ha pellizcado el alma ver más allá de ese peto, de esa sonrisa vacía y de esos pies descalzos. Supongo que de su casa me llevo algo que no todo el mundo puede percibir.

Nos ponemos en Ruta y un enorme rancho de vacas nos despide de Oklahoma. Llegamos a Texas. El paisaje sigue siendo de un color verde muy muy vivo. En el cielo se aproxima el fin del mundo. Un ejercito de nubes negras trata por todos los medios de adelantar la noche. Huele a humedad y cuando rompa a llover, va a hacerlo con furia.

Paramos un par de veces a fotografiar y grabar unas cuantas vacas. En Texas se come mucha y muy buena carne y eso implica ver enormes ranchos con cientos de vacas pastando a sus anchas. El look del "texano" es tal y como se ve en el cine. Vaqueros, camisa y sombrero de cowboy. Tal cual.

En Shamrock paramos en un viejo restaurante donde nos sirven una de las mejores hamburguesas del viaje. El sitio es un antro bastante oscuro. Al fondo hay una enorme barra que podría ser el "salón" de cualquier peli del oeste. Cuando estamos a punto de pagar, aparecen cuatro jóvenes que van directos a la barra. Los cuatro lucen sombrero y botas de montar. De repente retrocedemos ciento treinta años, estamos en el salvaje oeste, en el salón del pueblo viendo como un grupo de cowboys se toman unos chupitos de whisky sentados en la barra. Solo falta que entre por la puerta Billy el niño soltando disparos a diestro y siniestro. Me termino la cerveza de trago, totalmente influenciado por el espíritu vaquero.

La vieja 66 continua paralela a la I 40, el tren nos hace compañía durante algunos kilómetros y la vista es totalmente abierta. Ni una casa, ni un edificio, nada que interrumpa la visión del horizonte allá donde mires. Llanura, vacas y los tímidos rayos del sol que comienzan a abrirse hueco entre las nubes. Sobre ellas se descubre un cielo azul muy muy clarito.

Llegamos a una enorme cruz que está llena de turistas. A su alrededor hay diversas figuras de Jesucristo, los romanos y demás reparto Bíblico. No controlo muy bien la historia de la Biblia ya que mi educación no es que haya sido muy católica, pero están muy bien hechas y aunque no me vaya el tema de la religión salgo de allí bastante sorprendido.




La siguiente parada la hacemos ya en el Motel, en la ciudad de Amarillo. Tras realizar el "Check in" y dejar las maletas en la habitación, nos acercamos al Walgreens más cercano a por un rollo de celo para arreglar la pata del trípode, que cojea desde que se nos cayó la cámara y por una libreta nueva para mí, ya que en la anterior no quedan ya hojas en las que seguir contando lo que hoy podéis leer.

Y al fin llegó el momento, el gran día. Hoy cenamos en uno de los restaurantes a los que más ganas le teníamos. Uno de los locales más famosos no solo de la 66 , si no de todo U.S.A; el "Big Texan Steak Ranch".

La cantidad de coches y el tránsito de gente que hay justo en la entrada, nos da pistas sobre lo que podemos encontrarnos dentro. Una enorme vaca nos da la bienvenida vigilando expectante desde la fachada. Nada más entrar retrocedemos un siglo, mucho sombrero, mucha bota de montar, mucha cerveza y mucha música country. Un par de chicas nos reciben nada más atravesar la puerta, nos informan de como funciona el Restaurante. Tenemos más o menos unos cuarenta minutos de espera hasta que podamos entrar, así que nos dan un aparatito pequeño con una luz y un minúsculo altavoz que se pondrá a berrear y a parpadear cuando sea nuestra turno. Mientras tanto podemos dar una vuelta por las tiendas que hay en el interior del local. Es como una especie de busca.








Aquí hay más gente que en la guerra. Vemos en una vitrina el menú del gran reto del Big Texan, consiste en un enorme filete de mas de dos kilos, con su ensalada y su guarnición. Si eres capaz de comértelo todo en menos de una hora, pasas a formar parte del salón de la fama del local y la cena no te cuesta ni un dolar. Si fallas, te sale el menú por 70 dólares.

El gran reto nació un día en el que un hambriento cowboy, entró gritando que tenía tanta hambre que sería capaz de comerse una vaca entere pasada por el grill. Rob Lee, que regentaba el local, le sirvió un filete de casi medio kilo de ternera. El vaquero lo engulló en escasos minutos diciendo que seguía teniendo hambre. No se sintió satisfecho hasta que acabó con dos kilos de carne de vaca. Desde entonces, Bob Lee anunció que quien fuera capaz de comer lo que comió ese cowboy aquel día en su local en menos de una hora, no tendría que pagar nada. El filete de dos kilos se convirtió pronto en una atracción y hoy en día se ha convertido en una de las grandes atracciones turísticas de la 66.

Al fin comienza a sonar nuestro busca. Vamos corriendo a la fila. Justo delante nuestro una joven pareja de italianos esperan su turno acompañados de tres niños pequeños. Charlamos un rato con un americano de origen mexicano que nos cuenta que se quiere mudar de Oklahoma debido al clima, que le gustaría hacer vida algún día en España.

Entramos al enorme salón y una simpática camarera de rasgos orientales nos guía hasta nuestra mesa. Dudamos entre hacer o no el reto, finalmente decidimos comernos un menú normal. Yo elijo uno especial que hace honor al programa "Crónicas carnívoras". Parece que hay un valiente que si va a tratar de comerse los dos kilos de carne. Se trata de un tipo enorme. Un rudo camionero con bigote, gorra y cien kilos en cada brazo. El hombre se sienta en una mesa elevada bajo un luminoso cartel que muestra la cuenta atrás. Uno de los encargados de la sala le da la bienvenida, le sirve la comida y grita: "Qué comience el reto¡¡¡¡". La cuenta atrás se pone en marcha. El camionero se convierte en la atracción del local, ahora mismo tiene una veintena de cámaras a su alrededor y más de dos kilos de carne bajo su bigote.




La simpática camarera nos sirve nuestra cena. Un grupo de músicos va de mesa en mesa amenizando la velada con temas country. No cabe un alfiler en el inmenso salón. De vez en cuando alguien se levanta de su asiento de repente y grita palabras de ánimo para el tipo del reto, la gente responde con aplausos. Estados Unidos es un espectáculo continuo. A los americanos les va mucho este tipo de shows y eso es algo que me encanta.




Apenas podemos terminar nuestros respectivos chuletones. En la tarima, nuestro amigo el camionero se da por vencido, ha sido derrotado por ese filete gigante. Pagamos y nos levantamos de la mesa como podemos. Al salir del local está cayendo una enorme tromba de agua. Tenemos cincuenta metros de distancia hasta el coche. Mary y yo nos miramos. Ahora¡¡, salimos de allí corriendo como balas, durante la carrera piso tres o cuatro charcos y cuando llego al coche estoy completamente empapado.

Ya en la habitación me seco y me tumbo sobre la cama. Me toco la barriga, ha crecido más de dos kilos en la última hora. Al otro lado de la ventana la lluvia golpea el cristal. Mañana llegaremos al punto intermedio de una Ruta que no quiero que acabe jamás.

Mike.





jueves, 10 de septiembre de 2015

RUTA 66. DÍA 7: SPRINGFIELD (MISSOURI) - OKLAHOMA CITY.

Hoy si que tenemos el desayuno incluido en el Motel. Bajamos a una salita que hay justo al lado de la recepción y nos servimos unos Waffles con Sirope y un par de tazones con cereales. Un numeroso grupo de japoneses invaden la salita ante la atónita mirada de un camionero americano que observa la escena tras una enorme taza de café. En la televisión la chica del tiempo muestra un mapa lleno de nubes y lluvia y muestra unas imágenes de la zona de Kansas y Oklahoma donde han avistado tornados y se han producido inundaciones.




Cargamos el equipaje en el coche, llenamos la nevera de hielo y nos ponemos en Ruta.

La primera parada la hacemos en Paris Springs, en Gay Parita, una gasolinera que lleva en pie desde los años treinta y que estaba regentada por el recientemente fallecido Gary Turner, sin duda uno de los tipos más queridos, carismáticos y entrañables de toda la Ruta. Un tipo que nos dejó hace un par de meses y del que todo el mundo hablaba maravillas en cada guía y libro que hemos leído sobre el viaje. El gran ausente de nuestra aventura americana. Una pena no haber llegado a tiempo para saludarle y charlar un rato con él. Es muy famosa la frase que decía Gary: "Viajeros de todo el mundo dicen que el sueño de su vida ha sido recorrer la Ruta 66, el mío es conocer a toda esa gente".

La gasolinera está impecable, como si alguien hubiese estado cuidando de ella durante la ausencia de Gary. Sobre la valla hay infinidad de regalos y menciones que los viajeros han ido dejando a su paso por Gay Parita: camisetas, fotos, gorras, matrículas, banderas... todo ello acompañado de cariñosas palabras a la figura del bueno de Gary, donde la gente terminaba su dedicatoria con la frase que él siempre ponía cuando te escribía: "Friends for life".




Nada más pasar Carthage, paramos en un auto cine como el de las películas. El cielo se está oscureciendo de forma alarmante. Venimos desde Springfield donde el cielo es azul clarito y nos dirigimos a Oklahoma donde el panorama es muy parecido al que tenía Frodo cuando iba camino de Mordor. La paranoia de Mary con los Tornados vuelve a activarse y comienza a sonar en su cabeza la señal de alarma. Nos acercamos al punto conflictivo del viaje, todos los pronósticos meteorológicos que hemos consultado se han puesto de acuerdo y el diagnóstico es claro, hay Tornados y riesgo de fuertes lluvias. Mary solo tiene una palabra ahora en mismo en su cabeza: Cumulonimbos.




Tan solo una decena de kilómetros después, estalla la gran tormenta. Solo vemos lluvia alrededor. Los parabrisas en su máxima velocidad no son capaces de retirar todo el agua de la luna delantera. No se ve la carretera, está escondida tras una cascada que nos tapa los ojos. Tenemos que parar cuanto antes si no queremos darnos un susto. Los coches provocan auténticas olas con sus ruedas cuando rozan los bordillos. Los desagües de las fachadas escupen agua como si fueran mangueras. Tras diez eternos minutos circulando con las luces de emergencia en medio de una monumental tormenta y rodeados de agua por todas partes, al fin vemos un cobijo. Se trata de la cadena de comida rápida "Sonic".

Nos ponemos debajo del tejadillo del parking y ya que estamos le echamos un ojo al menú. No es todavía la hora de comer, pero pulsamos el botoncito del enorme cartel y una dulce voz nos pregunta desde no sé muy bien donde, que qué va a ser. Pedimos un par de refrescos, una ración de queso rebozado y un par de cajitas de tiras de pollo frito. Metemos nuestra tarjeta de crédito en la pantalla y en menos de cinco minutos, aparece en nuestra ventanilla del coche una simpatiquísima camarera con nuestra bolsa de comida. Vuelve corriendo al edificio. El Sonic y su servicio ultra rápido y a domicilio nos deja alucinados.

La lluvia amaina, nos ponemos de nuevo en Ruta. Llevamos pollo frito, queso rebozado, Pink Lemonade y ha parado de llover. La vida vuelve a ser maravillosa.




Dejamos atrás Missouri y llegamos a Kansas, tercer Estado del viaje. Unicamente estaremos aquí durante las escasas 13 millas que la 66 recorre por este Estado. Trece millas de truenos y relámpagos mientras la vieja carretera se abre paso entre un verde paisaje.

Llegamos a Oklahoma. Cuarto Estado del viaje y tercero de la jornada de hoy. Aquí comienza realmente la parte conflictiva del viaje. Estamos en alerta de Tornados y de fuertes tormentas, así que tendremos que estar atentos a las formas de las nubes, a la velocidad del viento y a la lluvia.






Oklahoma siempre ha sido un lugar conflictivo en cada documental que hemos visto mientras recopilábamos información para realizar la Ruta. Vimos varios programas: Callejeros viajeros, alguno del canal viajar, de Internet.... y todos tenían algo en común; en Oklahoma las inclemencias meteorológicas eran extremas, si no te pillaba un tornado te pillaba una monumental tormenta.

De momento no hay ni rastro de cumulonimbus y parece que el sol ha decidido salir de entre toda esa marabunta de nubes grises, es nuestro día de suerte.

Paramos a comer en Miami, concretamente en "Waylan´s Ku Ku Burger". El local está lleno. Hacemos cola en la fila. Justo delante de nosotros un motero de unos setenta años hace su pedido. Lleva un pañuelo que le cubre las orejas y se apoya sobre un bastón cuya empuñadura es una cabeza de serpiente, en la espalda el símbolo de su club de moteros bordado en el chaleco.Un tipo de película.




Pedimos un par de hamburguesas y nos sentamos en una mesa que hemos visto libre al fondo. Dos chicas muy jovencitas cuchichean entre ellas sin  quitarnos el ojo de encima. La Señora de la mesa de enfrente se levanta y se acerca a nuestra mesa a regalarle a Mary un cadillac hecho de cartón. La camarera además nos da un par de llaveros de recuerdo.

Tras devorar nuestras cheese burgers, abandonamos el restaurante rumbo al famoso tramo de los nueve pies.





Lo encontramos a una pocas millas de Miami. Un tramo de carretera de nueve pies de ancho donde no se escucha un alma salvo el susurro del viento. El calor nos coge del cuello y comienza a apretar. Aprovechando la gran tranquilidad del lugar y el nulo tránsito de vehículos aprovechamos para colocar el trípode y hacernos unas fotos los dos juntos. Una ráfaga de viento arroja nuestro trípode y la cámara se estrella contra el suelo, el objetivo sale disparado hecho añicos. A la mierda la cámara¡¡
A partir de ahora solo podremos usar el objetivo de 35 mm que no tiene zoom. Un objetivo en el que para fotografiar algo tienes que alejarte un par de millas si quieres sacar todo lo que tu ojo ve en la foto. Me siento en el asfalto y respiro muy hondo tres o cuatro veces tratando que mi cabreo se largue de mí lo antes posible, ya no hay remedio. Tres buitres vuelan en círculos cada vez más bajo. Echo a mi mosqueo de nuestro viaje y nos subimos rápidamente al coche, no quiero ser devorado por tres buitres hambrientos, ya lo que faltaba¡¡





Con un objetivo menos y con más de noventa grados en el termómetro del coche seguimos "on road". El cielo está totalmente despejado con nubes completamente blancas. Preciosas casas quedan atrás en el camino. Me llama la atención una que tiene junto al porche un barco, dos camionetas y un par de burros que comen alfalfa ajenos a nuestras miradas.  En lo alto de la casa ondea la bandera de los Estados Unidos de América.

La vía del tren continua paralela a nuestra Ruta. Es increíble la cantidad de contenedores que son capaces de transportar.

A la altura de Catoosa, vemos la famosa ballena que en tantas guías hemos visto. Un antiguo "Parque acuático" venido a menos donde hace unas décadas incluso podías bañarte en el estanque. Hoy, la enorme ballena sigue en pie pero en el lago ya no se baña nadie. La han dejado ahí como reclamo turístico.






El Tomtom y la aplicación del móvil comienzan a discutir, cada uno muestra una dirección diferente y al final acabamos perdidos y dando un rodeo en Tulsa, ciudad que nos suena por ser donde mandan al personaje de Chandler a trabajar, en la mítica "Friends".

Paramos en un par de letreros a echar unas fotos y en la fachada de uno de los puntos míticos de la Ruta; "Tally´s cafe". Hace un calor abrasador.

Para el tramo que nos queda hasta nuestro destino, tomamos la carretera general. El cansancio hace mella en nosotros y queda una hora escasa hasta Oklahoma City. No puedo creer que tras tanta amenaza meteorológica lleguemos al punto negro sin más incidencia que la monumental tormenta de esta mañana. La suerte ha vuelto a sonreírnos.




Ochenta millas después llegamos al Motel. Esta vez no nos da tiempo a darnos el ya típico baño en la piscina, además, el tiempo ha cambiado por completo y el horrible calor de hace una hora le ha dado el relevo a un viento frío que huele a humedad.

Salimos a cenar a un Restaurante mexicano que hay cerca. Un tugurio con una decoración bastante cutre que está a medio llenar. Se escucha mucho acento latino. Pedimos unas fajitas y un burrito. Un par de coronitas después llega la comida. Podríamos alimentar a medio Oklahoma con la cantidad de comida que hay en nuestros platos. Apenas caben en la mesa. Delicioso. Soy un fanático de la comida mexicana a pesar de que me siente fatal. El garito en sí no es nada del otro mundo, pero su comida es fabulosa. Si pasas por Oklahoma City, ve a comer al "San Marcos", vas a ponerte morado.




Volvemos a nuestra habitación subiendo los peldaños a la primera planta como podemos, yo creo que peso cuatro kilos más que antes de ir a cenar. Cuando estoy volcando las fotos y los videos en el portátil comienzan a escucharse unos ruidos al  otro lado de la puerta. Cuando la abro, está cayendo la tormenta del siglo. Apenas puedo ver la fachada de enfrente de nuestra habitación. El agua cae violentamente sobre la piscina. Creo que nunca había visto llover así. Me quedo un buen rato observando la lluvia sin pensar en nada más. Mary me abraza por detrás y me susurra que tiene miedo . La piscina está en plena ebullición debido al impacto de las gotas en la superficie del agua. Parece la  espectacular escena de los Gremlins, donde comienzan a multiplicarse en la piscina. Aunque pueda parecer lo contrario, ver esta tormenta desde el rellano del motel está siendo algo mágico. Una extraña sensación de paz recorre mi cuerpo, las manos de Mary rodean mi cintura. Hay más huéspedes observando el espectáculo.

Ya en la cama, caemos rendidos con la banda sonora de la lluvia. Esperemos que mañana cuando abramos esa cortina nos encontremos a los rayos del sol al otro lado del ventanal.

Mike.