domingo, 30 de agosto de 2015

RUTA 66. DÍA 4: CHICAGO - SPRINGFIELD (ILLINOIS).

Esta vez, al fin me despierta el despertador. Mi cuerpo se ha aclimatado al horario americano venciendo al Jet Lag. Este viaje ha costado más de lo normal ya que nos dejamos en casa las pastillas para dormir. Compramos unas hace un par de días en un Walgreens de Chicago, pero no han dado el resultado esperado, así que hemos tenido que acostumbrarnos de forma natural al cambio de horario.

Terminamos de recoger la habitación, damos un último vistazo a la que ha sido nuestra casa los últimos tres días. Voy a echar de menos asomarme al enorme ventanal y hablarles de tú a tú a los inmensos rascacielos. Le decimos adiós a la chica negra de la recepción, salgo del Hotel habiéndole entendido dos palabras justas. Tengo un inglés muy selectivo que entiende básicamente lo que le sale de las narices. Puedo tener una conversación de diez minutos con la simpática abuelita que atiende el mostrador del Súper de la esquina y sin embargo, no entender una sola palabra de lo que me dice la chica de la recepción. Supongo que a los americanos que no controlen bien nuestro idioma les pasará algo parecido cuando vienen a España.




Hay un taxi justo en la puerta. Cargamos las cuatro maletas y le damos al chófer la dirección de las oficinas de National. No hemos desayunado y mi estómago me pide "madera". La pantalla del taxi está dando la previsión del tiempo; muchas nubes, mucha lluvia y la alerta por tornados e inundaciones sigue de color rojo. Trato de que Mary no preste mucha atención a la previsión metereológica ya que desde que salimos de España está bastante preocupada con el tema de los tornados.




Ya en las oficinas de National, el tipo del mostrador da un sorbo a su enorme taza de café y nos ofrece ampliar el seguro. Diez dólares al día, aparte de lo que ya hemos pagado, por tener una cobertura total en caso de que nos ocurriera algo.

- ¿Qué hacemos? ¿Pagamos la cobertura total o no?
- Hombre... teniendo en cuenta que hay riesgo de tornados, prefiero sentirme algo más seguro saliendo totalmente cubierto de aquí, Mary.
- Si, si... aceptamos¡¡

Esta decisión ha sido clave en el viaje, por motivos que veréis más adelante. Si algún día viajas a U.S.A, no escatiméis en el gasto del seguro. Aquí las cosas no funcionan igual que en España, y por una cantidad asumible (cuando hablamos de un viaje de esta envergadura) te cubres completamente o al menos vas más cubierto que en esos seguros baratos que circulan por ahí. Contratar este suplemento ha sido una de las decisiones más acertadas de nuestra vida.

Los operarios nos dan nuestros papeles y bajamos a la zona de garajes a elegir nuestro coche. En la oficina del garaje le damos los papeles con nuestra reserva a otro empleado. Un tipo joven, alto, fuerte, con la mirada azul transparente y un tono de voz que impone bastante. La autoridad se le cae al muchacho cuando veo que tiene la bragueta completamente bajada. Nos pregunta qué tipo de coche queremos.

- Queremos un coche grande.
- Ok.

Nos da un número de plaza y nos pide que vayamos a ver si el coche que está al fondo del garaje es de nuestro agrado. Cuando voy in situ a ver el vehículo, me encuentro una camioneta Chrysler gigante, muy alta y muy muy larga. Es un coche enorme. Recordad, nunca pidáis algo grande en U.S.A, sea lo que sea lo que busquéis, siempre será demasiado grande.

- Si, si... es muy grande. Demasiado grande. Quiero algo un poco más pequeño.

El tipo nos ofrece el vehículo blanco que está dos plazas a la izquierda. Sigue siendo un coche enorme pero finalmente nos lo quedamos. Se trata de un "Toyota 4runner", que comparado con nuestro pequeño Opel Corsa es un autobús.

Mary y yo nos miramos para ver quien de los dos es el majo que se atreve a poner eso en marcha. Hay que tener en cuenta que además del tamaño está el tema del cambio automático. La mayoría de los coches en Estados Unidos son con cambio de marchas automático y tenemos que sacar a esa bestia del garaje sin apenas tiempo ni espacio para "domarlo". Tenemos un pasillo de cuatro metros para poner a rodar a esa máquina.

- Yo me encargo, Mary.
- ¿Tú estás seguro?
- No, pero tenemos que sacar este cacharro de aquí.

Me subo al coche y enciendo el contacto despacito, como si estuviese desactivando una bomba. Pruebo la posición de las marchas: adelante, punto muerto y atrás. No hay más. El coche sale poco a poco de la plaza, el inconsciente de mi pie izquierdo se va al embrague, que ahora es el freno, el coche se para en seco y nuestras cabezas terminan a escasos centímetros del parabrisas frontal.

- ¿Pero estás seguro de que vas a saber poner esto en marcha?
- Que sí, joder.

El coche da dos o tres frenazos más antes de llegar a la barrera elevadiza. El tipo de la cremallera bajada viene con cara de susto a mi ventanilla.

- ¿Algún problema con el coche?
- No, no, ninguno. Ya puede subir la barrera, por favor.
- ¿Seguro?
- Si, si, todo bajo control, amigo.

El tío sube la barrera con un rostro muy pálido y la mirada algo desencajada. La barrera se eleva, doy otro frenazo antes de comenzar la estrechísima cuesta en la que únicamente cabe un vehículo y que es de doble sentido. Saco la mano por la ventanilla y le digo adiós al operario, el tipo permanece inmóvil con la boca abierta y me devuelve el saludo sin pestañear.

- Oye, ¿y si ahora baja un coche que hacemos?
- No lo sé Mary, cruza los dedos para que no venga nadie y tengamos que maniobrar hacia atrás.
- Me has dejado mucho más tranquila.
- Está todo controlado.

Finalmente recorremos sin mayor incidencia los escasos cuarenta metros de la estrecha cuesta. Ya estamos en el exterior. Nuestro Toyota 4runner es un coche más entre los miles de coches que recorren las calles de Chicago. Ahora solo falta coger experiencia al volante y recordar las normas de circulación americanas. El Tomtom no encuentra la señal. Paramos en una avenida en doble fila. Siempre nos llevamos nuestro GPS cuando hacemos un viaje con coche, es el que tenemos controlado y aunque alquilemos vehículo con navegador es de "Antonio" de quien nos fiamos. Somos fieles a sus indicaciones y a sus rodeos. Tengo una relación amor - odio bastante curiosa con nuestro GPS, más de una vez he estado a punto de arrojarlo por la ventanilla, pero al final su cálida voz robotizada se sale con la suya y termina conmoviéndome.




El momento de arrancar por primera vez el GPS es siempre de bastante tensión, ya que tiene que reconocer los nuevos mapas y suele costarle mucho. Van casi cuarenta minutos parados en esa avenida, sin desayunar , con cientos de coches rozando nuestro espejo a gran velocidad y el maldito trasto no se pone en marcha. Desde que hemos salido del garaje hasta que hemos parado en la avenida, han pasado diez minutos en los que hemos deambulado por las calles de Chicago sin rumbo fijo. Si el armatoste este no se pone en marcha, no sé como coño vamos a encontrar de nuevo las oficinas de National. No tenemos GPS, no tenemos datos en el móvil, no sabemos donde estamos parados y ya tendríamos que llevar media hora de Ruta. Cuando estamos a punto de arrojar la toalla y buscar un lugar con Wifi para averiguar donde está la oficina de la empresa de alquiler de coches, la voz de "Antonio" aparece de la nada, suena débil y entrecortada, como si despertase de un coma. En el coche se monta la gran fiesta, Mary y yo nos marcamos uno de nuestros bailes y le doy un beso al GPS en los morros. Ya estamos todos, comienza la Ruta¡¡

Me voy sintiendo más cómodo al volante, ya controlo las distancias del vehículo en los carriles. En el retrovisor veo por última vez el tren elevado de Chicago. En mi tripa hay un auténtico festival de ruidos. Todavía no hemos desayunado. Cuando salimos de la ciudad ya me puedo permitir el lujo de conducir con el codo en la ventanilla, sin la tensión de la primera media hora. El coche está domado (de momento).



Conforme nos vamos alejando de la ciudad el tamaño de los edificios va disminuyendo. El dibujo cambia por completo. Podemos ver los suburbios; paredes llenas de grafitis, zapatillas colgando del tendido eléctrico, mendigos empujando enormes carros con sus pertenencias... Esto también es América, quizá una América más real. La cara B del "grandes éxitos".





El monstruito hambriento que habita en mi estómago salta y salta sin parar pidiendo su comida. Nada más atravesar un precioso paisaje verde, llegamos a Joliet; nuestra primera parada. Lo primero que hacemos es buscar un sitio donde poder comer algo. Justo en un esquina de la Avenida principal vemos un Restaurante ("Ruta 66 diner").

Nada más entrar una sonriente camarera mexicana nos acompaña a nuestra mesa. Pido un plato de huevos con bacon y patatas con un buen vaso de café. Me indica que los platos son abundantes.

- Mejor¡¡

Mary, aprovechando el Wifi del local hace una vídeo llamada y le muestra a sus padres el aspecto del local. Estamos en otra película. Justo en la mesa de al lado el Sherif del pueblo toma su revuelto de huevos con la mirada perdida en la barra. Saluda a cada uno de los clientes que entran por la puerta. El Sherif conoce a medio pueblo. Lo que os digo, una auténtica película.

Nuestra camarera mexicana trae el desayuno. Las patatas apenas caben en los platos. Mi monstruito hambriento se viene arriba y en apenas diez minutos devoramos todo lo que había en el plato. Llevábamos casi cuatro horas sin probar bocado.






Ya con el estómago lleno (mucho) vamos a ver un museo dedicado a la Ruta que hay dos calles más abajo. Un enorme Pontiac descapotable, alguna que otra figura, señales antiguas y una mujer de unos ochenta años que con un tono de voz lento nos explica anécdotas curiosas sobre la mítica Ruta. A Maggie la entiendo a la percepción. Tiene un tono de voz muy para el turista y la comprensión es más fácil. Juro volver dentro de unos años a Chicago y volver a aquella recepción y decirle a aquella chica: "Venga, háblame ahora, ya estoy preparado". Pero eso será otra historia.




En la tienda del museo nos hacemos con una bandera de la Ruta 66, ni rastro de la bandera americana, bueno, ni rastro en las tiendas, porque en las ciudades, pueblos y caminos remotos aprovechan la mínima ocasión para colocar su bandera, gesto que admiro enormemente.

Si algún día tienes previsto realizar la Ruta, es totalmente indispensable que instales en tu móvil "Road trip 66", una aplicación imprescindible para seguir el camino correcto y no perder de vista la carretera Madre. No es necesario que contrates datos ya que funciona a la perfección sin conexión a internet. En ella aparece un mapa con el trazado de la Ruta y sale un bolito azul que representa nuestro coche, se trata de no desviarte y seguir la línea. Además lleva por defecto marcados en el mapa todos los puntos de interés: museos, restaurantes,.... Sin esa aplicación y con lo torpes que somos para orientarnos, hubiésemos acabado cada dos por tres en la autovía sin seguir el trazado de la mítica carretera, y aquí no hemos venido a eso. Hemos venido a tratar de seguir en la medida de lo posible el trazado original, aunque en ocasiones sea completamente imposible y haya que salir por obligación a la vía principal. Lo dicho "Road trip 66", me lo agradeceréis.

La siguiente parada la hacemos en Wilmington, cuando nos vemos sorprendidos por el "Gemini Giant", el primero de los gigantes que vemos en esta aventura. Simula ser un astronauta y en sus manos porta un cohete. Este tipo de figuras gigantes se hicieron muy famosas en los sesenta para promocionar negocios. Habíamos visto su foto mil veces, pero el Gemini Giant es mucho más guapo en directo. Charlamos con un par de moteros que parecen sacados de la serie "Sons of Anarchy", la ruta es muy muy muy "Sons"; nuestra serie favorita. Cuando hicieron el Gemini Giant, el hombre todavía no había pisado la luna, es todo un veterano.




Algo que llama la atención es la distancia de una casa a otra en algunas zonas. Puedes haber de vivienda a vivienda doscientos o trescientos metros e incluso kilómetros, y a lo mejor es un pueblo enorme en el que apenas hay veinte casitas, todas con su jardín y su enorme camioneta aparcada en la puerta. La vida es muy muy tranquila en los pueblos americanos. De vez en cuando algún lugareño nos saluda desde el porche de su casa.




En Braidwood, paramos en el "Polk a Dot Drive In", un diner mítico y legendario de la Ruta, donde es típico pegarse un buen desayuno. El tema del GPS nos ha trastocado un poco los planes y el planteamiento inicial era comer algo aquí, pero en Joliet nos hemos puesto las botas y hemos llegado con la panza llena, una auténtica pena.

En el parking del restaurante descansan unas sesenta harleys. Está lleno de motos. Aprovechamos para fotografiarlas. A los cinco minutos aparecen los moteros y es un auténtico show verlos salir uno a uno, por orden a la carretera. Nos dicen adiós con la mano, saludando a nuestro objetivo.





El local es de auténtica película. Un enorme Elvis hace de reclamo junto a la carretera tocando su guitarra. Cuando estamos fotografiando la figura de James Dean, se acerca a saludarnos un Señor entrado en años que desciende lentamente de su camioneta. "Soy el dueño, están ustedes en su casa". Es increíble la hospitalidad y amabilidad de la gente, te adoro U.S.A.






Usamos el servicio del local y Mary me pide la cámara. La entrada a los baños es un monumental homenaje a la película "Grease".




Continuamos "On Road", nos hacemos con un par de "Pink Lemonades" en vaso gigante y con mucho hielo. Estamos enganchados a las hamburguesas, los cafés del Starbucks y la Pink Lemonade, somos dos auténticos Yonkis, que le vamos a hacer...




En Dwight y Odell, paramos a echar unas fotos en un par de gasolineras míticas. Los moteros van siempre unas millas delante nuestra, son nuestros compañeros de viaje. Coincidimos con ellos en la mayoría de las paradas y es un gustazo verles adelantar nuestro vehículo de forma tan civilizada, sin acelerones, y con esa sonrisilla medio colgando de sus bocas. Nosotros saludamos a todo aquel que nos cruza una mirada y ellos nos devuelven el saludo con un guiño de ojo.





Ya en Pontiac, nos hacemos unas fotos y grabamos unas tomas con la cámara de vídeo en los famosos murales.

Esta vez si, es la hora de comer y aquí en Pontiac tenemos localizado un sitio donde leímos que servían una buena hamburguesa. Entramos en el "Old Long Cabine". Una Señora rubia nos recibe con una sonrisa de oreja a oreja desde el otro lado de la barra. Enseguida sale a atendernos y nos pregunta de donde venimos y hacia donde vamos. Todo el mundo nos aconseja sobre donde parar o donde comer, incluso nos dan indicaciones donde poder echar gasolina más barato.

Pedimos un par de hamburguesas con sus respectivas Budweiser. El garito es espectacular, no por la decoración, ni tampoco por el orden, es más por el rollo que tiene. Podría ser el bar de cualquier película donde dos borrachos se lían a puñetazos, menos diner y más antro de carretera, pero con un encanto magnífico. Las dos hamburguesas suben rápidamente a lo alto de nuestro ranking, exquisitas. Nos despedimos de la amable camarera y seguimos en ruta.






Paramos en otra gasolinera, ya a varios kilómetros de Pontiac, cuando nos damos cuenta de que nos hemos dejado el trípode en algún lado ya que no aparece por ningún sitio. Hacemos memoria y creemos tenerlo localizado en la gasolinera de "Dwight". Salimos a la carretera general para hacer lo más rápido posible la media hora de ida y su correspondiente media hora de vuelta. Esta vez no he sido yo el culpable, no ha sido una "Miguelada", ha sido una "Marylada". Los toros se ven mejor desde la barrera, donde va a parar. Llegamos justo cuando la empleada acababa de cerrar para irse a comer. Muy amablemente nos abre de nuevo y nos da nuestro trípode. Hemos llegado por los pelos, ya que la chica estaba arrancando la moto para irse a casa.

Hemos perdido una hora del día. Llegamos de nuevo a Pontiac para continuar la visita del pueblo. En una de las calles hay un viejo y enorme autobús escolar reconvertido en casa.






El calor es asfixiante. El aire acondicionado del coche trabaja a toda máquina. Me doy cuenta de que el sol me ha abrasado el brazo izquierdo de llevarlo apoyado en la ventanilla. En la radio podemos elegir canales según el estilo de música y década. Nos hacemos asiduos al Country, además, la pantalla te indica el título de la canción y el artista que la canta. Hemos descubierto un montón de cantantes y grupos que no conocíamos en este viaje, gracias a la radio del coche.

 Tras una parada en una gasolinera para rellenar nuestro enorme vaso de corcho de más Pink Lemonade, Mary se aventura a coger el coche por primera vez. Esta vez tiene un amplio Parking sin columnas para practicar. Tras los dos o tres frenazos de rigor que sufre todo el mundo cuando coges un coche automático por primera vez, Mary controla nuestro Toyota. Ahora mismo es una niña con una luz brillante en los ojos, ahora mismo estaría mirándola hasta hacerme viejo sin pestañear. Dios como me gusta ese brillo¡¡





Ya en Ruta atravesamos una verde pradera. Huele a hierba recién cortada y las casitas quedan atrás poco a poco. En una de ellas hay una colchoneta gigante en el jardín junto a un bonito espantapájaros. Me encantaría conocer al dueño de la casa pero el día está siendo largo y el cansancio hace mella en nosotros.

En Atlanta echamos gasolina por primera vez (2´5 dólares el galón). Ojalá tuviésemos la gasolina a ese precio en España. Tampoco en esta gasolinera encontramos la bandera americana que llevamos buscando desde que hemos puesto los pies en Estados Unidos.

El GPS nos echa una y otra vez a la carretera general. Si no fuese por la aplicación del móvil no sé como nos hubiésemos apañado para seguir la carretera mítica, ya que hay puntos mal indicados y es muy fácil perder el rumbo.

Ser copiloto es realmente estresante. Tienes que ir mirando la pantallita del iphone para ver si seguimos el rumbo correcto, ir grabando con la cámara, leer las anotaciones de nuestra guía de viaje y como no, las anotaciones del libro de Víctor Muntané; "Route 66, mi sueño y pasión", la auténtica biblia para todos aquellos que queráis hacer la ruta. Viene todo explicado al detalle y es, con diferencia, la mejor guía que hemos podido encontrar. Imprescindible y recomendable cien por cien.






Mary lleva mejor eso de hacer mil cosas a la vez, yo soy algo más caótico en ese aspecto. Hoy puede que haya bebido más de tres litros de Pink Lemonade, que se traducen básicamente en una docena de paradas para hacer pis.

En Atlanta paramos en una tienda de trastos. Allí reina el caos y el desorden y puedes encontrar desde una señal de tráfico de los años veinte a una máscara de Alf. Un tren recorre la tienda a dos palmos del techo. Nada más vernos, uno de los tipos que hay tras el mostrador sale a saludarnos. El tipo tendrá unos cincuenta años y su peinado es exactamente igual al que lucía Elvis, sus gafas también. Nos cuenta que es un fan incondicional del cantante de Memphis. Nos hacemos con una placa decorativa de un diner de los años 50 para ponerla en casa.





El sol comienza a caer. La carretera se viste de color anaranjado. La tranquilidad y belleza del trayecto se ve invadida por alguna que otra fábrica, casas cada vez más cercanas unas de otras y más restaurantes de comida rápida. La calma se tambalea, llegamos a Springfield; capital de Illinois, "La ciudad de Lincoln", tal y como rezan todos los carteles que vemos.

No, no se trata del Springfield de los Simpson. De los cincuenta estados que componen Estados Unidos, treinta y cinco tienen una ciudad que recibe el nombre de Springfield... así que es difícil a averiguar cual es. Hay rumores de que el Springfield de la mítica serie sea el de Oregón.

Llegamos al Hotel con la noche prácticamente encima. Nos alojamos en el "Route 66 hotel and conference", que se encuentra situado en una amplia avenida rodeado de restaurantes. El Hotel es además museo y tiene varios vehículos y figuras justo al lado de la recepción. Justo al lado de la entrada hay una enorme piscina con un símbolo gigante de la Route 66 en el fondo.




Una nube de mosquitos se pelea entre si para decidir quien nos pica primero. Descargamos las maletas y hacemos el "Check In ". "Bonito pelo", le dice la recepcionista a Mary. Por dentro, el Hotel es un auténtico santuario de la Ruta. Placas de señalización, señales de tráfico, antiguas neveras e incluso un semáforo. El suelo está completamente enmoquetado y al fin, subimos a nuestra habitación.




Tras una ducha, hacemos una salida rápida al Taco Bell que hay justo en frente y nos traemos la cena a la habitación. Hago verdaderos esfuerzos por no quedarme dormido mientras devoro uno de los tacos del menú. Ha sido un día muy largo. 325 kilómetros recorridos por el corazón de Illinois. Los nervios iniciales al coger el coche, el olvido del trípode, todo aparece ahora en forma de cansancio. Antes de caer redondos negociamos la hora a la que nos vamos a levantar mañana y finalmente, decidimos poner el despertador a las 08:00. Mañana será otro día.

Mike.






jueves, 27 de agosto de 2015

RUTA 66. DÍA 3: CHICAGO.

El maldito Jet Lag ha dormido conmigo y a las cuatro de la madrugada ha decidido despertarme. La sirena de una ambulancia rompe por completo el silencio. Me levanto de la cama y pierdo la noción del tiempo observando desde el enorme ventanal, como el sol ilumina Chicago poco a poco.

Tras una placentera ducha vamos al que ya es nuestro Starbucks habitual a por un café para llevar. Vamos en busca del metro, es la primera vez que usamos el transporte público desde que hemos llegado. La estación está en plena ebullición, es lunes y los vagones están llenos de gente que va rumbo a sus respectivos trabajos.





Pillamos la línea Roja. Un ejecutivo trajeado mantiene una animada conversación con el manos libres. Una chica rubia sonríe mientras lee algo en la pantalla de su teléfono móvil. El señor de barba del final del vagón resopla mientras lee el periódico secándose el sudor de la frente con un pañuelo de tela. Soy un fanático de las vidas ajenas, no puedo evitarlo. Desde muy pequeño me encanta observar a la gente, me encanta simplemente sentarme y mirar, verles andar, observar sus gestos, es una característica que llevo dentro desde muy canijo. El metro es un filón para un gran observador como yo. Llegamos a nuestro destino.

Ya en la calle, el calor es asfixiante. Ayer frío, hoy calor... el clima de Chicago se ríe de nosotros. Caminamos bajo la Torre Willis y tres o cuatro manzana avenida arriba nos damos de bruces con el "Lou Mitchell´s", el restaurante donde vamos a desayunar hoy. Es muy típico comenzar la Ruta desayunando fuerte aquí, nuestro verdadero viaje comienza mañana, pero cogemos el coche a primerísima hora y queríamos disfrutar de este lugar en calma y degustar sus famosos platos sin prisa.




El local está muy bien decorado, es otro de esos garitos de película con camareras uniformadas y una enorme sonrisa como bienvenida. "Welcome to Lou Mitchell´s" nos dice una de las camareras nada más entrar. Nos acompaña hasta la mesa y nada más sentarnos nos sirve una "cazuela" de café solo. Aquí en Estados Unidos no tienen medida con las cantidades, es todo enorme, pidas lo que pidas. De repente suena una campana, el restaurante al completo entona el "Happy Birthday", es el cumpleaños de la chica de la mesa del fondo. Mary y yo nos venimos arriba y canturreamos dejándonos la vida en ello.

Al fin pedimos, y en menos de diez minutos tenemos delante de nuestras narices una enorme sartén con revuelto de huevos, bacon, queso, pimientos.... un auténtico plato de "caca" de la buena. Las raciones son inmensas. Estoy convencido de que si algún día cumplo mi sueño de venir a vivir a U.S.A, en menos de un mes me pongo en los cien kilos. Adoro vuestra comida de mierda América¡¡




A duras penas consigo terminar mi plato. En la mesa de enfrente dos señores trajeados cierran un negocio con un apretón de manos frente a la pantalla de un portátil. Yo también quiero cerrar mis negocios laborales en el "Lou Mitchell´s" frente a una enorme sartén de salteado de huevos y bacon.

Salimos de allí llenos hasta reventar. "Mary, yo hoy no como nada más en todo el día, nos hemos pasado".

Damos un Paseo hasta la "Chicago Union Station", estación de trenes que ha salido en multitud de películas ( "Los Intocables", "La boda mi mejor amiga", etc...). Justo en la puerta, un cartel con el dibujo de una pistola nos advierte de que no está permitida la entrada de armas. Mary y yo nos miramos acojonados. Finalmente entramos y el tiempo se retrasa noventa años a la época de Alcapone y compañía. La estación no ha perdido ni una gota de la esencia de aquellos años. Es un lugar señorial que impone mucho. Una enorme bandera americana desciende desde una de las gigantescas bóvedas. Hay un par de personas durmiendo sobre los macizos bancos de madera esperando a que llegue la hora de coger su tren.




Cogemos de nuevo la línea roja del metro y volvemos a los aledaños del centro de la ciudad. Merodeamos bajo la "Water Tower" y la "Hancock Tower". El calor es asfixiante. Necesito algo de frío, vamos en busca del aire acondicionado de las tiendas de la "Magnificent mile". Suena el "Michelle" de los Beatles, que se me mete a conciencia en mi cabeza y se queda conmigo el resto del día.


Vamos en busca del punto cero del viaje, la señal que da comienzo a la Ruta 66. El inicio de las cuatro mil millas que nos llevarán cruzando practicamente el País de Este a Oeste. Descartamos visitar la señal con el coche mañana ya que es difícil aparcar y además nos pilla bastante a desmano de las oficinas de National, donde recogeremos el vehículo.



Si, ya se que hace nada hemos jurado que no comeríamos nada en todo el día, pero es imposible. Eso sí, decidimos pillar algo ligerito en un "Walgreens" que hay cercano al hotel. Un par de bocatas de pollo acompañados de dos bowles de frutas son el menú de hoy. Llegamos al hotel casi casi arrastrándonos del calor. Hemos salido de casa con ropa de abrigo tras el frío que pasamos ayer y hoy el clima escupe un calor húmedo y pegajoso.

Tras el menú light, decidimos destrozar la dieta devorando un par de bolsas de palomitas del "Garrets". Estamos totalmente enganchados.

Nos cambiamos de ropa y nos ponemos algo más veraniego para plantarle cara al calor. Ya estamos listos para abordar las calles de Chicago de nuevo. Nada más poner los pies en la calle nos quedamos helados. Que broma es esta¡¡ El tiempo ha cambiado por completo en apenas una hora y media. Me viene a la cabeza un diálogo de la serie "Prison Break" donde alguien le decía a Michael Scofield: "Si no te gusta el clima de Chicago, espera cinco minutos". Real como la vida misma. Subimos de nuevo a la habitación y volvemos a cambiarnos.

En media hora estamos sentados en el "Trolebus", un destartalado autobús cuyo interior está decorado todo de madera y en el que únicamente pagas la propina que quieras dejar. Nos lleva hasta el Navy Pier. Justo antes de llegar a nuestra parada, dos enormes truenos rugen sobre los rascacielos, a los cinco segundos comienza a llover a cántaros. Esta mañana hacía un calor asfixiante, hace media hora estábamos pelados de frío y ahora hay una tormenta monumental. Bajamos del Trolebus corriendo a toda velocidad en busca de refugio tratando de proteger las cámaras y los móviles de la espectacular tromba de agua que está cayendo.

Llegamos empapados al centro comercial y descubrimos que podemos recorrer bajo techo el edificio hasta llegar al pequeño parque de atracciones que hay junto al Lago Michigan. Cuando al fin alcanzamos la noria, deja de llover y el cielo se llena de gaviotas. Damos una vuelta por las atracciones totalmente empapadas y volvemos al paseo. Hay una vista espectacular con el Sky Line de la ciudad al fondo y cientos de gaviotas planeando sobre el Lago. Está todo lleno de charcos y huele a lluvia. El cielo se pinta de un color rosáceo y la vista es realmente bonita. Vuelvo a tener calor. Definitivamente el clima de Chicago nos está tomando el pelo.






Preguntamos en un par de tiendas pero no hay forma de comprar una bandera americana. Llevamos tres días tratando de comprar una y no damos con ella. Aquí todo el mundo planta una bandera en el sitio menos insospechado, en algún lugar las comprarán¡¡



Volvemos por el Trolebus, de repente el cielo rosa se vuelve gris y vuelve a caer agua del cielo. Esto es una maldita broma. Justo cuando tenemos que salir a descubierto en busca de nuestro autobús se pone de nuevo a llover como si no hubiera un mañana. Esperamos en el porche pacientemente durante media hora pero la lluvia no cesa y el trolebús no llega. A nuestro lado un grupo de chavales trata de ligar con unas chicas. Parece que el chico rubio de la gorra ha tenido éxito y la pelirroja de la coleta le hace ojitos. Veo un taxi y me voy por él bajo la lluvia, Mary me sigue. En la pantalla de detrás del conductor están dando las noticias; hay alerta de tornados en la zona de Oklahoma y Kansas. Espero que cuando pasemos por allí no tengamos problemas.

Antes de llegar al Hotel, compramos algo de cenar en Wallgreens. El viento ha echado a la lluvia. Esta es nuestra última noche en Chicago. Hacemos las maletas y recogemos un poco el caos que gobierna la habitación. Tras una ducha, vuelco las fotos y los vídeos en el portátil y observo durante un buen rato como el viento agita los árboles desde la ventana. Los rascacielos se iluminan. Mañana comienza la auténtica ruta 66.

Mike.



domingo, 23 de agosto de 2015

RUTA 66. DÍA 2: CHICAGO.

El jet lag me despierta a las cinco de la mañana. Al otro lado de la ventana todavía no ha amanecido. Observo durante un buen rato los rascacielos iluminados desde mi almohada hasta que Mary comienza a moverse. Tras una ducha que me despeja del todo los pocos restos de sueño que podían quedar en mi cabeza, llamamos a la familia.

Medía hora después estamos de nuevo en las calles de Chicago con algo más de abrigo que ayer. Buscamos un Starbucks para desayunar. Damos con uno dos esquinas más arriba. Son las seis y media de la mañana y es domingo, nos cuesta dar con una mesa libre, finalmente nos sentamos junto a una ventana. Aprovecho para poner en orden las anotaciones de mi libreta (lo que ahora mismo estás leyendo). Al otro lado del cristal las calles están oscuras a pesar de que ha amanecido hace un buen rato, una ráfaga de viento persigue a un puñado de hojas secas, una pareja de turistas consultan el email en su tablet y detrás de nosotros un chico escondido bajo una gorra, escribe algo parecido a una carta en su macbook junto a una taza de té humeante.






Caminamos avenida arriba rumbo al "Millenium Park", la calle sigue oscura, un par de gotitas resbalan sobre mi rostro. Está empezando a llover. Tratamos de obviarlo, no queremos saber nada de lluvia, esto no estaba en el plan. "No te preocupes Mary, esto son cuatro gotas de nada".

Un cuarto de hora después tenemos que refugiarnos en un "walgreens" mientras al otro lado del escaparate las gotas se han convertido en verdaderos vertederos de agua. Los coches escurren agua a chorros y provocan auténticos tsunamis cuando sus ruedas rozan los bordillos. Hacía tiempo que no veía llover así. El viento se une a la fiesta. Nos hacemos con un par de paraguas y unos ponchos que nos protejan de la lluvia. Veníamos preparados por si hacía más frío de lo normal, pero esta pedazo de tormenta no aparecía en ningún pronóstico.





La lluvia es más fina ahora pero no cesa, hacemos un cambio en el planning, decidimos visitar la"Willis Tower". Estamos horribles dentro de nuestros ponchos pero cumplen el cometido, y únicamente nos estamos mojando de rodillas para abajo. La mezcla de viento y lluvia forman un combinado letal del que no puedes huir, hagamos lo que hagamos vamos a terminar calados.

Chicago es una ciudad que tiene todo muy a mano. En apenas veinte minutos llegamos al que es el segundo rascacielos más alto de Estados Unidos, solamente superado por el "One world Trade Center" de New York. Los tickets nos cuestan 18 dólares cada uno. El ascensor asciende rápidamente, cuando pasamos del piso 50 mis oídos se taponan, en apenas un minuto hemos subido 103 plantas, estamos en lo más alto de América, miramos al resto de rascacielos por encima del hombro. Las vistas son espectaculares, los coches parecen miniaturas y el Lago Michigan saluda desde el fondo de la postal.

El Skydeck nos espera. Se trata de un habitáculo transparente (incluido el suelo) en el que no te aconsejo que pongas los pies si padeces de vértigo. La sensación es increíble, cuando miro mis zapatillas puedo ver los taxis, los edificios, los autobuses y la gente, todo es diminuto. Un escalofrío recorre la parte posterior de cuello. El Skydeck es acariciado por el viento y la lluvia y puedo sentir su vibración. Nos hacemos un par de fotos y grabamos un par de tomas lo más rápido posible, antes de que el suelo de cristal se rompa y caigamos al vacío desde más de cuatrocientos metros de altura.







Volvemos al suelo, miro hacia arriba y la Torre Willis se pierde entre las nubes. La lluvia sigue mojando mi rostro. Nos hacemos con un bocadillo vegetal en un local que apenas ha abierto. Nos sentamos en una mesa mientras los camareros terminan de abrir. No para de llover y el viento agita las calles. Decidimos dar una vuelta por la zona comercial y resguardarnos de la lluvia en las tiendas. En cada establecimiento en el que entramos nos encontramos con una enorme sonrisa tras la puerta, me encanta como tratan los americanos al cliente.

Un par de horas después el bocadillo vegetal se ha evaporado de nuestros cuerpos y el hambre aparece de forma fuerte y contundente.

- Mary, para compensar el disgusto de la lluvia creo que nos merecemos un buen plato de caca, de caca de la buena. Tenemos que elegir un buen sitio para comer.
- Vamos a probar "Giordano´s".

Puede que esa, haya sido la mejor decisión que hemos tomado en nuestra vida.

El restaurante es famoso por su típica pizza al estilo Chicago. No recuerdo bien donde lo descubrimos, si en un programa de "Callejeros viajeros" o en "Crónicas carnívoras"... han sido muchos los programas de TV que hemos mamado tratando de documentarnos con buenos sitios para comer a lo largo de la Ruta.

El local está lleno hasta la bandera. Una simpática camarera nos dice que tenemos que esperar 40 minutos mientras se hace la pizza que hemos pedido. Matamos el tiempo con un par de "budweisers". Hay gente de todo tipo, parejas, familias enteras, incluso personas solitarias que se sientan frente a los enormes platos que sirven en el Giordano´s.

Llega la pizza. Mis ojos no dan crédito. Es enorme, es preciosa, es lo más bonito que he visto nunca...  la masa, la carne picada, el pimiento, el queso, tiene una pinta exquisita. La mejor forma de mostraros como era aquel manjar es a través de una foto:



La gente recoge el resto de su megapizza en cajitas para llevar, algo muy típico en Estados Unidos. El personaje solitario de la mesa de enfrente mira perplejo nuestro plato. No hemos dejado ni las migas. Puedo decir con total seguridad, que la pizza del "Giordano´s" es uno de los mejores platos que he comido nunca, ya no solo la mejor pizza... el mejor plato¡¡ Si vienes a Chicago, pasa por GIORDANO´S. Me lo vas a agradecer eternamente. De nada.

El estar todo el día caminando acuestas con las mochilas hace que el cansancio aparezca antes de tiempo, nuestras barrigas llenas tampoco ayudan demasiado a seguir inspeccionando la ciudad, así que decidimos ir un rato al hotel a descansar y abordar la ciudad dentro de una hora, ya con ropa seca y más descansados. Al entrar escucho a la recepcionista a la que sigo sin entender absolutamente nada.

Nos tumbamos un rato mientras miramos nuestras redes sociales. El wifi del hotel funciona bastante bien. La lluvia deja de acariciar la ventana, los rayos de sol aparecen de la nada iluminando por completo la habitación. Es el momento, tenemos que jugar la segunda parte del partido.

Abordamos de nuevo las calles. El clima ha cambiado por completo, la lluvia y el viento se han transformado en un calor húmedo y pegajoso. Descubrimos un "Garrets" justo al lado del hotel, estas palomitas van a ser nuestra perdición. Mary hace cuentas de los kilos de palomitas que quiere comprar, yo me imagino una vuelta a España con una barriga tan grande que apenas me deja ver mi pito.

Vamos al Millenium Park. Huele a lluvia. Han colocado unos paneles con fotos gigantes de ciudadanos de la ciudad del viento que a la altura de la boca escupen un enorme chorro de agua. Los niños juegan a calarse hasta los huesos mientras sus padres les hacen fotos.



Llegamos a "The bean", una curiosa habichuela gigante de acero inoxidable en cuya superficie se reflejan todos los enormes edificios de alrededor. Los rascacielos se miran al espejo en esta enorme "haba" que dispara unos puntos de vista espectaculares del Sky Line de la ciudad. Todo Chicago está aquí y es bastante difícil realizar una toma o una instantánea sin que salgan cincuenta personas más en la foto. Me quedo observando durante un buen rato el monumento y no dejo de pensar en el tipo al que se le ocurrió semejante idea; fabrico una judía de 98 toneladas, la planto en medio del parque y la convierto en uno de los símbolos de la ciudad... simplemente magistral.





El calor sigue siendo sofocante, la humedad le convierte en alguien poderoso. Nos acercamos caminando a la zona del Lago Michigan... el famoso Lago Michigan y una de las cosas que más ganas tenía de ver y que en tantas películas y series han nombrado. Es épica la segunda película de la saga American Pie y su verano loco a orillas del lago.

El lago es espectacular, de un azul inmenso. Es un mar en calma, sin olas, con patos, donde no se ve el final. Un par de barcos navegan al fondo, las gaviotas planean sobre él. Me cuesta creer que toda esa inmensidad de agua, no sea salada si no dulce. Me encantaría verlo en invierno totalmente congelado (en invierno Chicago se pone tan ricamente a 30 grados bajo cero).




Paseamos hasta la "Buckingham fountain", la imagen es una auténtica postal, un regalo para la vista. Los chorros de agua tratan de tocar las nubes con el precioso Sky line de Chicago de fondo. Las gaviotas se unen a la fiesta revoloteando sobre unos niños que juegan a ver quien corre más rápido. Tras hacer un millón de fotos, nos tomamos una especie de granizado de color azul en una terracita cercana en un inmenso vaso de corcho. Una pareja se hace arrumacos en la mesa de al lado, yo sigo ausente con la mirada puesta en las gaviotas, los chorros de agua y la silueta de los rascacielos.




Se acerca la hora de la cena. Tenemos anotada una hamburguesería que tiene fama de servir la mejor hamburguesa de Chicago. Volvemos al centro de la ciudad. Chicago tiene un piso subterráneo por donde descongestiona el tráfico de la ciudad. Digamos que existen tres niveles: El subsuelo; donde por debajo de la ciudad circulan carriles que agilizan el tráfico de las horas puntas, la ciudad; donde se encuentra la vida, las casas, los centros comerciales, las calles, el tránsito de los coches y el rail elevado; por donde circula el tren abriéndose camino entre los enormes edificios a 5 metros de altura. Es una ciudad curiosa y preciosa. No esperaba encontrarme algo así aquí, caigo completamente enamorado de la "City Wind".

En mitad de una de las avenidas principales de la ciudad vemos un acceso al subterráneo. Las escaleras son un tanto tétricas, con poca luz. Una vez abajo, los coches circulan a toda velocidad, un mendigo arrastra un enorme carro lleno hasta la bandera mientras apura hasta el final un cigarrillo y de repente vemos el letrero de la hamburguesería, llegamos al "Billy goat tavern". Su gastada fachada tiene un aspecto de película total, al entrar, ese aspecto se acentúa todavía más. Este lugar lleva sirviendo hamburguesas desde 1934. Un enorme tipo negro hace malabarismos con las espátulas sin quitar ojo a las hamburguesas que echan humo sobre la plancha. Al otro lado del local dos hombres degustan un botellín de cerveza sin despegar la vista del partido de beisbol. Al otro lado de la barra, está el jefe; un tipo negro entrado en años que viene hacia nosotros para tomarnos nota. Pedimos dos cheeseburgers y un par de cervezas.





En cinco minutos, tenemos la cena sobre la mesa. La hamburguesa es deliciosa, puede que algo pequeña para mi gusto, pero la calidad - precio es perfecta (nos cuesta tres dólares). El lugar es realmente carismático, tiene el aspecto de uno de esos antros de comida exquisita (tipo New York), el beisbol en la tele, los tipos de la barra, el señor mayor vestido de uniforme blanco, el ruido de las espátulas al rascar la plancha, los carteles de neon destartalados... estamos en una auténtica película. Un lugar con mucha solera.




Tras un breve paseo entre el frío de la noche de Chicago llegamos al Hotel, antes de subir entramos al "Garrets" que descubrimos ayer y nos hacemos con media docena de bolsas de palomitas, si, nos hemos pasado, pero la intención es llevar reservas de sobra durante toda la Ruta.

Vuelco los videos y las fotos del día al ordenador con serias dificultades para mantenerme despierto. Cuando termino Mary ya duerme completamente derrotada. Me duermo observando los rascacielos iluminados al otro lado de la ventana, soñaré con el Lago Michigan y el "Billy Goat Tavern".

Mike.