lunes, 5 de enero de 2015

LONDRES. FIN.


Son las 07.45 h. Tras la ducha bajamos a desayunar. El saloncito nos regala la última estampa de los dos últimos días, lleno. Me despido de los cereales, del asqueroso y adictivo zumo de polvos y de las tarrinas de mermelada.

En la habitación las maletas han engordado considerablemente respecto a como llegaron. Hay un abrigo más, un par de zapatos, jerseys, camisetas.... si alguien en el aeropuerto nos pesa la maleta, podríamos tener problemas.

Salimos del Hotel. A pesar del horroroso ruido de la primera noche, de la situación de la habitación a escaso medio metro del ascensor con el trajín de gente que eso conlleva.... no puedo evitar sentir cierta nostalgia al dejar el hotel. El suelo de madera, la moqueta, el olor..... soy un nostálgico capaz de echar de menos cualquier detalle por tonto que sea, debe ser una tara psicológica de la infancia. Nadie es perfecto.

Decidimos despedirnos del Starbucks de la esquina. Somos muy adictos a esta cadena de cafés y en Zaragoza no podemos disfrutar de ella, así que esta si que va a ser una despedida dolorosa. Me hago con el útlimo Chai Tea Latte; cuanto voy a echar de menos el jengibre, la textura de la leche, el tacto del vaso, el interior de los locales con los clientes ensimismados en sus portátiles.... Nos vemos en el siguiente viaje, Starbucks.



Ya en el metro devolvemos nuestra tarjeta y nos dan nuestra fianza. Recordad, si venís a Londres conseguid la Oyster, ya que es la forma más económica de viajar aquí. Metro a "Victoria Station" y localizamos nuestro bus de Terravision. El viaje se invierte, volvemos al comienzo de la aventura, se invierte tanto que aparece de nuevo el grupete de sexagenarios que coincidió con nosotros al venir. Hablan de lo bien que lo han pasado y de futuros viajes. Yo quiero llegar a esa edad con esa vitalidad y ganas de seguir viendo mundo.

Una hora de autobus hasta el aeropuerto. Conforme te alejas del centro de Londres, comienzan a asomarse las zonas verdes y barrios residenciales. Intuyo que es aquí donde se retiran la mayoría de los londinenses, hemos visto muy poca gente mayor merodeando por el centro. Podría contarlos con los dedos de una mano. Eso sí, mi favorita seguirá siendo siempre aquella mujer de pelo rosa de "Oxford Street".

El aeropuerto está completamente lleno. La cola hasta el control de seguridad es interminable. La última vez que estuve aquí , destino España hace cuatro años y medio, el panel de los vuelos repetía una y otra vez la palabra: "cancelado". Aquel volcán Islandés despertó de su letargo en el momento más inoportuno y tuvimos que volver a España cogiendo un tren a Plymouth ( sur de Inglaterra), hacer noche allí, coger un Ferry rumbo a Santander con otra noche incluida y de allí tres horas y media de coche a Zaragoza. Comparo aquella aventura con la media hora larga de fila y no, no puedo quejarme.




Nadie pesa nuestra maleta. Nadie la mide. Estamos dentro. Esta vez le toca a Maku la ventanilla. Esta ve no va a estallar ningún volcán Islandés. El avión despega. Volvemos a casa.

Las nubes se amontonan poniéndose sus mejores galas de algodón blanco inmaculado. Sobre ellas, me llevo lo mejor del viaje: Aquel negro de mirada cinematográfica envuelto en el humo del café, Nothing Hill, las historias de nuestros compatriotas españoles tratando de buscar un futuro mejor aquí ( han sido todas positivas, no queda otra), los viajes en metro, el Chai Tea Latte, la niebla de Londres y su frío "moderado", Hyde Park, sus ardillas y la "fiesta del pato", haber podido comunicarnos sin demasiados problemas ( hay que seguir mejorando) y sobre todo mi compañera de viaje, Maku, no querría viajar con nadie que no fuera ella. Es para mi, la mejor compañera de viaje, toda una suerte poder compartir mi vida con ella.

Espero no tardar mucho tiempo en salir de viaje. Y como siempre, prometo contarlo a la vuelta. Gracias por estar al otro lado.



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