jueves, 22 de enero de 2015

EL BARRIO DE LOS 90

El tranvía me deja en Plaza España a escasos metros de la Fnac. Me escondo tras mi parka verde, mi gorra y mis gafas de sol y dejo que mis pies caminen mientras el Iphone hace de DJ pinchando mis canciones favoritas.

Conde Aranda ya no es lo que era. La gente se queja porque está lleno de extranjeros, la mayoría marroquíes que han ido abriendo negocios y se han apoderado de la avenida. Durante mi infancia esta calle era más peligrosa, en aquella época no había marroquíes pero eran los gitanos quienes merodeaban tras la esquina y así, sin esforzarme mucho en recordar, me vienen a la cabeza tres o cuatro intentos de atraco y otras tantas carreras rumbo al barrio huyendo de sus navajas.. yo sinceramente prefiero a los marroquíes, al menos no me han hecho nunca nada. En los 90 si no eran los gitanos eran los yonkis y si no los dos, pero tenías que andar con mil ojos vigilando a quien te cruzabas.

Al llegar a la esquina, el colegio del Carmen y San José y justo al lado el de La Anunciata. A nosotros nos gustaban más "Las anunciatas", apodo con el que llamábamos a las chicas que estudiaban allí, ese colegio dio auténticas sex símbols al barrio, aunque mi primera novia era del colegio de al lado. En el fondo yo siempre fui más de chica del "Carmen y San José", me hacían más caso.

Entrando en la calle Boggiero estaba y sigue estando el Oscus. Una escuela de formación para adultos que tenía un portero con una mala leche increíble. El típico gruñón con poco trabajo que hacer que se pasaba el día fumando en la puerta blasfemando. Yo cada vez que pasaba por la puerta del Oscus le decía algo al viejo Félix y me perseguía hasta la siguiente esquina. Una mañana de febrero que amaneció Zaragoza nevada, tuvimos nuestros más y nuestros menos con él. Se había pasado con uno de los canijos de la pandilla y lo convertimos en el blanco de las bolas de nieve. Una de ellas le dio de pleno en la cara. Todavía recuerdo los gritos, jurando ante todo el mundo que "Haría arder a esos críos en el infierno".

Unos metros más adelante, casi al llegar a la sede del PSOE, la papelería de Pepe. Un establecimiento en el que no cabían más de  cuatro personas a la vez. Pepe era un tipo enorme, pasaba de sobra los cien kilos y siempre estaba sentado al otro lado del mostrador leyendo revistas tras unas enormes gafas. Era nuestro proveedor de flash, golosinas, triskis, cromos, tebeos de "Mortadelo" y de "Zipi y Zape". Pepe cerraba la tienda cada vez que iba al baño. Cuando volvía a abrir allí no se podía estar de la peste. Era habitual llegar a la tienda y ver a algún amigo sentado en la puerta de la papelería:

- No está Pepe?
- Si, pero ha hecho caca hace poco y estoy esperando a que se vaya el olor.

Y la mejor decisión era volver dentro de media hora. Aun así, seguíamos fieles a su mostrador. Pepe falleció hace unos años y fue un auténtico jarro de agua fría. Era un personaje mítico de nuestra infancia. Ahora aquella tienda de golosinas, tebeos y flashes es una persiana bajada con un horrible graffiti.



Los portales adyacentes estaban vigilados por el "Pijamas", un portero que nunca se quitaba el pijama. Fregaba, vigilaba y fumaba en la esquina siempre en pijama. Era un tipo un poco siniestro al que nunca le escuchamos decir una sola palabra.

Al llegar al final de la Calle Calatorao, justo en la cera de enfrente estaba "Huevos el Polo" o " La Conchita" que era como todos llamábamos a la tienda. Era una charcutería - tienda de ultramarinos. Allí podías comprar casi de todo. Mi madre me mandaba siempre allí a comprar huevos y todos los Phosquitos de mi infancia me los he comprado allí. Me acuerdo especialmente de aquellos que venían con pequeñas figuritas de "Los Masters del Universo" y las pegatinas de "Oliver y Benji". Tengo el olor de esa tienda grabado en mi nariz. La gente del barrio hablaba porque el marido de Conchita le sacaba veinte años y tenían una nena pequeña que no se sabía muy bien si era hija de los dos o no. Eran un matrimonio muy amable. Ahora "Huevos el Polo" es una tienda de chinos llena de estanterías. Todavía sigue intacto el cartel.

En el pasaje, donde vivimos nosotros y la mayoría de los amigos de la pandilla había como una especie de ecosistema diminuto dentro del propio barrio. Podrían haber grabado una serie en los Noventa con las historias del "Pasaje" y habríamos sido líderes de audiencia.

Al lado de mi portal estaba la panadería de Juan. Juan vendía de casi todo y tenía fama de carero, en realidad vivía de la pereza de la gente, si, esa gente que por ahorrarse una caminata de cinco minutos al supermercado prefería bajar a comprar al lado de casa aunque fuese un poquito más caro. Era un hombre muy tranquilo, demasiado paciente con nosotros, que cada dos por tres le montábamos el partido de fútbol en la misma puerta de su panadería y soportaba nuestros gritos, balonazos.... aquel hombre se ganaba el cielo con nosotros cada tarde. En verano se sacaba la silla al lado de la entrada y leía el periódico. Nosotros aprovechábamos para entrar a su tienda y ver las chicas que salían desnudas en la portada del Interviú. Cuando entraba, siempre disimulábamos con la misma frase:

- Juan, ha salido ya el nuevo número de Mortadelo?

Siempre se le escapaba una sonrisa. Sabía de sobras que estábamos allí para ver las enormes tetas de Natalia Estrada y que en realidad la calva de mortadelo nos daba un poco igual.

Hoy la tienda de Juan es un almacén de una empresa de pinturas. Ya no hay revistas de chicas en pelotas, ni barras de pan, ni botes de Mistol.... solo latas de pintura y una persiana a medio abrir.

En nuestro "microsistema", dos bares se hacían la competencia. "El chalibes" , regentado por "Jack Nicholson", si, el dueño era igualito al actor. Y jamás le vimos tras la barra, siempre estaban sus hijas, Mamen y Alaska ( si, la hija del Nicholson se parecía a la Alaska de la época de la bola de cristal). La parroquia de este bar eran sobre todo adultos jóvenes y chavales que rozaban la veintena.

A escasos 20 metros estaba el "Bar Cereros", lo regentaban Begoña y el "Ocho pollos y medio"; un tipo con cara de niño y cuerpo de camionero de 120 kilos que apenas cabía tras la barra. Los clientes del Cereros eran los veteranos del barrio. Los de siempre. Allí se jugaba al guiñote después de comer todos los días y se veía el fútbol los domingos por la tarde. Cada cinco de enero tres clientes se disfrazaban de Reyes Magos y repartían los juguetes a los niños del barrio. El "bar cereros" era sin duda el corazón del pasaje.

Ambos bares siguen abiertos. Cada vez que vuelvo al barrio no puedo evitar entrar al Cereros, sentarme en el rincón de la barra y ver los fragmentos que quedan ahí de mi infancia tras un buen café. El Ocho pollos y medio ya no está tras la barra y Begoña se dedica a la cocina. El mostrador lo atiende su hija Andrea y su marido. Pero a pesar de eso, es el único sitio del barrio que apenas ha cambiado.

En el pasaje el jefe era José, o mejor dicho; Jusé como le llamábamos nosotros. Un sesentón de pueblo que era el conserje de todo aquello. Lo encontrabas siempre dando vueltas por allí con su mono azul, sus cubos y su palillo colgando de la comisura de los labios. José era el Shérif. El que nos requisaba los balones por jugar a fútbol, el que nos mataba con la mirada cada vez que abríamos un helado en su escalera recién fregada, quien llamaba a nuestros padres si nos pasábamos de trastos.... pero también quien nos contaba historietas de Longares; su pueblo y quien nos sacaba la cara si nos metíamos en algún lío. Aquel señor gruñón de mono azul era el otro alma de aquel pasaje.

Podría rellenar hojas y hojas de cada uno de los personajes de aquel barrio de los noventa, lo tengo todo perfectamente ordenado en el lugar en el que mi corazón archiva los mejores momentos de mi vida.

El día que me marché del barrio, hace ya casi ocho años, me fui sin mirar atrás. Quería volar de allí, comenzar una nueva vida y ver las cosas desde otra perspectiva. Estaba cansado de la misma calle, la misma gente y de aquel ecosistema en el que estábamos anclados.... supongo que la madurez me estaba acogiendo en sus brazos.

Hoy, miro con mucha nostalgia aquella época y aquellas calles se han ido haciendo más y más grandes junto a todos aquellos personajes dentro de mi. Ahora he visto más mundo, he conocido mucha más gente, he salido muchas veces fuera de España y conocido otras culturas y formas de pensar. Vivo en un barrio con amplias avenidas del que salgo y entro la mayoría de las veces montado en el coche. No conozco a los dueños de los mil y un bares que hay en mi actual barrio, no tengo un "Jusé" de conserje y apenas sé quienes son mis vecinos. Echo de menos mi ecosistema de calles estrechas, bajar a la calle y que todo el mundo me salude, sentarme en la escalera esperando a que salga Juan con su silla y entrar a su tienda a ver las chicas desnudas de sus revistas, ver como los veteranos del barrio juegan a las cartas, coincidir con un vecino en el ascensor y que nos den las mil hablando en el rellano, que sea "la Conchita" la que me venda el Phoskito" y no cogerlo de la estantería del supermercado..... en definitiva, mi vida es mucho mejor en la mayoría de los aspectos pero echo de menos ese "Tú a tú", esa familiaridad. Esa cercanía con la gente que la vida moderna está echando por tierra.

Me encanta volver al barrio sumergido en mis canciones favoritas y recordar de donde vengo, me ayuda a saber a donde quiero ir.

Mike.












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