miércoles, 29 de agosto de 2012

RUTA COSTA OESTE EEUU. DÍA 8. RUTA 66.

06:30 de la mañana. Me arrastro hasta el baño. Maku remolonea en la cama mientras abro la puerta de la habitación. Vivir en una planta calle te da una sensación total de libertad. El hecho de abrir la puerta y respirar calle bajo el cielo, hace todo mucho más fácil. Sin necesidad de atravesar un rellano, coger un ascensor...la vida se ve con otros ojos a ras del suelo. Supongo que esto comienzas a valorarlo cuando te has pasado la mayor parte de tu vida viviendo en un tercero.

Cargo las maletas en el coche. El cielo está gris. Hace algo de frío. Aquí en Los Ángeles ha hecho todos los días prácticamente el mismo tiempo. Nublado al amanecer, con calima americana. El sol no se ve del todo hasta las once, dando paso al calor. Y al atardecer comienza a refrescar, lo justo para esconderte bajo algo fino de manga larga.

Lleno la nevera de hielo. Y tras picar algo en nuestro último desayuno en Los Ángeles, ponemos rumbo a Barstow. Son las 07:15 de la mañana y hay un tráfico imposible. La radio suena a todo trapo. La mayoría de los conductores degustan uno de esos cafés en vasos de cartón. El entramado de autopistas al salir de la ciudad es una ratonera. Poco a poco la ciudad va quedando atrás. A la vez el tráfico se vuelve ágil e incluso somos capaces de ponernos a 65 millas de velocidad. Ahora sí, estamos en ruta. Capto con la cámara de vídeo más imágenes para el documental que queremos montar a la vuelta, con todos los detalles del viaje. Mi sudadera ya viaja en el asiento de atrás. Sigo con la gorra que compré en san Francisco sobre mi cabeza.




Paramos a comprar provisiones en un supermercado justo antes de introducirnos en el desierto. Junto a la entrada, un tipo habla consigo mismo mientras fuma algo. Clava su mirada en nosotros deteniendo su conversación y prosigue tras inhalar otra calada. El súper tiene todo a 0´99 $. Nos hacemos con un par de bolsas enormes de patatas y algo de bebida. Estamos preparados para introducirnos en la nada. Nevera con provisiones y el tanque de gasolina lleno.

Dos horas después y en mitad de un paisaje donde solo hay polvo naranja y cielo azul atravesados por una carretera infinita sin curvas, aparece Cálico. Un pueblo fantasma que sirve como reclamo turístico. Nos cobran 6 dólares por barba por entrar. Es un pueblo muy pequeño recreado en el viejo Oeste americano. Con la oficina del Shérif, el salón, la barbería, la tienda de botas...el contraste del polvo anaranjado con el azul clarito del cielo, embriagan el lugar de cierta magia. Maku y yo jugamos a ser Clint Eastwood. Yo escupo mejor, pero ella es infalible sacando el revolver.





El calor es asfixiante. La humedad ha desaparecido por completo. Las gotas de sudor corren una maratón sobre nuestros cuerpos. Nos entretenemos sobre un par de esas mecedoras antiguas que descansan en un porche a la sombra. Tiramos doscientas fotos. Volvemos al coche. El depósito sigue prácticamente lleno. Decido llenarlo del todo por temor a quedarnos tirados en mitad de la nada. Antes de venir, leímos en un foro que aconsejaban llenar el depósito cada vez que te cruzases con una gasolinera si realizas esta ruta, ya que hay grandes tramos sin surtidores.

Rumbo a Kingman. Cambiamos de conductor. En un viaje de este tipo es clave que tu pareja o acompañante sepan conducir. El cansancio se divide entre dos. Es muy cómodo conducir por aquí. La carretera es una interminable línea recta. El asfalto tiembla al otro lado del cristal, como en esas películas de desiertos y camiones, donde el calor es salvaje. Creo que esto lo he dicho ya antes, pero soy el peor copiloto que os podéis echar a la cara. Me invento canciones, grabo mil vídeos, lleno la memoria del móvil con fotos para instagram...y siempre termino haciendo el idiota. La verdad es que mis gilipolleces hacen el viaje mucho más ameno.

Atravesamos el desierto de Mojave. Dos plátanos, una caja de galletas, una bolsa de patatas, cuatro litros de agua y cinco paraditas para pis después, al fin llegamos a Kingman. Y nuestros estómagos continúan reclamando comida. Entramos en el mítico Mr Z. Hamburguesería mítica de la antigua Ruta 66. El local está decorado como antaño. Dejamos de estar en 2012, para engullirnos una deliciosa hamburguesa en los años 50/60. El restaurante está lleno. Fuera siguen llegando coches y camiones.







Salimos a ver la exposición de coches y motos míticas que hay justo a la salida. Un hombre charla con nosotros sobre la enorme locomotora que cruza la calle. Una de esas locomotoras que atravesaban el desierto en las antiguas películas del Oeste. Estados Unidos es un lugar mágico. Tras cada esquina, tras cada rincón, se esconde algo de magia. Un País de película.

Tras hacer una breve pausa en Seligman, y tras un par de horas al volante, al fin llegamos a Williams. Haremos noche en el motel Súper ocho, situado justo en la entrada del pueblo. Prácticamente en el bosque. La recepcionista, una señora muy amable entrada en años, se interesa por nuestro viaje. Nos da la llave con una enorme sonrisa. "Welcome".





Tras dejar la maleta en la habitación bajamos al pueblo. Williams es un lugar precioso. Las calles están mucho más concurridas que los pueblos que hemos ido recorriendo a lo largo del día de hoy. Suena música country constantemente. Estar rodeado de música, es siempre un buen plan. Mucho cowboy y sobre todo moteros que viajan sobre sus Harley Davidson recorriendo la mítica 66. Le preguntamos a un auténtico vaquero si conoce un buen lugar donde poder cenar. Nos recomienda encarecidamente que vayamos a un lugar donde sirven la mejor tarta de EEUU.

Termino cenando pollo rebozado con pure de patas y Maku devora unas chuletas muy hechas. Decido no tomar tarta por miedo a reventar allí mismo. Los platos en EEUU son a lo grande, muy a lo grande.

Volvemos al Motel con el cansancio trepando por nuestras espaldas. Me pierdo bajo la ducha tratando de recordar las horas que hemos conducido. Siete horas de desierto. Tres de ellas de copiloto. El viaje continúa, mientras las tarjetas de memoria y nuestros corazones se llenan de recuerdos imborrables. Mañana visitaremos el Grand Canyon. Me duermo siendo el protagonista de mi propio Western.





martes, 21 de agosto de 2012

RUTA COSTA OESTE. DÍA 7. LOS ÁNGELES.

El sonido de una ambulancia vuelve a sacarme de los pelos de otro plácido sueño. He dormido muy profundamente. La extraña calima de Los Ángeles oculta el sol. Hasta las 12:00 no comienza su turno. Me asomo fuera para ver si la ambulancia sigue allí. Descubro el secreto de tanto trajín de sirenas. El Motel se encuentra frente a un hospital. Misterio resuelto. Antes de entrar de nuevo en la habitación, charlo con una fluidez abismal (en inglés) con un tipo que como yo, ha salido a curiosear. Uno de esos tipos con mucho mundo sobre los hombros. Me cuenta que ha recorrido varias veces los EEUU y que actualmente vive en Canadá. Me hubiese quedado hasta las once de la noche escuchándole hablar sobre Guetos, Chevrolets y árboles tan altos que casi pueden arañar el cielo, pero el rugido de mi estómago me lo impide. Es hora de desayunar.

Antes de meternos en el coche rumbo a Venice Beach, decido llenar la nevera de corcho de hielo, para tener bebida fría durante el día. Todos los moteles en los que hemos estado hasta ahora disponen de máquinas gratuitas de hielo.





Ahora si, rumbo a Venice¡¡ El tráfico es intenso. Antonio (nuestro GPS) vuelve a sacarnos por el ramal de autopistas con dibujos imposibles. La Radio suena a tope dentro del coche. De repente comienzan a sonar los Hombres G, un trago de España en lo más profundo de California. Berreamos el "Te quiero" de los G hasta quedarnos sin voz. El único grupo español que hemos escuchado durante todo el viaje ( y nos hemos chupado 4000 km de radio). El calor es asfixiante.

Llegamos a Venice. Encontramos un sitio junto a la playa, en un Parking justo enfrente de una tienda que vende tablas de Surf. Un policía negro enorme le explica a gritos a un conductor que con dos segundos que se retrase en echar la moneda correspondiente, se verá en la obligación de multarle. Nos repite el mismo discurso nada más poner el pie en el suelo. Yo me río en silencio. Cuando veo a alguien blasfemar de esa forma me entra siempre una incomoda risa que no soy capaz de controlar. Me ocurre esto desde que era pequeño.

El Paseo de la playa de Venice es de lo más pintoresco. Se encuentra invadido de locales de comida rápida, tiendas de souvenirs y unos extraños centros médicos con una enorme hoja de marihuana en la fachada, donde alguien te ofrece un panfleto, y si reclamas cualquier tipo de dolencia puedes salir con  tus gramos en el bolsillo. Venice huele a María. Gente corriendo. Golpeando enormes sacos de arena, y levantando decenas de kilos en el famoso "Muscle Center"; un gimnasio al aire libre, del cual salió Arnold Swachenezguer. Pero lo que más nos llama la atención, es la cantidad de gente extraña que hay por aquí. Gente que ha perdido la cordura totalmente, de aspecto hippy y desaliñado. La mayoría tienen un chiringuito montado, donde a cambio de fotografiar su "obra", tienes que echar un par de dólares en los botes vacíos de tomate frito. Me llama la atención, un tipo que ha vestido a su perro con camisa hawaiana y gafas de sol. El animal permanece panza arriba inmóvil. De vez en cuando saca su larga lengua, avisando de que no es un perro de broma. Sus uñas pintadas sostienen un cartel que reza: "Deja aquí tu dinero. Esto no es Disneylandia.




Un tipo se desgañita la garganta bailando acaloradamente a través de la música que le llega a través de un destartalado walkman. Un grupo de raperos nos ofrecen su disco por cinco dolares. Dos chicas sin dientes se susurran cosas al oído. Y un mendigo enorme grita a unos chavales que patinan con su skate cerca de él, porque no le dejan conciliar el sueño. Más adelante, un grupo de chavales tocan el "Here come the sun" de The Beatles. Venice tiene  un encanto especial. Aquí la gente vive a su aire, bajándose del mundo real. Han creado un micromundo donde todo da igual. Donde todo el mundo sonríe, da igual que tengas los bolsillos vacíos, no tengas casa y no sepas si vas a cenar...esto solo lo he visto en Venice.


Decidimos buscar un súper donde poder hacernos una ensalada. Nuestro cuerpo comienza a pedirnos comida sana. De camino a Santa Mónica encontramos un Wholefood. En esta cadena de supermercados tienes la opción de prepararte tu propia ensalada. Tienes a tu alcance todos los tamaños e ingredientes que quieras. Cuando cierras tu cajita, la pesan y te cobran. En Estados Unidos es todo mucho más fácil. Sobre todo si se trata de comprar.

Aparcamos en el muelle, junto al famoso parque de atracciones y decidimos bajar a comer sobre la arena de la playa. A escasos metros de la caseta del vigilante. Un grupo de gaviotas miran de reojo nuestra comida, sin atreverse del todo a acercarse a nosotros. Hay unas olas impresionantes. Estoy enamorado de esta playa. No es la más bonita, ni la más limpia, y tiene bastante ajetreo....pero tiene una magia que no ofrecen las demás. Nos tumbamos a descansar un rato sobre la toalla. Lo último que ven mis ojos antes de caer en un corto y placentero sueño, es un niño de unos seis años y unos 60 kilos de peso, ayudado a caminar por su padre, otro mostrenco de no menos de 120 kilos.

A la media hora despertamos con la marca del sol de California tatuada en la cara y las piernas. Nos hemos quemado. Recogemos el campamento y caminamos hacia Promenade Street; una calle llena de tiendas, y de artistas callejeros. Caigo rendido ante la voz de un chico que acaricia su guitarra acústica, versionando hits actuales escondido bajo una boina negra. Nos sentamos a escucharles mientras devoramos el enésimo frapuchino de starbucks. Tras recorrer una a una todas las tiendas con ropa surfera y skater, me hago con un par de camisetas. Guardo mis escasos dólares para tratar de comprar en los famosos Outlets de Las Vegas.  A Maku le encanta la Promenade Street. "Tiene el rollico de los Paseos marítimos".






Recogemos el coche y salimos de Santa Mónica. Volvemos al mismo súper donde hemos comprado la comida para coger algo de cena. El cansancio comienza a aparecer. Los días son intensos y comienzan demasiado pronto. No le damos tregua a California, el cansancio a nosotros tampoco. Tras caer presos de otro atasco más, paramos en una gasolinera donde unos chinos pasan la tarde haciéndole fotos al surtidor. De repente aparece de la nada un coche que se cae literalmente a trozos, con cinco negros dentro. Los ocupantes parecen salidos de la peli "Los chicos del barrio". Muy americanos. Muy cinematográficos. Coincido con uno de ellos a la hora de pagar. El tipo suelta sus dólares andando muy a lo rapero. Abandona la gasolinera en su destartalado coche mientras la matrícula trasera sigue suspendida en el aire colgando de un hilo. El sol comienza a caer desde lo alto de Los Ángeles.

Una vez en el Mótel, y tras tratar de quitarnos el cansancio con una ducha, Maku habla con sus padres a través de Skype. Yo mientras tanto trato de hacer la maleta. La habitación, parece el camarote de los Hermanos Marx. El desorden nos sigue en cada viaje que hacemos. El sueño nos vence. Última noche en Los Ángeles. Esta ciudad es como el primer beso, te deja una huella imborrable. Comencé odiándola y he terminado amándola con todas mis fuerzas.