martes, 26 de junio de 2012

RUTA COSTA OESTE EEUU. DÍA 5. RUMBO A LOS ÁNGELES.

El despertador comienza a gritar a las cinco en punto de la madrugada. Hoy nos toca apechugar después de la gran Miguelada que hice ayer. Tres horas de regreso hacia Carmel en busca de la mochilita de nuestra cámara de fotos, con parte del equipo. El sueño me tira del pelo arrastrándome de nuevo hacia la cama. Consigo vencerle. Cargamos las maletas en el coche, que nos espera al otro lado de la puerta, cubierto de escarcha. Todavía es de noche. Apenas hay tráfico. Desayunamos al volante, al más puro estilo americano. Un zumo y 3 ó 4 donuts después ya tengo la cabeza algo más despejada. Maku sigue Off. Su cabreo ha disminuido.

Paramos a echar gasolina. Tres dólares con sesenta el galón (unos cuatro litros de gasolina). La dependienta nos despide con una sonrisa enorme, y el ya típico: "Qué tengan un buen día". Me encanta que me digan eso, me hace sentirme como en una película. Aquí en España te puedes dar con un canto en los dientes si te dedican un: "Qué vaya bien", sin tan siquiera mirarte a los ojos. En EEUU la gente que trabaja de cara al público, son gente agradable, simpática,,,gente hecha para tratar bien al cliente.




Al fin llegamos a Carmel. Maku decide grabar el histórico momento de la devolución de nuestras cosas: "Después de la que has liado, que menos que inmortalizarlo en vídeo". Dentro del restaurante nos atiende una chica con los ojos más verdes que haya visto nunca. Una enorme sonrisa nos desea de nuevo que tengamos un gran día. Cogemos una par de cafés para llevar y nos ponemos rumbo a Los Ángeles. Maku se pone al volante. Son las ocho en punto de la mañana y llevamos ya tres horas de coche sobre la espalda. Antonio encuentra las coordenadas rápidamente. La verdad es que aquí en EEUU, el GPS está funcionando a la perfección. Dentro de cinco horas y media habremos llegado. Olvidarnos la mochila en el restaurante a supuesto dejar de visitar Santa Bárbara. Quizás más adelante, en otro viaje, tengamos ocasión de volver.

El camino es cien por cien americano. Nada que ver a la conducción y a los paisajes a los que estamos acostumbrados en nuestro País. Carreteras con 400 kilómetros de recta, sin una sola curva. Ranchos de ganado a uno y otro lado. El cielo continúa sin tener nubes. Y los camiones siguen volando a más de ciento diez kilómetros por hora. Camiones espectaculares. Llegamos a un tramos donde se divisan unos lagos estancados sobre la arena. Unas millas más adelante un ciervo yace en medio del asfalto. Nos vamos cambiando al volante cada hora y media o dos horas para tratar de hacerlo más ameno. Los ratos de copiloto son los peores. Maku aprovecha para pintarse las uñas, yo actualizo lo que hoy podéis leer. Y cuando no hay nada que hacer, ni qué comer, ni que beber...comienzo a ponerme nervioso. Seguramente estéis ante el peor copiloto del mundo. Enseguida comienzo a dar guerra, a hablar sin parar, a cantar, a bailar....A hacer cualquier tipo de cosa con tal de matar el tiempo. A ratos doy cabezadas, dejando descansar la paciencia de Maku. Salto de emisora en emisora tratando de buscar buenas canciones. Aquí es fácil. Siempre está sonando algo que nos guste. Y el acento americanísimo de los locutores le suman gran autenticidad a nuestra gran ruta.

Nos acercamos a Los Ángeles. El trafico se hace más y más denso. Los enramados de las autopistas comienzan a adquirir dificultad 10. Finalmente esas cinco horas y media que marcaba el GPS se han quedado en apenas tres y media. Es la hora de comer. Decidimos comernos la hamburguesa más picante del mundo en el extraradio de la ciudad. La temperatura ha subido hasta los 85 º farenheit. Nos marchamos directos a ver el mítico cartel de Hollywood. Las autopista pasa a tener 6 carriles por dirección. Salida Hollywood, es la nuestra. Subimos por la colina atravesando casas de lujo. Los EEUU de las películas. Muchos japoneses fotografiando absolutamente todo. Maku sigue con la cámara de fotos, yo me encargo de la de vídeo. Llegar al punto de vista y tener el famoso letrero delante hace que un cosquilleo recorra mi cuerpo. Lo he visto un millón de veces por televisión, tengo la extraña sensación de haber vivido ya este momento (me pasó igual cuando fuimos a New York) y también la de estar viviendo un sueño. Pero no, estamos aquí. Haciendo real el sueño de nuestra vida.



El calor es asfixiante. Haberle ganado tanto tiempo al trayecto, nos permite adelantar la visita al observatorio Griffith, que teníamos prevista para mañana.

Subimos colina arriba entre lujosas mansiones. De repente el ritmo de una batería escapa de un garaje con el portón semiabierto, se acopla inmediatamente un riff de guitarra. Obtengo una visión de lo que un día fue mi sueño; ser ciudadano americano, vivir en una lujosa casa y tener una banda de rock con la que ensayar en el garaje. Mis aspiraciones han variado, pero vivir en EEUU sigue siendo la joya de la corona cuando me propongo soñar muy alto. Justo antes de llegar, un par de chicas le sonríen a la vida desde el interior de un Chevrolet descapotable. Parecen las dos típicas chicas populares del insti, que tanto nos han mostrado en las películas. Sus cabellos dorados se pierden calle abajo.

Tras probar fortuna por tres caminos diferentes, al fin damos con la entrada adecuada. La inmensa ciudad de Los Ángeles descansa bajo una enorme nube de contaminación. Antes de llegar al horizonte y ocultando el mar, un grupo de rascacielos se estiran hacia arriba todo lo que pueden. Tengo de nuevo la sensación de haber estado aquí antes. La ciudad es inmensa, no se ve el final. Y sus calles y manzanas son de una simetría perfecta. Tiramos un millón de fotos. El sol y el calor aprietan cada vez más fuerte.



Decidimos ir en busca del hotel para hacer el checking. Estamos alojados en West Hollywood. A priori, nos parecía una pasada estar alojados allí. Pero la verdad es que cuando llegas, la realidad es otra. El ambiente en la calle no es el idóneo. Muchos mendigos que han perdido completamente el norte caminan ensimismados de un lado a otro. Un coche repleto de negros nos dedica una mirada asesina desde el rojo de un semáforo. En la otra acera, un loco discute acaloradamente con una de las palmeras del paseo. No parece el sitio más recomendable para pasear cuando la luz comienza a escasear.

Optamos por darnos un chapuzón en la piscina del Motel. El agua está helada, pero me sienta francamente bien. Nos proporciona la energía justa, para ir a buscar algo de cenar. Atravesamos 3 ó 4 avenidas enormes. En las aceras solo se ven restaurantes asiáticos y mexicanos. Mis ojos buscan hamburguesa o Pizza, lo que aparezca antes. Gana la Pizza. El restaurante está situado junto a un viejo gimnasio. A través de la cristalera un mostrenco de dos metros más negro que el tizón aporrea a puñetazo limpio uno de esos enormes sacos llenos de arena. Un coche destartalado descansa sobre la misma acera. El sol casi ha desaparecido por completo. Pillamos un par de pizzas para llevar. Los camareros son gente muy amable. Uno de ellos; el italiano, nos comenta que vivió un par de años en Gerona. "Tengan cuidado con Los Ángeles, aunque crean odiarla, acabarán amándola". Nos grita uno de los camareros cuando estamos a punto de salir.

Al fin llegamos al Motel, tras devorar una ensalada y un par de pizzas, los ojos comienzan a pesar. Llevamos en pie desde las cinco de la mañana y nos hemos chupado casi ocho horas de coche. Nuestros cuerpos no pueden más. Caemos rendidos sobre la enorme cama. Embriagados por el olor a moqueta y tabaco que escupe la habitación.





miércoles, 20 de junio de 2012

RUTA COSTA OESTE EEUU. DÍA 4. EL BIG SUR.

El goteo de la ducha me hace ponerme en píe a las cinco de la madrugada. El sol se asoma con timidez al otro lado de la ventana. El parking se ve todavía muy oscuro. Me meto de nuevo en la cama. A las 7.00 mis ojos se abren de nuevo. Me despierto con ganas, dejando el sueño junto a la almohada.

Hoy el desayuno está lleno de asiáticos. Nuestro último desayuno es San Francisco. Las últimas rebanadas de pan con queso Philadelphia. Abandonamos la ciudad del Golden Gate. Dos sensaciones se dan de bofetadas dentro de mí; por un lado me quedaría aquí un mes más, disfrutando de esta preciosa ciudad. Por otro...tengo ganas de seguir descubriendo América. Alcatraz, el Golden Gate, Sausalito, el cable car.....todo queda atrás.

Mucho tráfico sobre el asfalto. Dirección Santa Cruz. Un pueblo famoso por ser conocido como cuna del Surf, con permiso de San Diego. El frío se pega al otro lado de la ventanilla.




Llegamos temprano a Santa Cruz. Demasiado temprano. Aparcamos el coche junto a la entrada de la playa. Junto a ella un mini parque de atracciones simula ser Santa Mónica. Entre dos coches, tres chicas de tamaño considerable se ríen a carcajadas, con la piel rojiza por los rayos del sol. En cien metros caminando nos topamos con tres mendigos y un grupo de latinos que nos murmuran algo desde lejos. El ambiente no es demasiado acogedor. Falta media hora para que abran el parque. Decidimos tirar un par de fotos sobre la playa. Me encanta la caseta del vigilante. No nos despegamos del jersey. Al otro lado de la playa se monta un escenario gigante. Esta noche va a haber un concierto multitudinario sobre la arena. Uno de los que están ahí organizando se sienta junto a nosotros a charlar. Le encanta nuestro acento. Yo pillo lo que puedo de su inglés ultra- americano. Comenzamos hablando de España, tratando de situar Zaragoza en el mapa mundi de su cabeza, seguimos con EEUU y terminamos la conversación en el último disco de Blink 182. Me encanta este tipo de gente que tiene medio mundo en sus espaldas.

Nos volvemos al coche. Hay que continuar con el viaje. Quizás por ser demasiado temprano o quizás porque lo había idealizado demasiado. Pero Santa Cruz se convierte en la primera mini decepción del viaje (probablemente la única).



Tres cuartos de hora después llegamos a Monterrey. Un pueblo más grande. Más animado. Más bonito. Decidimos visitar la zona de "Fisherman`s Warft", una zona comercial sobre un dique de madera. Una colonia de leones marinos descansa sobre una plataforma bajo el muelle. Sus gritos llenan el cielo. Tres pelícanos captan la atención de decenas de cámaras que tratan de inmortalizarlos. Preciosos. Monterrey es una ciudad a la que quizás había que dedicarle algo más de tiempo. Pero el viaje continúa.



La próxima parada es Carmel. Un pueblo famoso porque tuvo como alcalde al gran Clint Eastwood (mi actor favorito). Carmel es el pueblo donde todo americano (y no americano) desearía vivir. Cerca del mar, junto a grandes bosques, con enormes y preciosas casas, tranquilo...se respira bienestar. Se respira vida y felicidad. La gente camina sonriente por las aceras. Carmel se convierte en el pueblo más bonito que he visto nunca, colándose delante de Sausalito (San Francisco). Decidimos comer en una pizzería que hay al final de la calle. No me gusta la masa fina en las Pizzas. Las mejores pizzas que he probado nunca me las he comido en New York, durante nuestra luna de miel.

Nos ponemos de nuevo en ruta. Una ardilla aparece de repente en el espejo retrovisor. Nos dice adiós. Rumbo al Big Sur. Preciosos acantilados bordean la carretera. El paisaje es espectacular. A tramos abrimos la boca por el peligro, y a tramos por la belleza que nos ofrece el paisaje. El coche se llena de alegría y felicidad. Conducimos bordeando el Pacífico mientras la radio escupe Los Beach Boys, y esta canción que no para de sonar a todas horas aquí.

Cuando pensábamos que el paisaje nos lo había ofrecido todo, EEUU nos vuelve a sorprender. De repente una enorme colonia de leones marinos descansa sobre la playa. Apenas se ve arena. Es precioso poder verlos en su habitat natural. Dos machos pelean por conseguir a gritos el cortejo de la hembra. Una cría se aventura a sumergirse bajo el agua. El olor no es muy agradable, pero estamos ante un espectáculo único. Pocas veces podremos volver a ser espectadores de semejante espectáculo natural.





Las vistas del recorrido junto al Pacífico han merecido la pena. Pero nos ha dejado a los dos hechos polvo. La tensión al conducir tan despacio frente al filo del precipicio ha desgastado considerablemente nuestras fuerzas.

El cielo está totalmente enrojecido cuando al fin llegamos a Arroyo Grande. Decidimos dejar las maletas en el hotel antes de buscar un sitio para cenar. Falta una bolsa. La mochilita de nuestra cámara de fotos no está.
Nuestra Nikon aparece sobre el asiento trasero del coche, pero la bolsa no y dentro de ella iban el cargador, baterías, varios objetivos. Hago memoria y mi cabeza va directa a la Pizzería donde hemos comido. En el precioso pueblo de Carmel. Aquella ardilla en mitad del camino no me decía adiós, me estaba gritando que olvidaba mis objetivos. El cabreo es monumental. Mediante el ticket de la comida damos con el número de teléfono. Maku llama. Tienen la bolsa. Mañana a las 8:00 de la mañana debemos estar allí para que nos la den. Eso significa que a las cinco en punto debemos partir. Tenemos 3 horas de viaje en el retroceso a Carmel. Y después iremos dirección Sureste hacia los Ángeles, cuando lleguemos llevaremos en la espalda 9 horas de viaje. Esta Miguelada va directamente al Top 2, codeándose seriamente con la vez que traté de depilarme el bigote con cera y tuve que acudir al servicio de urgencias del "Miguel Servet" a que me quitaran aquel enorme trozo de cera ya dura. En fin. Quizás en alguna cena de Navidad entre copas de champagne termine haciéndonos gracia la aventura.



martes, 5 de junio de 2012

RUTA COSTA OESTE EEUU. DÍA 3. SAN FRANCISCO.


Mis ojos vuelven a abrirse de forma automática a las 05:50, fuera ya ha amanecido. Remoloneo media hora más en la cama. Bajamos a desayunar, hoy hay gente algo más amable en el saloncito, incluso nos ceden una mesa. Repetimos el ritual de cereales tostadas, leche, zumo y banana.

Tratamos de meter la dirección del mirador de Twin Peaks en el GPS pero Antonio no da con él. Damos una, dos, tres vueltas al mismo barrio, subiendo al Everest por empinadísimas cuestas y con frenéticas bajadas. Decido parar el coche en seco y bajar a preguntar a unos obreros que realizan trabajos en una de las lujosas casas de la zona. Hablan español (algo no muy habitual en San Francisco). Me indican a la perfección e incluso nos dibujan un pequeño plano sobre un cartón. Gracias Brothers.

Las vistas de San Francisco desde el mirador son espectaculares. En el horizonte se ve la silueta de los enormes edificios, y la extensión de la zona. Muchos autobuses paran aqui con turistas, sobre todo japoneses. Los japonese hacen fotos absolutamente a todo lo que ven, por insignificante que sea. En el interior de un coche deportivo, alguien ha tenido una noche dura. Junto a él, la típica bolsa de papel marrón asomandose desde dentro el cuello de una botella. La imagen del tipo duro de las películas, metido en su coche con una botella en la mano, mientras el sol se pone poco a poco al otro lado de la silueta negra de los edificios.




Nos dirigimos al barrio de Castro. Uno de los símbolos gays de los EEUU. La banderita con los colores gays colgando de cada farola, parejas que pasean su amor por el mismo sexo sin pudor alguno, gente moderna con looks imposibles y muchas tiendas con artículos eróticos. Castro es un barrio muy erótico. Tiene su encanto. Nos hacemos con un Frapuchino de caramelo en el Starbucks y aprovechamos para ir al baño. Camino del coche, un policía saborea tranquilamente desde el interior de su coche una enorme hamburguesa. Llevamos tres días en una película.

Mucha gente que viaja a EEUU y realiza una ruta como la nuestra, alquila el coche una vez salen de San Francisco y ven la ciudad a pie. Yo creo que esta ciudad tiene mucho más encanto, si la ves desde el volante. Parando en el barrio que quieras y sin morir en alguna de sus pendientes. Cunde mucho más y da tiempo a ver muchísimas más cosas. Si venís, os aconsejo verla con coche.

Lo que menos me gusta de San Francisco (además de su clima), es el alto indice de mendigos y de gente que ha perdido la cabeza por completo deambulando por sus calles. Más adelante nos daremos cuenta de que este problema no es solo de aqui. Es algo muy extendido por todas las ciudades y pueblos por los que hemos pasado. La socidad americana tiene demasiados compratiotas durmiendo en las calles, arrastrandose entre cartones, y la mayoria de ellos han perdido definitivamente el norte. Algo que es muy tangible en el barrio de HIGHT ASBURY. Aquí hay que caminar con mil ojos. A ratos dan ganas de salir huyendo a toda velocidad, y a ratos de ofrecer un bocadillo o un par de dolares a esa gente que vaga con la mirada y la esperanza totalmente perdidas.



Entramos a un par de tiendas de ropa de segunda mano. Me pruebo un par de chaquetillas antiguas de chándal muy "poperas", pero huelen muy raro. Decido no comprar nada. Mi imaginación comienza a jugarme malas pasadas y comienzo a notar picores por todo el cuerpo.

- Eso es paranoia tuya cariño, porque te has probado ropa de segunda mano.- Me dice Maku espantando los picores.

De nuevo al coche. Rumbo a ver las "Painted Ladies", famosas por aparecer en la cabecera de la serie "Padres Forzosos". Un parque junto a una serie de casas de estilo victoriano. Un lugar perfecto para vivir. El parque está lleno de vida. Una pareja trata de inmortalizar un beso con una cámara de fotos antigua. dos mujeres conversan animadamente sin apartar la mirada del coito de sus perros. Al fondo del parque se rueda un anuncio con niños. No conseguimos averiguar de que.

Nos adentramos en la zona de "Union Square". Por la radio suena el "Basket Case" de Green day, seguido del "All small things" de los Blink 182. Decidimos entrar a comer a un "Lorys dinner", animados por los comentarios de los foros de viajes. El resultado no es muy bueno. Muy buena decoración, muy americano todo,,,pero la comida resulta bastante regular. Maku se deja la comida en el plato, yo no dejo ni las migas.





Decidimos dar una vuelta en el tranvía. Nos situamos en el punto donde manualmente lo giran, para que circule en dirección opuesta. Hacemos una media hora de cola. Junto a la fila dos raperos bailan mediante acrobacias a ritmo de Eminem. Sentado sobre un surtidor de periódicos un tipo rubio mira al cielo con la mirada totalmente ida y envuelto en un asfixiante jersey de lana blanco. No parece estar muy cuerdo. Su cabeza realiza extraños gestos. Se levanta, se acerca, se va, se vuelve a acercar y todo eso manteniendo una extraña conversación consigo mismo. Al fin nos toca subir al mítico tranvía (5 $ por trayecto y persona). Decidimos ir colgados, como en las películas. A tramos parecemos dos niños en  una atracción de feria, subimos hasta la cima muy muy lentamente, para después observar como la calle se pierde cuesta abajo, ¡muy cuesta abajo!.

El cansancio y el hambre comienzan a aparecer de nuevo. Decidimos ir a cenar al "Joe´s", a comernos uno de esos cubos de cangrejos que sirven en la zona del "Fisherman Warf". De camino aparece de la nada un tipo que me grita sacando la cabeza de un arbusto tirado sobre la acera. Maku se pone como loca de contenta porque el tipo que casi me envía al hospital por paro cardíaco salió en el Callejeros viajeros de San Francisco. Encima me pide dinero por asustarme¡¡¡¡¡El restaurante es un espectáculo en si. Cabe destacar la atención de los camareros, no solo aquí, si no en todo lo que llevamos visto. Nos atiende Mike, un filipino con una cresta brutal en la cabeza. De beber me pido una cerveza enorme. De repente la música aumenta su volumen. Los camareros se detienen, y comienzan a bailar una coreografía digna de estos programas de baile que dan por la tele. Mike es un gran camarero y un gran bailarín. Los cangrejos están exquisitos, pero me quedo con algo de hambre.

Sacamos el coche del parking y nos arrastramos entre la noche rumbo al Motel, con la cerveza bailando en la cabeza. Hacemos las maletas. Mañana partimos rumbo al Big sur. Conduciremos bordeando la costa por los típicos acantilados de California. San Francisco ha dejado el listón muy alto. Solo puedo achacarle el clima. Pero sería una ciudad preciosa para vivir. Quizás algún día....