martes, 23 de octubre de 2012

RUTA COSTA OESTE EEUU. LA VUELTA A CASA.

La alarma del móvil se cuela en la cama. Trato sin éxito de echarla a patadas. Son las 04:30 de la madrugada. Apenas he podido pegar pegar ojo. Maku tampoco. La ansiedad que te crea tener que levantarte a una hora tan temprana, y el follón de la habitación contigua han hecho que apenas podamos dormir.

En mitad de la noche una pareja ha comenzado a discutir con fuerza al otro lado de la pared. Hemos escuchado cristales estrellarse contra el suelo, golpes y gritos, muchos gritos. La pared escupía: "Fuck", "Stupid" y muchos "never". Por un momento he pensado que se trataba de una broma, pero no. Al otro lado de la pared esta noche ha estallado la Tercera Guerra Mundial. Ha sido horrible. No he conseguido escuchar una voz masculina. Solo se oía la estridente voz de una mujer que entre sollozos arrasaba con todo lo que pillaba. Hubiese salido de la cama, hubiese tocado en su puerta...pero el no control del idioma en una situación así me ha hecho recular. El resultado: plantarle cara a un viaje de vuelta a casa de más de 14 horas, sin haber pegado ojo en toda la noche.

Comemos algo rápido y cerramos las maletas. La nevera no puede acompañarnos. Nuestra nevera de corcho con su playa dibujada en un lateral. El producto que nos ha salvado la vida. Ni la nevera de mi casa aguanta tan bien el hielo como ella. Por un momento valoramos la idea de facturarla y llevárnosla a España. "Cariño, no podemos facturar algo que nos ha costado 11 dólares, y que posiblemente llegue echa añicos. Es de corcho". El sentido común nos hace dejarla ahí, sobre la mesita.

Fuera hace un frío que pela. Realizamos el último trayecto a bordo del precioso "Ford Space" rojo. Lo llevaremos al Parking, y una vez allí un autobús nos llevará hasta el aeropuerto de Los Ángeles. Allí un avión con transbordo en Charlotte nos llevará hasta Madrid, y en Madrid embarcaremos en un AVE con rumbo a Zaragoza.

Dejar el coche en el depósito nos resulta duro. En medio de la madrugada, dejamos nuestro fiel "caballo". Un caballo rojo con el que hemos recorrido más de 4000 kilómetros atravesando California de Norte a Sur, y gran parte del Oeste de Estados Unidos. Una lágrima se me escapa mejilla abajo. Le he cogido cariño a ese coche. Tan grande (yo que odiaba los coches grandes con todas mis fuerzas), tan cómodo, con sus bandejitas donde reposar tus enormes refrescos. Su matrícula californiana. Su divertido "Pip- pip". Echaré mucho de menos el cambio automático y el cargar de todo en el coche sin mirar el tamaño y sin preocuparme de si caben o no las cosas. Dejamos en la oscuridad, parte del alma de este viaje. Ha sido un honor cabalgar contigo amigo. Buen viaje.

El operario revisa el coche y nos da el Ok. Está todo en orden. Subimos al autobús que en media hora escasa nos deja en el aeropuerto. Falta una hora para que nuestro vuelo despegue. El tiempo justo para un último STARBUCKS.

Con nuestro café en la mano, hacemos tiempo sobre los bancos. Una familia vuelve a casa después de pasar unos días en casa de los tíos. Los Tíos de Los Ángeles que invitan a los sobrinos de Charlotte para que pasen con ellos un par de días. La situación similar en España sería la de los tíos de Barcelona que invitan a los sobrinos de Zaragoza a pasar unos días con ellos. Me quedo con Los Ángeles. Me quedo con EEUU. No quiero regresar a España. Esta es mi casa, desde pequeño he querido ser americano. No dejo de pensar en mi todoterreno rojo, en mi nevera de corcho....en esas cosas que han sido nuestras aquí, y que ya no lo son.

Nos avisan para embarcar. Subimos al avión. Maku en la ventana, yo junto a ella y a mi izquierda una abuela muy menuda que se va a tener que levantar cada vez que quiera ir al lavabo.

Pierdo la noción del tiempo con la mirada perdida al otro lado de la ventanilla. Recorro lo vivido durante estos casi catorce intensos días, y no puedo evitar sentir una cierta nostalgia y tristeza porque esto llegue a su fin. He llegado a sentirme americano. Nos hemos sentido en casa. El hecho de conducir, de comprar en el súper, de realizar algo tan rutinario como echar gasolina, te dan la sensación de estar recorriendo tu propia ciudad. Recomiendo encarecidamente que si algún día alguno de vosotros tiene la suerte de hacer este viaje, lo haga alquilando un coche. Sin guías. Sin condicionar los días a visitas guiadas. Si podéis, hacerme caso y vivirlo a vuestro aire, con vuestro coche y con vuestro propio itinerario. Esto para mí ha sido un factor clave. Estados Unidos es un País para verlo libre.

He venido enamorado de USA y me vuelvo a casa con una obsesión importante. Me he encoñado todavía más de mi musa. América.

Me llevo: La experiencia. Un sueño cumplido. Más de 6 horas de video grabadas. Casi dos mil fotos. La certeza de que mi mujer es la compañera perfecta de viaje. Otra certeza más, mi inglés necesita mejorar con urgencia. Los americanos no comen tan mal como creemos. Son mucho más cívicos que los españoles, aunque algunos se esfuercen en opinar lo contrario. Las mejores hamburguesas que he comido en mi vida, me las ha servido Estados Unidos, concretamente San Francisco y Las Vegas. El mejor perrito del mundo los sirven en PINKS, Los Ángeles. Un kilo y medio de más (solo¡¡¡). Cuando cambie de coche sé perfectamente lo que quiero. Necesito volver. Que a la playa de Santa Mónica también entran personas como tú y como yo, con nuestros defectos. Que el tipo que vigila la playa también es como tú y como yo. Que Santa Mónica tiene el atardecer más bonito que he visto jamás. Que los leones marinos huelen que apestan, pero son adorables. Que en San Francisco hace mucho frío. Que Alcatraz es preciosa. Que las gaviotas ganan enteros para convertirse en mi animal favorito. Que cuanto más salgo, menos gusta España. Recupero la gorra como complemento ideal. También recupero las Vans. El Oeste es grandioso. Clint Eastwood es mi actor favorito. El Paseo de la fama es feo, sin glamour. Los Ángeles crea adicción. La odias a primera vista, pero te seduce poco a poco....y me llevo sobre todo el haber acariciado uno de mis sueños, y haberlo tenido sobre las manos durante estas dos semanas. Volveré pronto.

Espero que os haya gustado nuestro diario. Gracias a tod@s¡¡¡ 

Hoy no dejo fotos, hoy dejo algo mejor. Os dejo el trailer del documental que hemos montado a la vuelta con todo el viaje. El montaje original dura 40 minutos¡¡¡ 







jueves, 18 de octubre de 2012

RUTA COSTA OESTE. DÍA 13. DE VUELTA A LOS ÁNGELES.

A las 07:30 el despertador comienza a gritar. Debo cambiarme de una vez el insoportable sonido que trae de serie el móvil. Cosa que nunca termino haciendo porque si me pongo una canción termino odiando a muerte esa canción. Mi cuerpo está completamente pegado al colchón. Mis párpados también. Tras un esfuerzo titánico me despego de la cama. Hoy tenemos una jornada dura de carretera. La última.

Tras desayunar algo rápido en la misma habitación, decidimos bajar a darnos un último baño en la piscina. Nos metemos en el Jacuzzi aprovechando que está vacío. El sol todavía no aprieta con demasiada fuerza. No pretar con demasiada fuerza, quiere decir que son las 08:00 de la mañana y tenemos 30 grados (centígrados).

Tras mentalizarnos durante media hora sobre las tumbonas del caos que se nos viene encima, nos armamos de valor y subimos de nuevo a la habitación.

Recogemos las maletas. Recoger las maletas del hotel es siempre triste. Termina el viaje, tu estancia. Y los viajes, por regla general (al menos los nuestros) son divertidos a tope. Durante este viaje hemos recogido la maleta al menos cinco veces. Ya tenemos callo. Cargo nuestra fabulosa nevera de corcho de hielo, y nos aventuramos ascensor abajo rumbo a la recepción. El Hall del hotel es el caos más absoluto. Gente cargada de bolsas y maletas caminando hacia todas las direcciones. Es jueves. Se aproxima el fin de semana. Y las Vegas, durante el fin de semana es la locura mundial.





Tras hacer media hora de fila, conseguimos hacer el "Checkout", dejamos de ser clientes del Hotel. Me quedo en la recepción mientras Maku va a buscar el coche. Un par de limusinas aparcan justo en la puerta. Una de ellas es uno de esos enormes hammer. Se bajan una veintena de chicas dispuestas a darlo todo. En el Parking hay tres empleados que se dedican exclusivamente a dirigir el tráfico. Suena el pito de nuestro coche. Abro el maletero y cargo todo. Nos vamos. El enorme letrero del CIRCUS CIRCUS con el siniestro payaso dando la bienvenida a todo el mundo, se hace más y más pequeño en el retrovisor. Junto a él, van menguando los enormes edificios. El  "New york, New York", el "Caesar Palace", todo se hace pequeño hasta que finalmente desaparece. Nos encontramos de nuevo y como por arte de magia en medio del desierto. Dentro de 4 horas habremos llegado de nuevo a Los Ángeles.

Aprovecho para dar una cabezada. Al rato, el hambre se cuela en mis sueños. Aparece una sabrosa hamburguesa con alas merodeando alrededor de mi cabeza.

- Un Peggy Sue´s cariño¡¡¡

El grito de Maku hace cumplir mi sueño. Un auténtico Dinner de los años cincuenta aparece del asfalto para que nos demos un atracón. Paramos. La música de estos sitios es espectacular. Las camareras parece que han escapado de la película de "Grease", perfectamente conjuntadas. Dentro del Peggy Sue´s no existe el año 2012. Aquí dentro comemos en 1954. Como McFly en "Regreso al futuro". La hamburguesa exquisita. Nada que ver a la cadena de Peggy Sue´s que circulan por España.

Rumbo a la carretera. Me toca al volante. Maku saca sus tickets y su libreta y va anotando gastos aquí y allá. Es lo que tiene haberse casado con una contable. Tras casi cuatro horas de trayecto, la paz del desierto se convierte en tráfico denso. De nuevo el ramal de autopistas con dibujos imposibles de Los Ángeles.




Decidimos ir directos al mercado antes de pasar por el hotel, para comprar la cena. Metemos la dirección de uno de los "Whole Foods" que visitamos hace una semana cuando anduvimos por Santa Mónica.  El GPS juega con nosotros durante una hora y media, guiando nuestro precioso coche rojo de autopista en autopista. El Súper está lleno. Me encantan los Supermercados americanos. Todo tan ordenado, tan visualmente atractivo. Los dependientes son la amabilidad personificada. Nos hacemos con una ensalada y algo para desayunar mañana.

El sol ha caído ya en California. El tiempo refresca. Metemos la dirección del hotel de nuevo en el GPS, Cruzamos los dedos para que no nos diga que estamos a otra hora y media de poder descansar. Nueve minutos hasta el hotel¡¡¡ Nos ha salido la jugada redonda.

Volvemos a los Moteles. Aparcamos en el Parking interno, y subimos a nuestra habitación en la primera planta. Vuelve el olor a moqueta y tabaco. Tras una ducha, cenamos algo más callados de lo habitual. El viaje está llegando a su fin. Estados Unidos se acaba. Revisamos tirados en la cama algunos de los vídeos que he ido grabando desde que comenzó la aventura. La idea es montar un documental a la vuelta si hay material suficiente ( a día de hoy, con el viaje terminado hace unos meses, afirmo que si que hubo material de sobra, y que nos quedó espectacular¡¡¡).

Mañana el despertador volverá a gritar. Esta vez lo hará a las cuatro y media de la madrugada. Dentro de seis horas. Good Night Los Ángeles.


martes, 16 de octubre de 2012

RUTA COSTA OESTE EEUU. DÍA 12. LAS VEGAS.

Hoy decidimos levantarnos un poco más tarde. En lugar de a las siete, nos ponemos en pie a las ocho y media. Los días han comenzado muy temprano desde que aterrizamos en Estados Unidos. Han sido días intensos donde hemos exprimido al máximo cada segundo. Hoy es el primer día en el que podemos decir que tenemos más tiempo.

Hoy no nos entra el desayuno del CIRCUS CIRCUS, así que nos contentamos con un par de Nesquicks y un puñado de galletas que compramos ayer en un súper cercano.

Decidimos tomarnos el día con filosofía. Eso quiere decir que vamos a tratar de levantar el pie del acelerador. Hoy vamos a ir tranquilos. Nos sobra tiempo. Lo que había que ver en Las Vegas se ha visto. El cuerpo nos pide un poco de calma.

Comenzamos el día en la piscina del hotel. Un par de horas de sol, sobre la hamaca y disfrutando de las canciones que pinchan en la emisora americana. La pareja que el otro día se hacía arrumacos son fijos en la piscina. No fallan. Dos amigos degustan uno de esos enormes cafés en vaso de cartón mientras planean el asalto a la ciudad del vicio esta misma noche. El encargado de prestarnos las toallas trata de ligar con un par de americanas con rasgos asiáticos, mientras ellas untan sus tatuajes de crema solar.

Se acabó el relax. El sol saca su látigo, golpeando de nuevo con sus 45 º a la sombra. Huimos de la piscina. Rumbo al "Caesar Palace", uno de los Hoteles más famosos y lujosos de Las Vegas. Dejamos el coche en el "Flamingo" ya que es más pequeño, y es más difícil que nuestra mala orientación nos juegue otra mala pasada. El "Caesar Palace" trata de recrear elementos de la antigua Roma. No me gusta el hotel. No me siento cómodo en lugares tan lujosos. Soy mas de zapatillas de estar por casa. En realidad, no cambio ninguno de los hoteles de Las Vegas por ninguno de los moteles en los que nos hemos alojado hasta ahora.



Enormes pasillos, con grandes figuras de mármol. El mármol deja de ser mármol cuando lo toco. Está todo hueco por dentro. A simple vista da el pego. Las piscinas del hotel no tienen nada que ver a la del Circus Circus. Esto parece Marbella. La jet Set del mundo tirada a la Bartola mientras el camarero sirve un daikiri tras otro. "El lugar es precioso"- Exclama Maku.

Junto a la puerta que conduce a la zona de Restauración una mujer juega con su perro tirada sobre unos cartones. La gente le deja dinero a su paso. El contraste es asolador. Cinco metros puerta afuera, el lujo se tuesta al sol brindando con champagne de 600 dólares. Sobre los cartones, una mujer agradece entre sonrisas la limosna de todo el que pasa por ahí. Me resulta curioso que en medio de todo ese lujo dejen estar a esa pobre señora en la propiedad del Hotel con su perro. Nadie parece decirle nada. Ella se limita a jugar con el perrito arrinconada sobre un cartón. Sin hablar. Sin mirar a nadie. Devolviendo una alegre sonrisa al leve ruido que hacen los billetes al acariciar su cartón.

Mi cabeza comienza a dispararme las mismas preguntas que dispara siempre cuando miro demasiado tiempo a un mendigo. ¿Qué le habrá llevado ahí? ¿Cual es su nombre? ¿Cuál es su historia?- Déjalo cariño. No puedes preguntarte lo mismo cada vez que ves un sin techo. (Desde pequeño tengo una extraña obsesión con los mendigos. Mi abuela nos contaba historias asoladoras sobre la guerra. Historias que en un niño de diez años hacen mella. Historias que se convierten en miedos cuando eres un mocoso de 31 años).

Decidimos comer algo. Asociamos sin saber muy bien por qué, el "Caesar Palace" a una exquisita pizza enorme, con una gruesa masa con queso fundido. Dejamos que nuestra imaginación nos engañe, y terminamos comiendo una pizza similar a esas pizzas precocinadas del súper. Una pizza y una ensalada para los dos por 40 dólares. Ha sido un mal negocio venir a comer aquí. Caro y malo.

Antes de marcharnos decido pasar por el baño. Al salir me cruzo con el obeso más obeso de todo el viaje. Un Señor de....no soy capaz de calcular su peso a ojo. Este viaje ha terminado con el mito de que aquí todo el mundo es gordo. Algo que no es cierto. Es más, me atrevería a decir que en España, con nuestra gran dieta mediterránea, tenemos más gente obesa que aquí (en proporción). Pero también afirmo, que los gordos de América son los gordos más gordos que he visto nunca. También hemos visto más gente haciendo deporte aquí que en España.





Visitamos las fuentes del Bellagio. Decidimos volver por la noche, y disfrutar de la iluminación. La Torre Eiffel del "Hotel París" es idéntica a la original (pero de menor tamaño).

Volvemos a nuestro Hotel y damos una vuelta por el Parque de atracciones que hay dentro. Decidimos tomar un par de margaritas de fresa. En las manos de la gente parecen estar deliciosas. El camarero nos pide el carné de identidad para verificar que somos mayores de edad (21 años). Maku y yo nos reímos. Nos encanta que la gente nunca nos eche la edad que tenemos. Tenemos los dos un suculento pacto con el diablo.

La margarita resulta vomitiva. Es lo más parecido a beber colonia. No me gusta el sabor del alcohol. Si hubiese nacido en el Oeste, me hubiesen desterrado al ver mi cara cuando pruebo el Whisky. Comienzan a salir articulaciones en mi rostro que ni yo mismo sabía que tenía. Es un gesto de asco a medio camino entre chupar un limón y estornudar. Las margaritas se quedan sobre la mesa.

Decidimos ir a jugar a las máquinas. No puedes venir a Las Vegas y no jugar un solo dólar en los casinos. Así que buscamos una maquinita chula. Ahora mismo somos dos ignorantes que van de máquina en máquina buscando la que más sonidos hace y la que más luces tiene. Al fin damos con una  máquina enorme. "Joder, nos pueden tocar hasta 6000 dólares". Un flamante descapotable da vueltas sobre sí mismo en medio del casino. El coche también entra en el sorteo. Cada máquina debería venir con un manual de instrucciones. Metemos el dólar por la ranura. Y sale de nuevo el dólar por la misma ranura. Vamos de máquina en máquina hasta dar con una que quiera nuestro dólar. Finalmente terminamos en la típica máquina que todos tenemos en el bar de la esquina. Con una pantallita con tres lineas y una palanca negra en el lado derecho. Comenzamos a jugar. Premio¡¡¡¡ La maquina comienza a hacer sonidos¡¡¡

- Seguro que nos han tocado mil dólares.- Exclamo muy alto.
- Le doy a cobrar, le doy a cobrar. - Dice Maku emocionada.

Tras darle al botón de cobrar la maquina escupe un ticket canjeable. Hemos ganado tres créditos, o lo que es lo mismo, tres dólares. Tanto bombo para tres dólares. Y además que ni siquiera sale el dinero en monedas como en las películas. Te dan un ticket canjeable en caja¡¡¡ Aparece una camarera que nos ofrece bebidas. En Las Vegas mientras juegas, la bebida es gratis. Seguimos jugando. Maku sigue al control de la máquina. Jugada tras jugada vamos acumulando créditos. El tiempo pasa y los botellines de cerveza se van acumulando a nuestro alrededor. Llevamos hora y media jugando, y lo que comenzaba a ser una simple partida para probar, termina siendo el comienzo de un ciego cervecero y una larga partida en la que perdemos 3 dólares. Una hora y media jugando, por tres dólares. La Diosa de la fortuna ha pasado olímpicamente de nosotros.




Buscamos uno de los Restaurantes del Hotel. El "Rock And Ritas". La ciudad está empapelada con su publicidad así que decidimos probar. Además tenemos descuentos. Justo cuando llegamos están rodando un Spot publicitario. Tres cámaras se mueven entre los falsos clientes del restaurante (tod@s muy guap@s), mientras los camareros hacen malabarismos con un puñado de botellas. Repiten la toma mil veces. Al final consiguen la buena. Entramos a cenar. La expectación por cenar en el local se va al garete cuando ingerimos un trozo de carne seco y un puré de patatas para acompañar muy muy espeso.

Salimos de nuevo del Hotel rumbo al "Bellagio", para ver su famoso espectáculo de fuentes luminosas.
Cada cinco metros me llenan las manos de chicas desnudas sonriendo escondidas tras un número de teléfono. Los balcones están llenos de gente. La fuente se ilumina. Esperamos con ansia una música que nunca llega.....el agua cambia de color adquiriendo mil y una formas en el cielo. Sin música no es lo mismo.
De repente una rata camina veloz por los pies del balcón convirtiéndose en el mayor atractivo de la noche. Salimos de allí conscientes de que hemos tenido mala suerte. En todos los foros hablaban maravillas del espectáculo....Otra vez será.

Decidimos volver al hotel. Hoy queríamos tener un día de relax, y la noche nos ha engullido con más cansancio que nunca. Consigo quitarme la ropa a duras penas. Justo antes de caer en un plácido sueño, nos toca el premio gordo del casino, y Maku y yo nos quedamos a vivir la vida en U.S.A en una preciosa casa blanca con un gran jardín. De este modo comienza mi penúltimo sueño americano. El último en Las Vegas.





miércoles, 10 de octubre de 2012

RUTA COSTA OESTE EEUU. DÍA 11. LAS VEGAS.

A las 07:30 mis ojos se abren automáticamente. Mi cuerpo y su ritmo vital ya son totalmente americanos. El sol invade cada rincón de la habitación. Nos vestimos y bajamos a desayunar. Hoy tenemos un ticket que nos permite pasar al bufé libre. Hay señoras con rulos jugando en los casinos bajo una inmensa nube de humo. Son las 07:45 h. El trajín de gente que camina veloz hacia uno y otro lado del hotel, convierten el CIRCUS CIRCUS en el metro en hora punta. Tras solucionar un breve problemilla con los tickets del bufé, al fin conseguimos entrar.

Nuestra mesa se llena de platos. Sandwiches, zumos, frutas, tortitas, más sandwiches....un desayuno fuerte. De esos que podrían incluso anular la cena. Vamos a necesitar la energía.




Nos dirigimos a uno de los dos famosos Outlets de Las Vegas. Decidimos ir al Sur. Hemos tratado de contener las compras hasta que llegase este momento desde que hemos iniciado el viaje. En los foros la gente comentaba, que uno de los mejores sitios donde comprar barato en U.S.A es en los Outlets de Las Vegas. Y allí vamos.

Lo que iban a ser dos horas en un ir y venir rápido, se convierten en cinco horas de exhaustivo análisis. El cambio dólar - euro no se encuentra en su mejor momento, y eso hace que compremos menos de lo previsto. Aún así nuestros brazos terminan con un puñado de bolsas colgando de ellos.

Las tiendas vuelven a dejar claro, que los empleados americanos atienden como nadie a sus clientes. Siempre encuentras una sonrisa a la entrada, y un "Que tenga un buen día" a la salida. Estados Unidos va un paso o dos por delante, y eso se nota. Se nota en los pequeños detalles. Por ejemplo, me encanta que los dependientes tengan piercings y tatuajes, y ver que el trato que ofrecen a los clientes es perfecto.

Decidimos comer algo en el mismo centro Comercial. Un par de porciones de pizza y unos macarrones después salimos en busca del coche. El calor permanece inmóvil fuera, con su mejor arsenal preparado para nosotros. Las Vegas es el mismísimo infierno en lo que a temperatura se refiere. El coche a punto de convertirse en una enorme mancha roja fundida por el calor nos da la bienvenida con su simpático pitido. La puerta quema. El volante abrasa. Tres gotas de sudor echan una carrera frente abajo. Arranco, y conduzco en busca de un hotel. Necesito que el aire acondicionado me de un abrazo y venga  a rescatarnos.

Visitamos el "New York, New York". Un hotel que es una réplica de Manhattan, con su estatua de la Libertad, y una montaña rusa que hace luppings entre los rascacielos. Mi hotel favorito aquí en Las Vegas.

Después recorremos el "MGM", y el "Excalibur". El calor continua apretándonos el pescuezo. Y mis bolsillos se van llenando de chicas desnudas. Los repartidores de tarjetas te inundan en cuanto te despistas, vaya o no tu pareja contigo.






Decidimos volver a nuestro hotel e inaugurar la piscina. Necesitamos agua. Escapar del calor. El agua está helada, pero resulta milagrosa. Junto a la piscina hay un jacuzzi. Maku se adueña de él. Yo observo a la pareja que se hace arrumacos a mi lado. Muy americanos. Aparece en escena un Señor de avanzada edad con dos chicas bastante jóvenes. Al principio pienso lo bien acompañado que va con su dos nietas. La sonrisa diabólica de la pelirroja me dice que ese señor no es su abuelo. El hombre se da un homenaje con dos treintañeras sobre la hamaca acariciando con los dedos el cielo sin nubes de Nevada.

Tras una ducha, donde el cansancio se escurre por el desagüe nos desplazamos hasta la calle Fremont. Allí se encuentran los primeros casinos que hubo en Las Vegas. Allí empezó todo. Un larga calle llena de gente y artistas callejeros que ofrecen su espectáculo por un módico precio. Antes de adentramos en la jungla de la Calle Fremont, el olor a Hamburguesa me coge del pelo arrastrándome hasta el interior de uno de los mejores locales que he visitado jamás. El "Heart Attack". Simula ser un Hospital y las camareras visten cortísimas faldas ataviadas de enfermeras. Una enorme báscula en el centro del Restaurante, te da la oportunidad de ganarte los azotes de una de las despampanantes camareras y no pagar la cena. Dos americanos de gran envergadura prueban suerte. Uno de ellos pesa más de los 150 kilos que hay que superar y se gana los azotes y el cenar por la cara.

Antes de sentarnos nos ponen la típica bata de enfermo. Me veo ridículo. Los americanos son los reyes del Marketing. Lo diré siempre. Saben que Estados Unidos, además de un País, es un negocio redondo y saben explotarlo. Trabajan muy bien la explotación de sus restaurantes y el trato de los camareros es exquisito. Tras bucear por la carta con la boca hecha agua durante un par de minutos decido no jugármela con la "Triple By pass", una enorme hamburguesa de tres pisos. El local llegó a publicitarla, corriendo el bulo de que a un hombre le dio un paro cardiaco tras ingerir sus más de 6000 calorías. El local está hasta arriba de gente reclamando su dosis de colesterol. Me decido por la segunda más grande de la casa, acompañada de una lata enorme de cerveza.






A la hora salimos del local con 2 kilos de más. Acabo de comerme la mejor hamburguesa que he probado nunca. Grande, con la carne muy hecha, con el pan tostadito y con todos los condimentos imaginables. Esta hamburguesa deja a años luz a cualquiera que haya probado antes en España. Deja a años luz a la mítica hamburguer del Cebrián. Y pelea por el número uno con la que comimos en Sausalito (San Francisco). Aunque si me tengo que quedar con una, me quedo con la gran hamburguer del "Heart Atack". Ha sido increíble.

Nos dejamos llevar calle abajo sumergiéndonos en el ajetreo de la "Fremont Street". Artistas callejeros. Gente caracterizada con los más variopintos personajes que posan contigo en una foto a cambio de un par de dólares. Y sobre todo casinos y tiendas de souvenirs. De repente el cielo se cubre y comienzan a sonar los acordes de "We are de champions" de Queen. El techo proyecta imágenes de Freddie Mercury y compañía. Aparecen de la nada un grupo de americanos que atraviesan la calle hasta el final colgados de una tirolina. El mundo se para. América mira al cielo contemplando el espectáculo de la "Fremont Street". Y Maku y yo asistimos a uno de los mayores espectáculos que hemos visto nunca. La hamburguesa cae poco a poco a nuestros tobillos. El peso del estómago desaparece. Nos ha venido bien  el Paseo.

Decidimos volver por el coche e ir al Hotel a descansar. La zona antigua de Las Vegas es cien por cien recomendable. Si venís por aquí algún día visitar la "Fremont Street", no os dejará indiferentes.

Una vez en el hotel, caemos rendidos sobre la cama. El cansancio y los kilómetros acumulados comienzan a hacer mella. Las Vegas sonríe desde el otro lado del cristal mientras nos guiña un ojo. Mañana más.





martes, 18 de septiembre de 2012

RUTA COSTA OESTE. DÍA 10. ANTELOPE CANYON - LA HERRADURA - RUMBO A LAS VEGAS.

El graznido de un cuervo insiste una y otra vez desde el otro lado de la ventana, hasta que consigue sacarme por completo de la cama. Abro las cortinas y ahí está, riéndose de mí mientras da saltitos sobre una farola. Mi piedra pasa a tres metros suya. Se pierde cielo arriba dedicándome un graznido que me suena un tanto irónico. Vuelvo a entrar en casa (motel). Maku habla con sus padres por Skype. Tras una breve conversación, desayunamos en la propia habitación lo que compramos ayer tarde en el súper.

Tras cargar las maletas en el coche una vez más, nos ponemos rumbo al "Antelope Canyon". La única referencia que tenemos para encontrarlo son tres chimenéas que sobresalen de una fábrica. Junto a esta fábrica fluye una carretera junto a la nada, y tarde o temprano daremos con un cartel que nos indicará donde están las famosas grietas.

El cielo continua sin nubes allí arriba. Estados Unidos tiene el cielo más despejado que he visto jamás. El sol nos abrasa. El aire acondicionado se convierte en el cuarto pasajero, el tercero es la nevera. El paisaje continúa siendo de polvo rojizo en el suelo, mezclado con el azul muy muy clarito del inmenso cielo. Seguimos en una peli del Oeste. De repente vemos las tres chimeneas. Tomamos la carretera. Le llamo carretera por llamarle algo. En realidad es un camino de tierra con algún que otro islote de asfalto.  La fábrica queda atrás. Todo queda atrás. Estamos de nuevo en medio de la nada. El trayecto se hace inmenso. Cuando estamos a punto de creer que nos hemos equivocado, aparece la indicación. Dejamos el coche en el Parking. Llamarle Parking es decir demasiado, no esperéis un trocito de asfalto con cien coches aparcados en batería delimitados perfectamente por unas líneas blancas y una barra que baja y sube de forma automática. El Parking consta de un secarral con toneladas de polvo, donde no se oye un alma. Sacamos los tickets para deslizarnos por la grieta. 26 $ cada uno.





Hacemos fila. Nuestro grupo es el siguiente. Un Indio muy joven escondido bajo un enorme gorro de cowboy será nuestro guía. Nos toca. Nos introducimos de uno en uno por la estrecha grieta. Dentro de las rocas el calor desaparece. Se escuchan cuervos. Antelope Canyon es digno de ver. El interior del Cañón adquiere formas imposibles. La roca parece pulida y la luz juega a cambiar de color rebotando de piedra en piedra. No he visto nunca nada igual. El indio salta de roca en roca. De vez en cuando me pide la cámara ofreciéndose para realizarnos alguna que otra foto. Conoce perfectamente donde está el ángulo bueno y donde apoyar la cámara para conseguir la mejor instantánea. En nuestro grupo hay varios fotógrafos profesionales. Uno de ellos llevaba preparando la excursión de hoy un par de años. El tiempo justo para hacerse con el mejor equipo fotográfico y sacar dinero para volar a los EEUU.

Tras poco más de una hora recorriendo el interior del Cañón, salimos de nuevo a la superficie. La excursión ha terminado. El calor nos espera sentado paciente fuera. La sed, el hambre y el sudor se juntan haciendo que nuestros pasos se arrastren cada vez más y más lentamente...Al fin se ve el coche. Al fin llegamos a nuestra nevera. Al fin puedo sentir el aire frío del aire acondicionado.

Tras beber un par de litros de agua, nos ponemos de nuevo en Ruta. Nuestra siguiente visita aparece antes de lo esperado. Llegamos a la Herradura. Un peñón redondo bordeado por el Río Colorado, desde lo alto del Cañón adquiere forma de herradura. La vista es tremendamente alta y espectacular. Visita no recomendada si padecéis de algún tipo de vértigo. El sol continua abrasando con más fuerza cada minuto que pasa. Unos japoneses se esconden bajo enormes sombrillas y pañuelos ocultando su piel del sol. Todos los visitantes tratan de dar con el ángulo idóneo, para que su cámara capte la totalidad de la herradura en una misma foto. Algo complicado teniendo en cuenta la distancia que recorre el río trazando todo el dibujo. La vuelta al coche se me hace eterna. Quince minutos de angustia, calor y cansancio. Nuestros pies se arrastran una vez más creando a nuestro paso una enorme nube de polvo. Al llegar al vehículo, terminamos con la reserva que quedaba de agua. También acabamos con los plátanos. Nos ponemos de ruta una vez más. Esta vez sin agua y sin nada qué comer. Las Vegas se encuentran a cinco horas de trayecto. Son las 12:15 h del mediodía.






Nos topamos sin querer con el Lago Powell. Esta visita no estaba en nuestros planes. Finalmente decidimos no entrar y no perder un par de horas en refrescarnos. Nos ahorramos además 14 $ que nos cobraban de entrada.

El paisaje deja de ser por momentos desértico y se transforma tímidamente a verde. Apenas hay tráfico. Tan solo alguno de esos enormes camiones nos adelanta de vez en cuando a la velocidad del rayo.

Típicos ranchos a un lado y a otro de la carretera, con su valla blanca y su ganado pastando impasible al enorme calor que comienza a apretar de nuevo. La música country continua flotando en el interior de nuestro coche.

Hacemos una breve parada para comer una hamburguesa en CANAB. Nos sirve una camarera simpatiquísima. Una joven risueña de 28 años con un par de bodas encima. Una chica rubia de mirada azul y mucho mundo sobre la espalda. Un encanto de sonrisa y de hamburguesa. Espero que la vida te sirva algo bonito¡¡

Echamos gasolina (3´80 $ el galón). Nos hacemos con una PINK LEMONADE gigante. Volvemos al coche. Maku se pone al volante. La radio continua escupiendo buenas canciones. He de decir que en Estados Unidos tienen la mejor radio del mundo¡¡ Nada que ver a la basura que radian en España. El termómetro del coche marca 105 º Farenheit. El calor es asfixiante. Los camiones continúan volando.




Dos horas y media después de recorrer de nuevo el desierto comienza a verse algo en la lejanía. El calor hace temblar la imagen. De la nada más absoluta aparecen unos enormes edificios. Las Vegas aparecen en mitad del desierto como por arte de magia. El GPS nos lleva directo al CIRCUS CIRCUS, nuestro hotel. El hotel donde se alojaban Mario y Alaska en su gran documental. La tranquilidad del viaje desaparece por completo. Comienza el caos. El estrés. Maku se baja del coche en busca de la recepción. Yo tengo que encontrar dentro de aquel laberinto un lugar donde poder aparcar. Paro justo en la puerta, pongo las emergencias. Espero impaciente a que venga Maku. Cruzo los dedos para que nadie me diga que ahí no puedo estar. Mi frágil inglés y mi penoso sentido de la orientación, pueden jugarme una mala pasada si salgo con el coche del complejo y me sumerjo en el caos de Las Vegas.

Mis plegarias no son escuchadas. Aparece un tipo negro de seguridad. Enorme. "Ahí no puedes estar, muévete". Me hago el sordo. Pero cuando mi retraso mental comienza a parecerle grave me muevo. Que sea lo que Dios quiera. Sigo las flechas del suelo. Se me cruzan diez coches. El ajetreo ahoga la música del coche. De repente veo un hueco en dirección contraria. Hago una pirula sin pensarlo dos veces. Consigo aparcar. El coche puede estar aquí 20 minutos. Corro hasta la recepción. Maku charla con el recepcionista. La cola es interminable. Nos dan la llave. Me he librado de desaparecer, de perderme, y de terminar en uno de esos cartones de leche con el se busca encima de mi foto.

El cambio ha sido muy brusco. Veníamos de ir a nuestro aire. Con la paz del desierto. Con la tranquilidad de la nada. Las Vegas ha sido una bofetada en la cara. Una descarga eléctrica. Y un chorro de calor considerable. Jamás he sentido tanto calor.

Tras dejar el coche en unos de los edificios destinados al Parking (Encontrarlo será otra historia), cogemos las maletas y vamos rumbo a la habitación. Para acceder a los ascensores tengo que atravesar prácticamente los casinos del hotel. Tras un cuarto de hora de caminata sobre la gastada moqueta, llegamos a los ascensores. Llegamos  a la habitación. La 21125. Voy a necesitar un GPS para orientarme en el hotel. La habitación es espectacular. Sobre todo las vistas. La mejor habitación del viaje. Al menos en comodidad y lujo. Pero todo hay que decirlo, no tiene el encanto del pequeño motel. Eso de estar en la planta calle y el coche aparcado al otro lado de la puerta, es un lujo superior al que hay aquí.



Tras quitarnos el polvo del desierto con una ducha orgásmica, decidimos jugarnos la vida y saltar a la jungla de Las Vegas. El ajetreo del hotel comienza en el momento en el que abres la puerta de la habitación. Un ir y venir de gente constante. Compartimos ascensor con dos chicas y un chico francés con una borrachera importante. Trata de decirnos algo, pero su lenguaje es totalmente ilegible. Al llegar a la planta calle, el ajetreo se multiplica por cien. Aquello parece el Paseo de Independencia en plenas fiestas del Pilar. Merodeamos más de media hora por el garaje buscando nuestro coche. Llevamos una hora en Las Vegas y ya podría bautizarla como la ciudad del Caos.

Llegamos al Venetian. Tenía ganas de ver este hotel y su cielo azul. El cielo podría pasar por real, pero la luz que ofrece es bastante artificial. No me gustan los hoteles tan lujosos. Una góndola recorre el riachuelo mientras un boulevard y un par de puentes se llenan de curiosos fotografiándolo todo. Entre ellos nosotros. Es curioso como el cuerpo llega a desorientarse. Fuera la noche comienza a caer, y dentro el cielo azul del hotel trata de engañarnos.

Observamos a ejecutivos de cierta edad en muy buena compañía. En demasiada buena compañía. La prostitución en Las Vegas es algo muy tangible. De hecho nada más parar en el primer semáforo un grupo de mexicanos nos ofrece tarjetas donde se puede ver una chica desnuda, un número de teléfono y   un precio. Al llegar al otro lado de la acera acumulo las tarjetas de una docena de señoritas. Maku me muestra otras tantas. Un camión muestra una enorme cabina con un póster gigante con más chicas desnudas,,, Es la ciudad del pecado. Comienzo a entender aquello de: "Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas".

El asfalto es un secador gigante que se entretiene abrasándonos con su aire caliente. El cansancio comienza a hacer mella. Decidimos cenar algo en uno de los muchos restaurantes que hay dentro del "Venetian". Elegimos un Thailandés, donde por 8 $ cada uno nos ponemos morados.





Vamos en busca del coche. Damos una vuelta, dos, y cuando pasamos por tercera vez consecutiva por una enorme máquina donde te tienes que introducir dentro para apostar, nos damos cuenta de que estamos dando vueltas en círculo. Llevamos más de 3000 kilómetros recorridos por toda la Costa Oeste Americana, y nos nos hemos perdido ni una sola vez. Hemos recorrido San Francisco, las autopistas imposibles de Los Ángeles, hemos cruzado el desierto atravesando la nada, y tiene que ser aquí, en un hotel de Las Vegas donde nuestro pésimo sentido de la orientación comienza a reirse de nuevo de nosotros. Observo como apuesta la gente, como se dejan llevar por las maquinitas, por sus luces, por la peligrosa relajación que te ofrece una copa y un cigarrillo. Aquí dentro se puede fumar. Aquí dentro puedes hacer lo que quieras siempre y cuando tengas un puñado de dólares en los bolsillos. De repente recuerdo el camino. Vuelvo a pasar por cuarta vez por delante de la dichosa maquinita. Atravieso el casino en busca del ascensor. Sótano menos dos. Al fondo del enorme pasillo suena el "pi- pi" del mando del coche. Maku me mira boquiabierta. Mi sentido de la orientación es siempre horrible. Y mi pericia le ha pillado totalmente desprevenida. "Cuando las cosas se ponen feas aparezco yo para solucionar el cotarro, Mary"- Digo irónicamente.

El GPS, nos lleva de nuevo al Hotel. Merece la pena ver la ciudad totalmente iluminada en mitad de la noche. El bullicio de la recepción no cesa. La cama me mira insinuándose. Al otro lado de los ventanales comienza una noche de juerga. Para nosotros termina uno de los días más intensos del viaje.




lunes, 3 de septiembre de 2012

RUTA COSTA OESTE. DÍA 9. GRAND CANYON - MONUMENT VALLEY - PAGE.

La alarma del móvil me despierta con gran dificultad. Abro los ojos con la esperanza de que la habitación permanezca todavía sumida en la oscuridad, dándome todavía un par de horas más hasta que el sol comience  a asomarse. Son las 07.00 de la mañana y el sol me saluda sonriendo desde el otro lado de la ventana. No hay tregua que valga. Me arrastro hasta el baño torpemente tropezando hasta tres veces con la misma maleta. El agua helada sobre mi cara manda a paseo mi pereza. Maku se levanta con los ojos más cerrados que abiertos. Consigue evitar la maleta con ese sexto sentido que le hace ir siempre por delante.

Desayunamos algo ligero. Una mujer asiática ojea un libro mientras remueve el café. La salita huele a tostadas recién hechas y a ese inconfundible aroma a moqueta que nos acompaña desde que hemos aterrizado en Estados Unidos.

Con el estómago lleno y la cabeza algo más despejada, abandonamos la habitación tras recoger las maletas. La escarcha envuelve el coche. Esta noche a hecho frío. El olor a bosque fresco nos ensancha las vías respiratorias. Aroma a naturaleza pura.



Tras llenar de hielo nuestra nevera de corcho, nos ponemos en Ruta. En poco menos de una hora llegamos a la entrada del Grand Canyon. Pagamos los 25 $ que cuesta entrar con el coche. El fresco del bosque ha dado paso a un calor asfixiante. Recorremos una carretera interior que parte en dos la vegetación. Al fin llegamos. Bajamos del coche y nos damos de bruces con un enorme agujero que aparece de la nada. Es el Gran Cañón (Grand Canyon aquí). Permanezco medio minuto con la boca abierta sin poder articular palabra. La cara de Maku me dice lo mismo. Parece un fotograma de una de esas pelis del Oeste. Un socavón infinito donde los más hermosos colores  juegan a a cambiarse de sitio. El Grand Canyon es de largo la imagen más espectacular que han captado mis ojos en mis 31 años de vida. Trato inútilmente de captar su belleza con la cámara de fotos y la de vídeo. Nada le hace justicia. Permanezco inmóvil mientras mi imaginación comienza a hacer de las suyas. Un grupo de indios se deslizan pendiente abajo, a lomos de sus salvajes caballos. El viejo Clint cabalga con un cigarrillo colgando del labio con la mirada perdida en la búsqueda del río Colorado. El coche de Telma y Louise atraviesa las nubes justo antes de precipitarse al vacío. Nosotros vamos de "punto" en "punto" rodeando el parque, sin cansarnos de contemplar semejante espectáculo. Tras recorrer la gran mayoría de los puntos de vista al Gran Canyon decidimos continuar con el viaje.






De repente aparecen tres ciervos de la nada. Uno de ellos, cruza al otro lado de la carretera con toda la tranquilidad del mundo. Son enormes. Tras dedicarnos una breve y pasiva mirada, continúan comiendo arbustos.

El GPS nos indica que tenemos tres horas por delante hasta llegar a "Monument Valley", nuestra siguiente parada. Aprovecho que Maku va al volante, para actualizar las notas del viaje. Pego una cabezada de veinte minutos y consigo echar de mi cabeza al sueño y cansancio que poco a poco trepa sobre nosotros. El paisaje es un película del Oeste. Puro desierto. La Radio escupe música Country. Estamos absolutamente en medio de la nada. Los camiones han dejado de adelantarnos. El espejo retrovisor muestra una desolada carretera simplemente alterada por el polvo que levantan nuestras ruedas. De vez en cuando aparecen como por arte de magia, una especie de tenderetes con un indio sentado dentro. Ofrecen artesanía navaja. Me vienen a la cabeza las típicas imágenes del esqueleto de buey tendido sobre la arena del desierto que en tantas películas nos han mostrado. Las capitanas rodando sobre sí mismas de un lado a otro de la carretera. Aquí no hay viento. Tan solo calor, soledad, un precioso contraste del polvo rojizo con el azul clarito del cielo, y una infinita recta que no termina nunca.




Cuando el hambre comienza a patalear nuestro estómago, aparecen de la nada un Mc Donalds, y un KFC. Así, como por arte de magia. Me froto los ojos para verificar que no estoy soñando. Le pregunto a Maku si no será un espejismo. Es real. Un cubo de trozos de pollo comienza a flotar sobre mi cabeza, haciendo que babee. Un tipo Indio con un pañuelo sobre la cabeza y cara del más malo de la película, nos pide dinero antes de entrar. Nos ofrece algo a cambio. No entendemos qué, y entramos rápidamente dentro. El tipo se queda fuera esperando al siguiente. Pedimos uno de esos enormes cubos de pollo y un par de Pinks Lemonades. Aquellos trozos de pollo rebozados dejan de ser comida y se convierten en lo más parecido a un orgasmo.

A la salida del Restaurante echamos gasolina. Cuatro indios tratan de hacer arrancar una destartalada camioneta. Lo consiguen y lo celebran como si hubiesen ganado el gordo de la lotería.

Continuamos el viaje. En poco más de una hora, entramos en el Estado de Utah. Llegamos a "Monument Valley". Pagamos 5 $ cada uno por entrar con el coche. Volvemos a protagonizar un Western americano. Las famosísimas colinas que en tantas películas hemos visto están ahí, al alcance de la mano. Nos deslizamos por un camino de baches, sudor y polvo. El coche da violentos botes. Nosotros somos el centrifugado de una lavadora que gira a 4000 revoluciones por minuto. Cuando bajamos del coche, un dedo de polvo lo cubre prácticamente por completo. El calor nos ahoga. El polvo se mete en la garganta. El paisaje un espectáculo. Los colores del cielo, y el polvo, le dan al ambiente atmósfera de película. Tiramos doscientas fotos, y finalmente, amenazados por el sofocante calor decidimos salir de allí prácticamente corriendo.





La reserva de agua que llevábamos en la nevera comienza a escasear. El hambre aparece de nuevo. Ponemos rumbo a Page, con la esperanza de encontrar una gasolinera donde poder lavar el coche en el trayecto. Dos horas. Me pongo al volante. Más Country en la radio. Finalmente llegamos a Page sin cruzarnos con ningún lugar donde poder lavar el coche. Antes de entrar en el Motel, compramos algo para el desayuno de mañana. Es la primera vez que no nos entra el desayuno. Habitación  en planta calle, con el coche prácticamente en la puerta. Adoro estos lugares. Tras una fría y merecida ducha, vamos en busca del "Fiesta Mexicana"; un restaurante donde dicen que sirven uno de los mejores burritos de EEUU. Damos pronto con él. Cuervos negros revolotean por el cielo. Son preciosos. El restaurante está lleno.

Media hora después me encuentro mirando desafiante, al burrito más grande y sabroso que he probado nunca. Comienzo una dura batalla por dejar el plato vacío, y tras casi cuarenta minutos de lucha lo consigo. No sé si es el mejor burrito de EEUU, pero lo que si dejo claro, es que yo no he probado nunca nada igual. Incluso las Coronitas saben mejor aquí.

Volvemos al Motel. Prácticamente con el tiempo justo para quitarnos la ropa y desfallecer sobre la cama. Al otro lado de la mosquitera solo se escucha el silencio. Mañana dormiremos en Las Vegas.







miércoles, 29 de agosto de 2012

RUTA COSTA OESTE EEUU. DÍA 8. RUTA 66.

06:30 de la mañana. Me arrastro hasta el baño. Maku remolonea en la cama mientras abro la puerta de la habitación. Vivir en una planta calle te da una sensación total de libertad. El hecho de abrir la puerta y respirar calle bajo el cielo, hace todo mucho más fácil. Sin necesidad de atravesar un rellano, coger un ascensor...la vida se ve con otros ojos a ras del suelo. Supongo que esto comienzas a valorarlo cuando te has pasado la mayor parte de tu vida viviendo en un tercero.

Cargo las maletas en el coche. El cielo está gris. Hace algo de frío. Aquí en Los Ángeles ha hecho todos los días prácticamente el mismo tiempo. Nublado al amanecer, con calima americana. El sol no se ve del todo hasta las once, dando paso al calor. Y al atardecer comienza a refrescar, lo justo para esconderte bajo algo fino de manga larga.

Lleno la nevera de hielo. Y tras picar algo en nuestro último desayuno en Los Ángeles, ponemos rumbo a Barstow. Son las 07:15 de la mañana y hay un tráfico imposible. La radio suena a todo trapo. La mayoría de los conductores degustan uno de esos cafés en vasos de cartón. El entramado de autopistas al salir de la ciudad es una ratonera. Poco a poco la ciudad va quedando atrás. A la vez el tráfico se vuelve ágil e incluso somos capaces de ponernos a 65 millas de velocidad. Ahora sí, estamos en ruta. Capto con la cámara de vídeo más imágenes para el documental que queremos montar a la vuelta, con todos los detalles del viaje. Mi sudadera ya viaja en el asiento de atrás. Sigo con la gorra que compré en san Francisco sobre mi cabeza.




Paramos a comprar provisiones en un supermercado justo antes de introducirnos en el desierto. Junto a la entrada, un tipo habla consigo mismo mientras fuma algo. Clava su mirada en nosotros deteniendo su conversación y prosigue tras inhalar otra calada. El súper tiene todo a 0´99 $. Nos hacemos con un par de bolsas enormes de patatas y algo de bebida. Estamos preparados para introducirnos en la nada. Nevera con provisiones y el tanque de gasolina lleno.

Dos horas después y en mitad de un paisaje donde solo hay polvo naranja y cielo azul atravesados por una carretera infinita sin curvas, aparece Cálico. Un pueblo fantasma que sirve como reclamo turístico. Nos cobran 6 dólares por barba por entrar. Es un pueblo muy pequeño recreado en el viejo Oeste americano. Con la oficina del Shérif, el salón, la barbería, la tienda de botas...el contraste del polvo anaranjado con el azul clarito del cielo, embriagan el lugar de cierta magia. Maku y yo jugamos a ser Clint Eastwood. Yo escupo mejor, pero ella es infalible sacando el revolver.





El calor es asfixiante. La humedad ha desaparecido por completo. Las gotas de sudor corren una maratón sobre nuestros cuerpos. Nos entretenemos sobre un par de esas mecedoras antiguas que descansan en un porche a la sombra. Tiramos doscientas fotos. Volvemos al coche. El depósito sigue prácticamente lleno. Decido llenarlo del todo por temor a quedarnos tirados en mitad de la nada. Antes de venir, leímos en un foro que aconsejaban llenar el depósito cada vez que te cruzases con una gasolinera si realizas esta ruta, ya que hay grandes tramos sin surtidores.

Rumbo a Kingman. Cambiamos de conductor. En un viaje de este tipo es clave que tu pareja o acompañante sepan conducir. El cansancio se divide entre dos. Es muy cómodo conducir por aquí. La carretera es una interminable línea recta. El asfalto tiembla al otro lado del cristal, como en esas películas de desiertos y camiones, donde el calor es salvaje. Creo que esto lo he dicho ya antes, pero soy el peor copiloto que os podéis echar a la cara. Me invento canciones, grabo mil vídeos, lleno la memoria del móvil con fotos para instagram...y siempre termino haciendo el idiota. La verdad es que mis gilipolleces hacen el viaje mucho más ameno.

Atravesamos el desierto de Mojave. Dos plátanos, una caja de galletas, una bolsa de patatas, cuatro litros de agua y cinco paraditas para pis después, al fin llegamos a Kingman. Y nuestros estómagos continúan reclamando comida. Entramos en el mítico Mr Z. Hamburguesería mítica de la antigua Ruta 66. El local está decorado como antaño. Dejamos de estar en 2012, para engullirnos una deliciosa hamburguesa en los años 50/60. El restaurante está lleno. Fuera siguen llegando coches y camiones.







Salimos a ver la exposición de coches y motos míticas que hay justo a la salida. Un hombre charla con nosotros sobre la enorme locomotora que cruza la calle. Una de esas locomotoras que atravesaban el desierto en las antiguas películas del Oeste. Estados Unidos es un lugar mágico. Tras cada esquina, tras cada rincón, se esconde algo de magia. Un País de película.

Tras hacer una breve pausa en Seligman, y tras un par de horas al volante, al fin llegamos a Williams. Haremos noche en el motel Súper ocho, situado justo en la entrada del pueblo. Prácticamente en el bosque. La recepcionista, una señora muy amable entrada en años, se interesa por nuestro viaje. Nos da la llave con una enorme sonrisa. "Welcome".





Tras dejar la maleta en la habitación bajamos al pueblo. Williams es un lugar precioso. Las calles están mucho más concurridas que los pueblos que hemos ido recorriendo a lo largo del día de hoy. Suena música country constantemente. Estar rodeado de música, es siempre un buen plan. Mucho cowboy y sobre todo moteros que viajan sobre sus Harley Davidson recorriendo la mítica 66. Le preguntamos a un auténtico vaquero si conoce un buen lugar donde poder cenar. Nos recomienda encarecidamente que vayamos a un lugar donde sirven la mejor tarta de EEUU.

Termino cenando pollo rebozado con pure de patas y Maku devora unas chuletas muy hechas. Decido no tomar tarta por miedo a reventar allí mismo. Los platos en EEUU son a lo grande, muy a lo grande.

Volvemos al Motel con el cansancio trepando por nuestras espaldas. Me pierdo bajo la ducha tratando de recordar las horas que hemos conducido. Siete horas de desierto. Tres de ellas de copiloto. El viaje continúa, mientras las tarjetas de memoria y nuestros corazones se llenan de recuerdos imborrables. Mañana visitaremos el Grand Canyon. Me duermo siendo el protagonista de mi propio Western.





martes, 21 de agosto de 2012

RUTA COSTA OESTE. DÍA 7. LOS ÁNGELES.

El sonido de una ambulancia vuelve a sacarme de los pelos de otro plácido sueño. He dormido muy profundamente. La extraña calima de Los Ángeles oculta el sol. Hasta las 12:00 no comienza su turno. Me asomo fuera para ver si la ambulancia sigue allí. Descubro el secreto de tanto trajín de sirenas. El Motel se encuentra frente a un hospital. Misterio resuelto. Antes de entrar de nuevo en la habitación, charlo con una fluidez abismal (en inglés) con un tipo que como yo, ha salido a curiosear. Uno de esos tipos con mucho mundo sobre los hombros. Me cuenta que ha recorrido varias veces los EEUU y que actualmente vive en Canadá. Me hubiese quedado hasta las once de la noche escuchándole hablar sobre Guetos, Chevrolets y árboles tan altos que casi pueden arañar el cielo, pero el rugido de mi estómago me lo impide. Es hora de desayunar.

Antes de meternos en el coche rumbo a Venice Beach, decido llenar la nevera de corcho de hielo, para tener bebida fría durante el día. Todos los moteles en los que hemos estado hasta ahora disponen de máquinas gratuitas de hielo.





Ahora si, rumbo a Venice¡¡ El tráfico es intenso. Antonio (nuestro GPS) vuelve a sacarnos por el ramal de autopistas con dibujos imposibles. La Radio suena a tope dentro del coche. De repente comienzan a sonar los Hombres G, un trago de España en lo más profundo de California. Berreamos el "Te quiero" de los G hasta quedarnos sin voz. El único grupo español que hemos escuchado durante todo el viaje ( y nos hemos chupado 4000 km de radio). El calor es asfixiante.

Llegamos a Venice. Encontramos un sitio junto a la playa, en un Parking justo enfrente de una tienda que vende tablas de Surf. Un policía negro enorme le explica a gritos a un conductor que con dos segundos que se retrase en echar la moneda correspondiente, se verá en la obligación de multarle. Nos repite el mismo discurso nada más poner el pie en el suelo. Yo me río en silencio. Cuando veo a alguien blasfemar de esa forma me entra siempre una incomoda risa que no soy capaz de controlar. Me ocurre esto desde que era pequeño.

El Paseo de la playa de Venice es de lo más pintoresco. Se encuentra invadido de locales de comida rápida, tiendas de souvenirs y unos extraños centros médicos con una enorme hoja de marihuana en la fachada, donde alguien te ofrece un panfleto, y si reclamas cualquier tipo de dolencia puedes salir con  tus gramos en el bolsillo. Venice huele a María. Gente corriendo. Golpeando enormes sacos de arena, y levantando decenas de kilos en el famoso "Muscle Center"; un gimnasio al aire libre, del cual salió Arnold Swachenezguer. Pero lo que más nos llama la atención, es la cantidad de gente extraña que hay por aquí. Gente que ha perdido la cordura totalmente, de aspecto hippy y desaliñado. La mayoría tienen un chiringuito montado, donde a cambio de fotografiar su "obra", tienes que echar un par de dólares en los botes vacíos de tomate frito. Me llama la atención, un tipo que ha vestido a su perro con camisa hawaiana y gafas de sol. El animal permanece panza arriba inmóvil. De vez en cuando saca su larga lengua, avisando de que no es un perro de broma. Sus uñas pintadas sostienen un cartel que reza: "Deja aquí tu dinero. Esto no es Disneylandia.




Un tipo se desgañita la garganta bailando acaloradamente a través de la música que le llega a través de un destartalado walkman. Un grupo de raperos nos ofrecen su disco por cinco dolares. Dos chicas sin dientes se susurran cosas al oído. Y un mendigo enorme grita a unos chavales que patinan con su skate cerca de él, porque no le dejan conciliar el sueño. Más adelante, un grupo de chavales tocan el "Here come the sun" de The Beatles. Venice tiene  un encanto especial. Aquí la gente vive a su aire, bajándose del mundo real. Han creado un micromundo donde todo da igual. Donde todo el mundo sonríe, da igual que tengas los bolsillos vacíos, no tengas casa y no sepas si vas a cenar...esto solo lo he visto en Venice.


Decidimos buscar un súper donde poder hacernos una ensalada. Nuestro cuerpo comienza a pedirnos comida sana. De camino a Santa Mónica encontramos un Wholefood. En esta cadena de supermercados tienes la opción de prepararte tu propia ensalada. Tienes a tu alcance todos los tamaños e ingredientes que quieras. Cuando cierras tu cajita, la pesan y te cobran. En Estados Unidos es todo mucho más fácil. Sobre todo si se trata de comprar.

Aparcamos en el muelle, junto al famoso parque de atracciones y decidimos bajar a comer sobre la arena de la playa. A escasos metros de la caseta del vigilante. Un grupo de gaviotas miran de reojo nuestra comida, sin atreverse del todo a acercarse a nosotros. Hay unas olas impresionantes. Estoy enamorado de esta playa. No es la más bonita, ni la más limpia, y tiene bastante ajetreo....pero tiene una magia que no ofrecen las demás. Nos tumbamos a descansar un rato sobre la toalla. Lo último que ven mis ojos antes de caer en un corto y placentero sueño, es un niño de unos seis años y unos 60 kilos de peso, ayudado a caminar por su padre, otro mostrenco de no menos de 120 kilos.

A la media hora despertamos con la marca del sol de California tatuada en la cara y las piernas. Nos hemos quemado. Recogemos el campamento y caminamos hacia Promenade Street; una calle llena de tiendas, y de artistas callejeros. Caigo rendido ante la voz de un chico que acaricia su guitarra acústica, versionando hits actuales escondido bajo una boina negra. Nos sentamos a escucharles mientras devoramos el enésimo frapuchino de starbucks. Tras recorrer una a una todas las tiendas con ropa surfera y skater, me hago con un par de camisetas. Guardo mis escasos dólares para tratar de comprar en los famosos Outlets de Las Vegas.  A Maku le encanta la Promenade Street. "Tiene el rollico de los Paseos marítimos".






Recogemos el coche y salimos de Santa Mónica. Volvemos al mismo súper donde hemos comprado la comida para coger algo de cena. El cansancio comienza a aparecer. Los días son intensos y comienzan demasiado pronto. No le damos tregua a California, el cansancio a nosotros tampoco. Tras caer presos de otro atasco más, paramos en una gasolinera donde unos chinos pasan la tarde haciéndole fotos al surtidor. De repente aparece de la nada un coche que se cae literalmente a trozos, con cinco negros dentro. Los ocupantes parecen salidos de la peli "Los chicos del barrio". Muy americanos. Muy cinematográficos. Coincido con uno de ellos a la hora de pagar. El tipo suelta sus dólares andando muy a lo rapero. Abandona la gasolinera en su destartalado coche mientras la matrícula trasera sigue suspendida en el aire colgando de un hilo. El sol comienza a caer desde lo alto de Los Ángeles.

Una vez en el Mótel, y tras tratar de quitarnos el cansancio con una ducha, Maku habla con sus padres a través de Skype. Yo mientras tanto trato de hacer la maleta. La habitación, parece el camarote de los Hermanos Marx. El desorden nos sigue en cada viaje que hacemos. El sueño nos vence. Última noche en Los Ángeles. Esta ciudad es como el primer beso, te deja una huella imborrable. Comencé odiándola y he terminado amándola con todas mis fuerzas.