jueves, 17 de diciembre de 2015

Ruta 66. El Documental. Día 1.


Mary y yo al fin nos hemos lanzado a la piscina, llevábamos un tiempo meditándolo, que si sí que si no... y al final nos hemos dado la mano y nos hemos dejado caer, y aquí está el resultado; nuestro canal de Youtube, en el que iremos colgando todos nuestros viajes. 

Lo estrenamos la semana pasada, pero yo quería anunciarlo en el blog con la alfombra roja y al fin, he podido desenrollarla. Una vez terminado el diario del viaje de la Ruta 66 os presento nuestro documental, los que habéis seguido el diario, ya habréis podido leer, que la idea era realizar un vídeo y que estábamos siempre con la cámara tratando de capturar el viaje para poder mostrarlo después, pues bien, aquí está el primer capítulo de la aventura.

Me siento como si hubiese escrito un libro y estuviese a punto de estrenar una peli basada en él (salvando las distancias, por supuesto).

Cada semana subiremos un vídeo nuevo, así que os invitamos a que sigáis nuestra aventura a través de nuestro canal de Youtube.

Espero que os guste.

Mike.




viernes, 11 de diciembre de 2015

RUTA 66. DÍA 16: LOS ANGELES. FIN.

Hoy decimos saltarnos el desayuno del motel y nos vamos directos a "Ihop", un restaurante donde sirven, a mi juicio, unas de las mejores tortitas de Los Angeles. El local es famoso por aparecer en la película "Yo soy Sam", donde el protagonista era un incondicional de sus desayunos.


Tras esperar el cuarto de hora de rigor para poder entrar, una simpática camarera nos acomoda junto al ventanal. A nuestro lado, una familia de hispanos devora unos enormes sandwiches, mientras el hijo mayor trata a duras penas, de enseñarle a su madre el funcionamiento de su iPhone.


Pedimos un revuelto con salchichas, tortillas y café. La fila de la entrada continua creciendo. Nuestros estómagos hacen la ola, soy consciente de la dieta depurativa que van a sufrir en cuanto volvamos a casa, pero no es hora de "aguarles" la fiesta.

Me levanto como puedo de la silla y me acerco al mostrador para pagar. Hemos entrado aquí delgados y hambrientos y salimos prácticamente rodando. Antes de meternos de nuevo en el coche, un enorme avión planea muy bajo, tengo que mirar un par de veces para confirmar que no quiere aterrizar en medio de la avenida.








Le decimos al GPS que nos lleve directos a Santa Monica, concretamente a la "Promenade Street". En poco menos de media hora, nuestro coche descansa en un Parking público.


La Promenade es la principal calle comercial de Santa Monica. Una vía peatonal plagada de tiendas, restaurantes y artistas callejeros.

Me froto los ojos varias veces, no, no estoy soñando, hay un perro que es capaz de desplazarse en monopatín. Un diminuto chucho de cara simpática, empuja y mantiene el equilibrio a la perfección sobre la tabla. La gente mira atónita la escena dejando unos cuantos dólares en una lata de conservas. Los Angeles consigue sorprenderme de nuevo. Me hubiese quedado aquí todo el día viendo al perrito subir y bajar del monopatín, pero Mary todavía no ha conseguido sus chanclas, así que seguimos con la misión.




En uno de los bancos, mi mirada se cruza con unos ojos que me resultan familiares, se trata del joven Peter Pan; un muchacho que hace dos años ya estaba aquí, y aquí sigue, realizando formas imposibles con un puñado de globos de colores. Peter sigue igual, la vida le ha tratado bien, bueno, todos sabemos que Peter Pan es eternamente joven. Nosotros hemos envejecido dos años, con más barba, alguna arruga sin importancia, pero nuestro espíritu sigue igual de joven que el bueno de Peter.

Entramos en una tienda friki a curiosear. Allí me encuentro por sorpresa con una enorme figura de "Jax Teller"; el protagonista de Sons of Anarchy, y otra del mismo tamaño de Walter White; protagonista de Breaking Bad. Nuestras dos series favoritas del mundo mundial. Ambas figuras por menos de sesenta dólares. Hace unos meses vimos la de Walter White en un Fnac, no recuerdo exactamente en cual, pero rondaba los setenta euros, así que es una oportunidad única.

En una tienda deportiva, Mary al fin encuentra sus ansiadas chanclas Nike. Si, venir a la Promenade Street ha resultado ser bastante rentable.




Una estupenda versión del "Sweet child of mine" recorre la calle y me golpea de lleno en la cara. Me acerco a la multitud tratando de ver quien toca la batería de esa forma. Cuando mis ojos dan con la banda no doy crédito, imaginaba que sería un grupo de tres o cuatro melenudos o un par de hipsters,,, pero no, se trata de un padre con sus dos hijos. El padre canta y toca el bajo, el hermano mayor (que no pasará de los trece años) se hace con la guitarra y el más pequeño toca la batería con un desparpajo increíble, un mocoso de apenas siete u ocho años que hace unos redobles de tambor alucinantes. Sus ojos son ligeramente rasgados no sabría adivinar si son Hawaianos o Filipinos.

El desayuno del Ihop se ha desintegrado por completo de nuestro cuerpo, dando paso al monstruito "comecaca" que se ha instalado en nuestro estómago desde que pusimos el pie en suelo americano. Dudamos entre ir a comer un par de porciones de pizza u ofrecer una tregua a nuestro cuerpo y tomarnos una ensalada.... quince minutos después estamos en una mesa con vistas al paseo con una enorme y grasienta porción de pizza escurriéndose por nuestras manos.

La sociedad americana camina frente a nuestros ojos: Un mendigo rebusca en la papelera algún resto de comida con la que saciar el hambre. Dos chicas con cabellos dorados charlan animadamente con las manos llenas de bolsas, parecen las típicas chicas monas de serie de instituto americano, con un aire muy "Kelly" de la mítica "Sensación de vivir". Una familia de mexicanos caminan entre carcajadas devorando a la vez una hamburguesa, a la que paso a paso, se le van cayendo todos los ingredientes. El perro de la anciana que camina justo detrás de ellos se pone fino de lechuga, ketchup y trozos de carne.

Decidimos ir a tomarnos el postre a Venice. Mary quiere probar los famosos Funnel cakes; un típico postre americano muy popular en los Estados Unidos y que curiosamente, todavía no hemos probado (y mira que hemos comido caca).

Nos hacemos con un plato de Funnel cakes en Daddy and sons. Este restaurante es un filón, no solamente hacen la mejor pizza de América, también tienen una gran carta de postres.




Nos sentamos en una de las gradas de la cancha de basket. El postre está increíble, uno de los platos más exquisitos que he probado nunca. Estos americanos saben bien como hacerle la puñeta a las dietas sanas y equilibradas. ¿Por qué todo lo que está rico tiene millón y medio de calorías? Pregunta que me lleva a plantearme el futuro. Yo en España como bien, trato de hacer una dieta saludable, dejando a un lado todo este tipo de porquerías y limitando el consumo de comida basura a un par de veces al mes como mucho (a veces ni eso). Cuando veo a todos estos americanos de doscientos kilos caminar tan felices con las manos y las barrigas llenas de grasa, pienso en si no estaré enfocando bien mi vida. Como podéis comprobar, me estoy "americanizando" a pasos agigantados.

En la pista de basket, el equipo de los "negratas" con aspecto de pandilleros, da una magistral clase en el arte de encestar al grupo de chavales con aspecto de niños bien. En el último escalón de la grada y totalmente ajenos a los mates de la cancha, dos señores hiperconcentrados se baten en un duelo a vida o muerte en una partida de ajedrez.

Venice es uno de los barrios más pintorescos de Los Angeles. Nos perdemos entre sus rincones topándonos en cada esquina con el arte urbano que se respira por aquí, mucha calle, mucho grafiti y mucho aura de película. Venice me tiene robado el corazón completamente. Una de las paredes nos sorprende con un grafiti homenaje a Jay Adams; uno de los mejores skaters que ha dado California. Un tipo que aquí es toda una leyenda, alma mater de los chicos del Dogtown y persona a la que admiro profundamente.






El sol cada vez está más bajo, llega una de las mejores cosas de Los Angeles y de la vida; la puesta de sol de California. Uno de los mejores sitios para disfrutarlo es el skate Park y allí vamos.

El ambiente del skate es muy de película. El ruido de las tablas al chocar con el asfalto, el sonido del trayecto de las rudas, los "fuck" de los Skaters cuando el truco no les sale bien y los "Oh my god" del público que se deja caer por aquí cuando la acrobacia ha sido espectacular.

Una chica se inicia entre bajadas y algún que otro salto rodeada de patinadores más experimentados. Destacan dos por encima del resto, un chavalín de apenas trece años y un chico que tendrá más o menos nuestra edad. Son los dos patinadores que más llaman la atención del público y del fotógrafo de nuestra derecha, que en cuclillas trata de sacar la mejor instantánea con un objetivo gigante. Tiene aspecto de fotógrafo profesional.

El cielo es anaranjado, el sol se va y nos lanza un último hechizo mostrándonos a los skaters como siluetas, haciéndonos ver sus acrobacias en blanco y negro. Una imagen preciosa con el sol de California despidiéndose de nosotros de una forma nostálgica, como si intuyera que este, es nuestro último atardecer aquí.




Trato de llevarme el momento. De captarlo. De tatuarlo para siempre en mi retina. El sol escondiéndose tras las colinas de Los Angeles, las siluetas de los skaters dibujadas en un cielo naranja, las carcajadas de los chavales de detrás, las tablas de los surfistas saliendo de la arena, las sirenas de la policia retumbando en Venice dando la bienvenida a la noche... todo, me llevo todo. Espero verte pronto de nuevo atardecer de California, eres mi lugar favorito.







Volvemos al coche, nos queda un último hasta pronto (no me gusta despedirme). Todavía queda hueco en mi cuerpo para un poquito más de caca, un último abrazo a la comida basura, un último beso a una de las mejores burgers de Los Angeles, las del "In n out Burger"; una cadena de hamburgueserias californiana, donde por poco más de 3 $ puedes comerte uno de los mayores manjares de esta zona de la Costa del Pacífico. No son grandes, la carne no es especialmente buena, pero en conjunto es una gran burger.

Nos hacemos con un menú completo cada uno. Saboreo cada bocado como si fuese el último. El tipo mexicano de la mesa de al lado sigue nuestro mismo plan, puedo ver la felicidad escrita en su rostro.
Necesito un In n Out en Zaragoza.




La noche es totalmente cerrada. Volvemos al coche dando un breve paseo por la barriada. El típico vecindario americano de amplias calles con casita, jardín y canasta en la puerta del garaje.

Volvemos al Motel. En la habitación las maletas nos miran con cara de asombro, se ríen de nosotros, nos repiten una y otra vez que no vamos a poder meter todo en ellas. El unicornio de peluche de Mary se descojona también de nosotros desde la mesa.

- Oye Mary... ¿has pensado como va a volar ese bicho a casa?
- No es un bicho, es mi unicornio y va a volar conmigo.
- Tema zanjado.




A duras penas, sentándonos encima, conseguimos cerrar las maletas. Lo que queda fuera cabe en las mochilas.

Termina la aventura, la mejor de mi vida. Mas de cuatro mil kilómetros. Casi diecisiete días de viaje prácticamente de lado a lado de los Estados Unidos, nuestra cuarta vez aquí y espero que pronto haya una quinta (ya estamos planeando algo). Espero que no se os haya hecho largo y que os hayáis podido teletransportar con nosotros al otro lado del Atlántico.

Un placer saber que hay gente al otro lado leyendo mis "tonterías". Un abrazo grande, de corazón.

Mike.



miércoles, 2 de diciembre de 2015

RUTA 66. DÍA 15: LOS ANGELES.

Cuando abro los ojos Mary ya lleva un rato merodeando por la habitación. Bajo sus ojos un descomunal desorden de bolsas vacías, ropa amontonada en sillas y maletas a medio abrir. La jornada de ayer en los outlets hace mella en la habitación. Me levanto mirando de reojo el panorama y me escondo bajo el agua templada de la ducha.

Cuando vuelvo junto a la cama no puedo hacer otra cosa que exclamar: "Menudo chocho tenemos aquí montado". Mary rompe a reír.




Tras devorar un tazón de cereales con leche templada y un bagel untado de queso, pasamos por un starbucks cercano en busca de un par de cafés para llevar. Le decimos al GPS que nos lleve directos a Venice Beach.

Conseguimos aparcar en una de las avenidas cercanas al paseo. Nada más bajar del coche nos cruzamos con un tipo que hace running sin zapatillas, protegiendo sus pies únicamente con una especie de calcetín. En Venice quien no lleva una tabla de surf en la mano, lleva una tabla de skate bajo sus pies. La gente camina descalza en plena calle y la vida suelta todas sus preocupaciones cuando llegas aquí. Venice Beach es mi lugar favorito del planeta tierra. Adoro este sitio.

La tiendas y restaurantes del "Frontwalk" levantan sus persianas. El sol se despereza en un cielo totalmente despejado. Un grupo de mendigos recoge sus sacos de dormir y conversan entres sonrisas desdentadas ajenos al mundo. En el parking, los chicos de la escuela de Surf descargan sus tablas de sus Volkswagen setenteras.





A lo largo del paseo, nos encontramos prácticamente de todo. Un marciano rapeando que ofrece su maqueta a cambio de unos dólares, decenas de tipos pintorescos ofreciendo artesanía, mucha gente guapa y musculosa, chicas rubias paseando al perro a lomos de su skate, deportistas y también gente que merodea sin rumbo con botellas de alcohol envueltas en Papel. En Venice todo es posible. Lo que más me gusta de este sitio es que tiene un punto estrafalario muy muy urbano. Aquí nadie te mirará raro porque lleves puesto esto o lo otro, siempre vas a cruzarte con alguien más extravagante que tú. En el paseo matutino un tipo tatuado hasta las orejas, con dos enormes bultos saliendo de su frente y el pelo teñido de rojo se lleva el primer premio, muy disputado con el marciano rapero.

Apenas un par de kilómetros separan Venice Beach y Santa Mónica, decidimos alquilar una bici y un longboard y realizar el trayecto que bordea la playa. El tipo me da una tabla enorme y bastante pesada comparada con mi pequeño y ligero Longboard al que estoy acostumbrado, que por cierto compré aquí hace un par de años.

En estos momentos puede que sea el hombre más feliz de la tierra. El sol de California me acaricia la gorra y estoy recorriendo la costa del Pacífico sobre un Longboard acompañado de la mujer que me ha robado el corazón. !La vida es chula¡





A los diez minutos de trayecto decido cambiar la tabla por otra bici ya que es un Longboard muy muy pesado. Una bicicleta preciosa con el manillar alto que hace que me sienta como el Jax Teller de "Sons of Anarchy".  Nos cruzamos con un tipo que transporta un nevera con bebidas frías sobre un enorme monopatín. Las gaviotas gritan cruzando el cielo de lado a lado. El "Front walkl" se llena de gente.

Devolvemos las bicicletas y vamos por un par de enormes porciones de pizza a uno de mis restaurantes callejeros favoritos; Big daddy and son, justo en el paseo. Si tenéis el placer de venir por aquí, probad su pizza, es increíble.




Nos sentamos sobre la hierba a comer. El mundo sigue girando a nuestro alrededor. Mi mirada se detiene en una escena que me despierta mucha ternura. Un tipo con una larga barba embutido en un gorro de lana, enseña a su hijo a montar en su monopatín, el niño mantiene a duras penas el equilibrio, pero hay un momento en el que recorre más de veinte metros sin la ayuda de la mano de su padre. En ese justo momento, ese hombre ha tocado el cielo con su felicidad. En Venice Beach tu padre no te enseña a montar en bici, te enseña a ir en monopatín. Nací en el lado del océano equivocado, sin duda.




Volvemos al coche y ponemos rumbo al Noreste, concretamente a unas pocas millas tras las colinas del famoso letrero de Hollywood. Queremos ver el "Citywalk" que hay justo en la entrada a los Universal Estudios. Una zona comercial que no conocemos y que descubrimos a través de El canal de Luzu en Youtube. Vimos que había varias tiendas curiosas, una de ellas especializada en cosas manga, coleccionismo de figuras relacionadas con el cine y las series, y donde quizá encuentre dos cosas que hace mucho tiempo que busco y no encuentro en ningún lado: la famosa figura de la escotilla de la serie Perdidos y un Jax Teller versión POP que no está en ningún lado. Si, tengo un punto friki bastante álgido, soy consciente de ello.

En apenas cuarenta minutos llegamos a Universal. Hay un ambientado tremendo. La calle es un ir y venir de gente cargada de bolsas. Vamos directos a la tienda friki, donde no consigo lo que busco.
Un enorme jugador de Rugby escapa de una de las fachadas. Un poco más arriba, King kong preside la calle. Nos llama la atención una tienda, en la que única y exclusivamente, venden imanes para la nevera. En Estados Unidos son muy de hacer una tienda bestial y llenarla del mismo producto: la tienda de palomitas, la de las muñecas, la de los carteles antiguos, la de los imanes... y todas son rentables. En Universal mandan los Minions, ya que acaba de estrenarse la película. Mary al final cae rendida ante el encanto de un enorme unicornio de peluche. La niña que lleva dentro, me tiene totalmente entregado.




La tienda de la marca Billabong tiene un estanque con olas artificiales justo en la entrada. Me hago con un par de camisetas y charlo un rato con el dependiente; un aspirante a actor de Hollywood que va tirando con lo que gana en la tienda. Lleva medio año en la ciudad y ya ha protagonizado pequeños papeles, tiene un agente que le busca los castings y habla de Los Angeles con un brillo especial en los ojos. "Esta es la tierra de las oportunidades, si tienes un sueño, ven aquí y pon la semilla". Salgo de allí convencido de que ese chico triunfará, tiene mente de ganador, rebosa un optimismo contagioso.

Ya de vuelta, pasamos por The Grove, a ver si por casualidad conseguimos unas chanclas de esas que cubren los dedos, de la marca Nike. Se las vemos a mucha gente y la verdad, es que no quedan mal. Las llevan sobretodo los chicos de color y las visten con calcetines. Mary se ha empeñado, yo la verdad, no me veo por Zaragoza con chanclas y calcetines blancos. Aunque, todo es ponerse¡¡

Volvemos al Motel tras una parada en un Whole Foods, donde nos hemos hecho con un par de enormes ensaladas para llevar. Cenamos mientras al otro lado de la ventana comienzan a sonar las sirenas de ambulancia y policía.

Comienzo a digerir todo lo que estamos viviendo. Si, casi dos semanas después empiezo a ser consciente de que este, quizá sea el mejor viaje que haga en mi vida, y está llegando a su fin. Antes de dormirme pienso en la Costa Este, en el Norte de USA, en Canadá, y en mil lugares más que estoy deseando visitar ... y consigo que la nostalgia salga huyendo de mi almohada.

Mike.





miércoles, 11 de noviembre de 2015

RUTA 66. DÍA 14: LOS ANGELES.

Hoy nos permitimos el lujo de no madrugar. El despertador suena a las ocho en punto y me quedo un rato en la cama mirando al techo, con la cabeza puesta todavía en la Ruta. Si, lo hemos hecho, la gran 66 es nuestra. Si me dicen hace diez años: "Mike, tú un día recorrerás la Ruta 66", hubiese lanzado mi mirada al horizonte respondiendo un imposible, "Ojalá"... y aquí estoy, en un Motel de Los Angeles, en una cama de dos por dos, con una preciosa chica (que además es mi esposa) abrazada a mi pecho.

Tras una ducha, bajamos a la salita del desayuno. Todo sigue exactamente igual que hace dos años; el mismo surtido de fruta, de pastelitos, de cereales y de zumo de polvos. Ordenando las mesas la misma señora mexicana que hace dos años nos contaba su historia: vino a Los Angeles en busca de una nueva vida, se instaló en Lynwood, encontró un empleo, trajo a su familia y aquí está, tras casi veinte años en Los Angeles, sin hablar inglés, aunque siempre asegura que lo entiende todo. Hay más gente que como ella, únicamente se relacionan con personas de habla hispana. Con los chinos ocurre lo mismo, en el China Town apenas se habla inglés.

Tras dos semanas perdidos por solitarias y polvorientas carreteras, no hemos tenido ocasión de pasar por ninguna tienda en busca de ropa. Acostumbro siempre que vengo a Estados Unidos, a pasarme por los outlets y renovar un poco el armario, así que hoy vamos dedicar la mañana a visitar el "Citadel Outlets". De hecho, mi maleta vino con un hueco desde España reservado a mis compras. En los últimos cinco años he comprado mucha más ropa aquí que en casa. Suelo vestir con marcas americanas que aquí me cuestan bastante menos dinero que en Zaragoza. Así que, cuando tengo un viaje en el horizonte, trato de ahorrar todo lo que puedo porque sé que voy a volver con una buena bolsa de ropa.




Media hora después, aparcamos nuestro coche en el parking de los Outlets, justo al lado de un cadillac de los años 50 que todavía anda. Una chica se repasa los labios antes de bajar de su coche, sale del vehículo con su café en mano y corre hacia la entrada. Acaban de abrir. Antes de "meternos en faena" pasamos por Starbucks por un par de Chai tea lattes. Dos chicas conversan animadamente mientras el camarero coloca sus cafés en unas bandejas para llevar. Un señor trajeado observa la portada de uno de los periódicos mientras busca un par de dólares en sus bolsillos para dejar la propina.

En la tienda de Nike me hago con unas zapatillas para correr. Me entran agujetas solo de mirarlas. Llevamos catorce días comiendo caca, haciendo caso omiso a las grasas, al colesterol, a todo lo que huele a comida sana. Vine aquí a comer caca, y me iré hasta el culo de caca¡¡... eso si, no puedo evitar comprar unas zapatillas de correr para calmar un poco mi culpa, pero bueno, eso es adelantar el infierno y ahora mismo no es plan.

En la tienda Vans me tiro una hora persiguiendo el altavoz con el iPhone, tratando de cazar cada una de las canciones que suenan. Le digo al dependiente que la música de la tienda me está volviendo loco, el tipo se alegra por mí y me dice bromeando que además de buena música, también tienen zapatillas. Salgo de allí con seis pares de calcetines, unas vans nuevas y más de veinte canciones de grupos que no había escuchado jamás, guardados en el móvil.




El euro y el dólar están muy a la par esta vez, así que el cambio prácticamente deja de ser una ventaja, de todos modos me he ahorrado bastante pasta, ya que había muchos descuentos y la ropa americana, aquí, lógicamente, cuesta menos. Pago por un par de Vans cerca de cuarenta dólares, que en Zaragoza me habrían costado unos sesenta o setenta euros, más o menos esa es la diferencia en proporción con el resto de prendas: camisetas, pantalones, sudaderas, .... Hay gente que opina que no, pero para mí es muy rentable visitar los Outlets.

Nos vamos a la zona de restauración a comer algo. Una especie de plaza plagada de mesas, con decenas de restaurantes de todas las partes del mundo. Optamos por un Panda Express, una cadena de comida china americanizada que llevamos ya tiempo queriendo probar. Nos sentamos en una de las mesas de la plaza, que está muy concurrida de gente buscando sitio cargados de bolsas. La comida del Panda es deliciosa, pido encarecidamente que además de un Starbucks, abran uno de estos en Zaragoza.




Tenemos entradas para el partido de baseball de esta tarde. Es algo que llevo queriendo ver desde hace mucho, mucho tiempo, y si, hoy vamos a ver a los Dodgers. Dudamos entre ir ya o pasar por el Motel primero a dejar la compra. Finalmente Mary me convence para pasar por la habitación a descansar media hora e ir más relajados al estadio.

Es viernes, son las tres y media de la tarde y en Los Angeles hay un atasco infernal. Tardamos casi una hora en llegar al Motel, el tiempo justo para dejar las bolsas sobre la cama y salir hacia el Dodger Stadium. Faltan dos horas para que comience el partido, pero intuimos que según las indicaciones de la página web, va a ser un poco lioso dejar el coche en el parking, así que vamos a ser prevenidos y mejor que nos sobre el tiempo.

Nada más salir a la autopista caemos presas de otro monumental atasco, hay ocho carriles en cada dirección y están todos saturados. Jamás había visto nada igual. Mary va al volante, si sé que vamos a encontrarnos esto, hubiese conducido yo, tengo una paciencia infinita para los atascos, y se me da mucho mejor sufrirlos al volante que en el asiento del copiloto. El coche avanza a tres o cuatro kilómetros por hora. Todas las filas van más rápido que la nuestra, nos pongamos en la fila que nos pongamos.

Los coches se cambian de carril de forma repentina, sin poner el intermitente. Los conductores permanecen tranquilos al volante, están acostumbrados al caos. Algunos canturrean, otros saborean un enorme refresco, hay quien hasta maneja el volante con una hamburguesa entre las manos... es una ciudad que está hecha para el coche y esta hecha tan bien que se forman unos atascos increíbles. Lo de hoy no tiene nombre.

A pesar del tráfico, Los Angeles es mi ciudad favorita del mundo mundial. No es ni mucho menos la más bonita, por delante está la bella San Francisco, o Chicago o incluso New York.

Lo que me enamora de Los Angeles es su clima soleado durante todo el año, sus interminables palmeras que se pierden cielo arriba, el smog que se forma a primera hora de la mañana y que con el transcurso del día va permitiéndote ver los rascacielos del dogtown en la lejanía. Las anchas kilométricas avenidas. Los semáforos colgando de un cable. Sunset Boulevard con Amoeba en una de sus esquinas. Los grafitos y cultura urbana que se esconden tras cada esquina. Los gorros de lana de los skaters aunque el sol apriete a casi treinta grados. La diversidad que ofrece la ciudad en cada barrio, desde la pequeña Osaka, al Chinatown o la comunidad latina de Lynwood. Hermosa beach, Malibu, Manhattan Beach. La cultura surf de la costa. El longboard como medio de transporte para personas de cualquier edad. El look de los negros y de los skaters que navegan a lomos de sus destartalados skates. El caos y a veces la decadencia que muestra la ciudad desde lo más alto de la autopista. Sobre toda esta tarta, la guinda del pastel; Venice Beach; el lugar favorito de mi amada ciudad.

Los Angeles es una ciudad que no cae bien a la primera. Es el típico tío idiota al que tienes que conocer poco a poco para que pueda mostrarte sus verdaderas virtudes. Razón por la cual la gente se lleva una idea muy equivocada de lo que es la ciudad. La gente, por regla general, visita Los Angeles formando parte del tour de la Costa Oeste, pasan aquí dos o tres días en el mejor de los casos, y ven lo típico: El Paseo de la fama, el letrero de Hollywood, Beverly Hills, Santa Mónica y además suelen hacerlo sin disponer de un vehículo para moverse a su antojo, algo fundamental aquí. Es una ciudad a la que a mi juicio, se le ha colgado injustamente el cartel de "Patito Feo" de Estados Unidos.

La primera vez que vinimos fue en el año 2012, cuando hicimos la Ruta por la Costa Oeste. Recuerdo que nada más llegar me llevé el chasco de mi vida. La ciudad me pareció horrible. Buscamos una pizzería en un barrio nada recomendable bien entrada la noche y volvimos al Motel casi casi corriendo y bastante decepcionados. Al día siguiente, cambié totalmente de opinión y en las vacaciones del año 2013 vinimos dos semanas única y exclusivamente a ver a fondo la ciudad, creando su gran leyenda dentro de mí.




Pero bueno, tras echarle flores durante tres párrafos, nos encontramos en un maldito atasco del que llevamos intentando salir más de una hora y media. El partido de baseball está a punto de comenzar y en el GPS quedan, desde hace casi dos horas, quince minutos para llegar. Mary comienza a desesperarse, yo ya no sé que hacer; he cantado, he bailado, he sacado medio cuerpo a través de la ventana para grabar la infinita fila de vehículos que hay detrás y delante nuestra, he sacado dos mil parecidos (alguno de ellos muy buenos) al resto de conductores, y se me ha acabado el repertorio. No me quedan payasadas en el bolsillo.

Al fin cogemos algo de velocidad y tras tomar la enésima salida no vamos a parar a una nueva autopista. El parking del Dodger Stadium aparece hasta los topes de coches, con un ejército de operarios dando instrucciones de donde dejar el vehículo. Mi vista no alcanza a ver el horizonte, no veo el final, solo se ven coches, miles y miles de vehículos aparcados a la perfección. Tomamos como referencia una enorme figura que vigila desde lo alto de una montaña el parking. Hago una foto para orientarnos. Me conozco, y si fuera por mi, a la vuelta podríamos estar dando vueltas durante tres días sin dar con el coche. Menos mal que Mary compensa esa parte de mi, es una brújula infalible.

Caminamos durante más de un cuarto de hora. El ambiente es increíble; familias enteras, parejas, padres con sus hijos, grupos de amigos, de amigas... el baseball es un deporte de masas en Los Angeles, el ambiente no tiene nada que envidiar a un Madrid - Barsa.

Antes de entrar, al fin me hago con una bola de baseball y con uno de esos enormes dedos de gomaespuma, somos dos de ellos. Los asistentes van todos perfectamente uniformados con la camiseta, la gorra y cualquier objeto que muestre el logo del equipo: L.A.




Pillamos un par de cervezas y vamos directos a nuestros asientos. El estadio está lleno y es impresionante verlo desde arriba, con toda la gente animando a su equipo. En el campo de juego, los Dodgers se miden a los Giants de San Francisco. No conocemos las reglas del baseball, tampoco nos suena el nombre de ningún jugador, ahora mismo somos dos ignorantes disfrutando como niños del espectáculo que se vive en la grada. El público es un jugador más. La enorme pantalla de la grada de en frente, muestra imágenes de los espectadores dotando al público de un protagonismo que me encanta. Algo que me llama la atención es el respeto con el que tratan al rival, ni rastro del típico insulto, ni abucheos, caigo rendido a la deportividad. En Europa los seguidores del fútbol son una manada de jabalíes, aquí no (no quiero ofender a nadie, cada uno es libre de vivir el deporte como quiera).

Salimos por algo de comida. En el estadio hay perritos, hamburguesas, helados, palomitas... esto es el paraíso. Puedes encontrar comida donde quieras. Nos hacemos con dos enormes porciones de pizza y volvemos a nuestros sitios. El tipo de detrás nuestro es seguidor del equipo rival, me comenta algo señalando el terreno de juego. No consigo entender lo que dice. Acabamos la conversación con dos sonrisas. En Estados Unidos todo se arregla con una sonrisa, aunque no tengas ni pajolera idea de lo que te están diciendo. La próxima vez que vuelva a un partido de Baseball (que volveré), prometo aprenderme las reglas, y así podré defenderme y comentar el partido con gente como el tipo de detrás.




Decidimos salir del estadio antes de que termine el partido. No es buena idea salir a la vez que los dos millones de coches que hay aparcados en el Parking. Bajo las escaleras con alma de Dodger, tanto, que nos hacemos con la camiseta del equipo antes de llegar al parking.

Contra todo pronóstico, encontramos el coche con suma facilidad, bueno, sin tener en cuenta que hemos dado un rodeo de casi un cuarto de hora por la escalera equivocada.

La noche es cerrada. La autopista se eleva sobre tres autopistas más bordeando el Downton, los rascacielos iluminados nos regalan una vista preciosa de Los Angeles. Adoro esta ciudad. El tráfico es fluido y en algo menos de media hora llegamos a Lynwood. La sirena de un par de coches de policía pone la banda sonora, comienza otra dura noche para los cuerpos de seguridad ahí fuera.

Yo, tacho de mi lista de sueños cumplidos ver en directo un partido de baseball.


Mike.

















martes, 27 de octubre de 2015

RUTA 66. DÍA 13: KINGMAN (ARIZONA) - LOS ANGELES (CALIFORNIA).

Me despierto con la sensación de haber dormido más horas de las que realmente he descansado. La ducha me quita la pereza de inmediato. Antes de bajar a desayunar decidimos cargar el coche con las maletas. Descubrimos que ayer podíamos haber subido las maletas a la segunda planta en coche y no por las escaleras tal y como hicimos al llegar. La experiencia es un grado, nunca cargues con las maletas sin agotar absolutamente todas las vías de transporte antes de hacer el esfuerzo de cargar con ellas a través de una estrecha escalera. Consejo de amigo.

El desayuno de ayer en Winslow se ve superado por el de hoy, hemos sobrepasado el listón y nos hemos puesto las botas. Por un momento he llegado a sentirme culpable por primera vez desde que he puesto los pies en suelo americano, por la cantidad de "caca" y grasa a la que estoy sometiendo mi cuerpo. He visto a una diminuta versión de mí, advirtiéndome junto al plato de salchichas y patatas de todos los kilómetros que voy a tener que correr a la vuelta para recuperarme. Me he espantado a mí mismo de un manotazo mientras buscaba con un trozo de pan la yema del huevo frito.

Abandonamos el penúltimo Motel de nuestro viaje. Ya ha amanecido por completo. Nos aventuramos colina arriba por un puerto de montaña en el que a un lado tenemos un barranco al que evito con la mirada constantemente y al otro un enorme desierto plagado de cactus.




Un grupo de cabras montesas aparecen de la nada y trepan por las rocas con una facilidad pasmosa. Es bonito encontrarte animales en su hábitat natural, sin barrotes de por medio.

Llegamos a la cima envueltos en una especie de niebla que cubre el valle. Me aseguro de que no haya más cabras de esas a nuestro alrededor y bajo lentamente del coche para disfrutar del paisaje. Ahora mismo somos los reyes del mundo, que respira bajo nuestros pies en la calma más absoluta, hemos conquistado América.

Volvemos al coche, a partir de aquí es todo bajada. Nuestros oídos se destaponan. En medio del camino nos sorprende una curiosa señal que nos advierte de la presencia de burros. Señal inequívoca de que Oatman; el pueblo de los burros, está cerca.




Un par de millas después y justo antes de entrar al pueblo, nos encontramos con media docena de burros que campan a sus anchas por la carretera. Bajo la ventanilla y saludamos a los reyes del pueblo. Mary saca la fruta que ha cogido del desayuno e inmediatamente uno de los burros mete el hocico por mi ventanilla mostrándome una enorme dentadura a dos milímetros escasos de mi nariz. Subo la ventanilla como puedo mientras el animal trata de meterse en el coche por la ventana, arranco y veo por el retrovisor como vienen detrás. Mary me dice que quiere volver a dar de desayunar a los burros. A mi el corazón me va como una locomotora, todavía puedo ver la dentadura de ese bicho a un milímetro de mi nariz.




Aparcamos en la calle principal del pueblo y volvemos por lo burros. Mary camina sonriente con una bolsa de manzanas en la mano, dispuesta a dar de comer a sus nuevos amigos. Nada más sacar la fruta de la bolsa se nos echan encima, tiro las manzanas a la mierda pero es inútil, uno de los burros me la tiene jurada y entre rebuzno y rebuzno me enseña sus bonitos dientes corriendo tras de mí. Me siento como si estuviera en los San Fermines. Mary mira la escena atónita desde el medio de la carretera. Yo corro gritando como un loco con un burro cabreado pisándome los talones. Al llegar a la calle principal hay una pequeña multitud de gente, subo inmediatamente a uno de los porches de madera y pongo mi pellejo a salvo del jodido burro. Una de las propietarias de un negocio cercano consigue calmar al animal, yo no pienso bajar de aquí jamás.

La lugareña nos indica que no pueden comer manzanas porque les sientan mal, nos ofrece una especie de pienso que vende en su tienda en bolsas de papel a un dólar. Yo he tenido bastantes burros por hoy, pero Mary quiere darles de comer, así que nos hacemos con un par de paquetes. Mary les ofrece comida e incluso comen de su mano, cuando yo me acerco me rebuznan. Decido no acercarme y observar desde el porche como comen los angelitos. Mary sonríe como una niña pequeña.

En Oatman todavía puede respirarse el aroma del viejo Oeste. Entramos al único bar que hay en el pueblo en busca de algo de beber. Un lugar con aspecto de auténtico salón ubicado en un porche de madera que se cae a trozos. Si cambiamos los tres o cuatro coches que hay aparcados fuera por un carruaje, juraría que estamos en pleno siglo diecinueve y que en cualquier momento van a aparecer un grupos de forajidos forasteros dispuestos a ponerlo todo patas arriba.





La camarera; una chica rubia entrada en años que viste de forma muy juvenil nos sirve una coca cola en lata y un café. Un anciano mastica tabaco en una mesa con la mirada perdida a través de la ventana. Un chico joven vestido de granjero devora una hamburguesa sentado en la barra. Las botellas de licor expuestas en la vitrina tienen un par de dedos de polvo. El suelo cruje a cada paso. Un lugar auténtico como pocos.

Salimos en busca del coche. Los burros siguen ahí fuera con el hocico metido en un enorme saco de alfalfa. Son sin duda el gran atractivo turístico de Oatman, aquí el burro es sagrado y son quienes traen el dinero al pueblo. Mary se despide de ellos, yo me subo al coche con cierta prisa no sea que uno de ellos vuelva a tomarla conmigo.

Nos adentramos de nuevo en el desierto. Una polvorienta carretera partiendo en dos un paisaje lleno de cactus se abre ante nosotros. El termómetro del coche marca los 105 grados, acabamos de batir el récord.

Paramos a hacer unas fotos en medio de la más absoluta nada. Justo al lado de mi pie izquierdo descubro la muda de piel de una serpiente. El calor es sofocante.

Volvemos al coche y cuando llevamos diez minutos de trayecto me doy cuenta de que hemos perdido la tapa del objetivo de la cámara de fotos. Ya era raro, llevábamos cuatro o cinco días sin perder ni romper nada. Regresamos al punto donde hicimos la última foto, la piel de serpiente sigue ahí. Buscamos durante quince largos minutos la tapa sin ningún éxito, ante la atenta mirada de los cactus y del sol, que nos muerde como nunca. Resignados volvemos al coche. Somos un auténtico desastre. Se nos ha roto la pata del trípode, el objetivo de la cámara réflex, olvidamos el adaptador de corriente en un motel, le hemos hecho un bollo al coche de alquiler y ahora perdemos la tapa protectora del único objetivo que nos queda sano.... de todas formas estamos recorriendo la 66 y la vida sonríe al otro lado de la ventanilla.

Entramos en el Estado de California, llegamos a la tierra prometida. Buscamos un "Peggie Sue" donde parar a comer pero no aparece. Estamos en una carretera recta donde el calor hace temblar la imagen en el horizonte. A ambos lados del trayecto no hay nada, tan solo algún que otro cartel publicitario: abogados, emisoras de radio... ni rastro de comida. Mi estómago comienza a rugir cabreado. Echo un vistazo a las recomendaciones de la aplicación del móvil y hay un lugar que tiene buena pinta y que además también recomienda Víctor Muntané en su guía.

Nada más llegar a la población de Victorville vamos en busca del Emma Jean´s Holland Burger, mi restaurante favorito de la Ruta 66.

Nada más entrar nos transportamos directamente a una serie o película americana. La vida aquí dentro gira en torno a una barra baja que rodea una plancha dominada a la perfección por una chica morena con rasgos asiáticos, que hace malabares con las hamburguesas. Nos sentamos justo al lado de la caja registradora, la camarera nos saluda con una sonrisa que se le escapa del rostro, "bienvenidos al Emma Jean´s Holland Burger", pedimos un par de Pink Lemonades y la hamburguesa de la casa.




Una pareja se hace arrumacos mientras deciden qué pedir, finalmente la chica rubia toma la iniciativa y pide un par de hamburguesas como las nuestras, a su lado un par de fornidos hombretones con gorra devoran un enorme sandwich mientras conversan con ambas miradas fijas en el trasero de la chica de la plancha. Yo me pierdo en las cuchillas que voltean las hamburguesas mientras mi boca no deja de segregar agua. A nuestra espalda hay un enorme póster enmarcado con la foto y dedicatoria del presentador del programa americano "Diners, Drive - Ins and Dives"; Guy Fieri.

Al fin llega nuestra ansiada comida, la hamburguersa, las patatas... resultan ser un auténtico manjar. Posiblemente una de las mejores burguers que he comido, y mi favorita de lo que llevamos de Ruta. El ambiente auténtico del restaurante ayuda. Antes de pagar la camarera se preocupa por nuestra opinión sobre la comida: "Ha sido legendario".

Abandonamos Victorville con nuestros estómagos dando saltos de alegría. Ochenta millas después la paz de la ruta nos abandona poco a poco dando paso a mucho más trafico, muchos más carriles y mucha más gente a nuestro alrededor; llegamos a Los Ángeles, que nos recibe con un monumental atasco. La 66 ha cambiado totalmente de aspecto, nada de carreteras desiertas y polvorientas, únicamente caos y un destino cada vez más cercano; Santa Mónica, donde pondremos fin a cuatro mil kilómetros de aventuras.

Santa Mónica nos recibe vistiendo el cielo de gala, está a punto de atardecer. En la radio suenan los Ramones. Aparcamos en el muelle y desde allí vamos caminando a la placa homenaje a Will Rogers; auténtico fin de la ruta 66 (y no en el muelle de Santa Mónica como mucha gente cree).




No me creo que la hayamos terminado ya, acabamos de cruzar el País de Este a Oeste, acabamos de poner fin a la mayor aventura de nuestra vida. Siento una extraña mezcla de alegría y pena. Tengo ganas de llorar y tengo ganas de saltar. Acabamos de firmar uno de los Grandes Éxitos de nuestra vida.

El cielo está espectacular y el sol se pone poco a poco tras el horizonte regalándonos un atardecer precioso. Decidimos dar un paseo por la playa. Unas cuantas fotos, unas cuantas tomas de vídeo para nuestro documental americano, nuestros pies descalzos mojados por el Pacífico y nuestras manos juntas. En nuestra cara una enorme sonrisa se hace invencible.

Los vigilantes de la playa cierran su caseta, descargan las tablas de surf de sus camionetas y esconden sus dorados cuerpos bajo una sudadera roja. Es la tercera vez que piso esta playa y no deja de fascinarme. Antes de subir de nuevo al muelle nos sorprende un tipo que sale del agua vestido con un elegante y empapado traje. Mary y yo nos miramos totalmente alucinados. Las gaviotas se adueñan de la playa y los mexicanos son los últimos en abandonar la arena.




Ya en el famoso muelle de Santa Mónica, nos hacemos la foto de rigor en la señal homenaje al fin de la Ruta, mucha gente cree que justo aquí termina la Ruta, pero gracias a la "Biblia" de Víctor Muntané sobre la 66 descubrimos que no.

Vemos morir el atardecer justo al final del muelle. Muchas parejas pierden su mirada en el lejano horizonte, Mary y yo nos apoyamos sobre la barandilla. Un muchacho con rasgos asiáticos acaricia su guitarra acústica mientras su dulce voz versiona varios clásicos de una forma magistral. Hubiese cogido a ese tipo y me lo hubiese llevado a casa para que estuviese cantándome al oído toda mi vida.

Pillamos algo de cenar en uno de los muchos bares de la zona y nos sentamos en una mesa. Pasta con queso y pizza. A nuestro alrededor solo se escucha español. El muelle de santa Mónica es un auténtico hervidero de gente donde puedes ver absolutamente de todo. Nos llaman la atención especialmente dos chicos de aspecto árabe pero muy americanizado: Turbante, gafas de pasta muy hipster, barba muy poblada y larga perfectamente arreglada, cazadora vaquera, pantalones superskinny y Nike Airmax. Brutal.




Cuarenta minutos después estamos en Lynwood; barrio mexicano de Los Ángeles, en el mismo Motel donde nos alojamos en nuestra última visita a la ciudad hace dos años. Todo sigue igual, parece que no ha pasado el tiempo. Hacemos el "check in" y descargamos las maletas. Esta vez nos toca planta calle. Me viene justo para cambiarme, el sueño y el cansancio se hacen con nosotros. La Ruta 66 ya ha concluido pero a nuestra aventura todavía le quedan unos días por delante, para disfrutar de mi ciudad favorita de mundo mundial; Los Ángeles.

Mike.





miércoles, 14 de octubre de 2015

RUTA 66. DÍA 12: WINSLOW - KINGMAN (ARIZONA).

El despertador nos echa de la cama a las seis y media de la mañana. Recogemos las maletas y bajamos a la zona del desayuno que está junto a la recepción. La educación del encargado del hotel deja mucho que desear, al igual que la limpieza e higiene de la piscina, pero las habitaciones son de lo mejor que hemos visto en este viaje y el desayuno ofrece más variedad de lo que nos hemos encontrado hasta ahora: salchichas, bacon, gofres... este es el Motel de los extremos; una atención penosa contra un confort asombroso.

Me decido por medio kilo de salchichas metidas a presión entre dos tostadas de pan, zumo y café con leche. Justo en la mesa de al lado una adorable niña rubia toma asiento. Cuando el abuelo se acerca nos quedamos sorprendidos al ver que se trata de un motero de unos sesenta años, hasta el cuello de tatuajes y con una Harley esperándole al otro lado de la puerta. La estampa es preciosa, ver como un hombre de esa edad y con ese aspecto de duro cae completamente rendido a los gestos de esa guapa niña. La escena me despierta cierta ternura. Devoro mi bocata de salchichas sin dejar de mirarlos.

En Zaragoza los abuelos llevan boina, camisa, pantalones de pinzas y bastón. En Winslow, lucen tatuajes, gafas de sol y cabalgan junto a sus nietas en Preciosas Harley Davidson.

Cuando terminamos nuestro desayuno, la dulce niña ya ha derramado dos veces el zumo por el suelo del Hall y el abuelo trata de limpiarlo con una enorme sonrisa ante la atenta mirada de su nieta.






Nos acercamos a una gasolinera cercana a llenar el depósito y nos hacemos con dos cafés de medio litro. Ponemos en marcha la aplicación que nos está guiando a la perfección a lo largo de la 66, sin la cual no creo que hubiésemos podido ser tan fieles al trazado original de la ruta.

La primera parada la hacemos en Twin Arrows, dos enormes flechas clavadas en medio de la nada junto a una antigua gasolinera que se cae a trozos, y cuyos accesos están completamente en obras por reformas en la carretera, para colmo está prohibido el paso y la posición del sol dificulta bastante las fotos. No hemos tenido suerte ya que se trata de uno de los puntos de interés de la ruta madre.

Nos cruzamos con un enorme rebaño de vacas que camina junto a la carretera. Bajo del coche para hacerles unas fotos y de repente paran el paso y clavan su mirada en mí. Ahora mismo tengo delante a unas cien vacas con sus respectivos cuernos y con sus respectivos trescientos kilos sin ningún tipo de valla de seguridad por el medio. Lo inteligente hubiese sido subir al coche lo antes posible para largarnos cuanto antes de allí y no ponerme a mugir como un imbécil..... pero me sale un "Muuuuuuuuuuuu" desde muy muy dentro y me quedo ahí pasmado siendo el gran punto de interés de las vacas. Una de ellas comienza a mover el rabo y a mugir, yo repito mi ya famoso mugido y les hago signos con la mano para que avancen. El rebaño comienza a moverse de nuevo paralelo a la carretera. Mary graba la escena como puede ya que el ataque de risa es superior a ella. Adiós amigas¡¡ Que gran pastor ha perdido el mundo.




La decadencia a lo largo del trayecto es un aliciente más, es un personaje no escrito con un peso clave en la trama. Son los restos del éxito de la que un día fue la vía principal de América. La carretera que debías recorrer si querías huir de la bancarrota del este y tratar de cumplir tu sueño en la tierra de las oportunidades; California. Era el trampolín hacia un mundo mejor y el único camino para llegar al oeste, por la que transitaron millones de aventureros en busca de una vida mejor, y que hoy, casi un siglo después de sus "grandes Éxitos", continua manteniendo esa magia que hace que miles de viajeros vengan de todas las partes del mundo para recorrer la que es la madre de todas las rutas. Larga vida a la 66.





Llegamos a Williams, pequeño pueblo que nos resulta familiar ya que hace tres años, cuando recorrimos la Costa Oeste, tuvimos el placer de visitarlo. Consta de una vía principal con varias tiendas dedicadas a souvenirs de la ruta. En una de ellas venden todo tipo de carteles relacionados con cualquier cosa que puedas imaginar, desde diners de los años cincuenta, a viejos anuncios de productos como Cocacola o cerveza... nos hacemos con tres o cuatro carteles para adornar la pared de nuestro salón. En otra de las tiendas hay un precioso cadillac aparcado justo en la puerta, dentro del local, la propietaria de la tienda se interesa por nuestro viaje y nos regala una pegatina de recuerdo.





Antes de abandonar el pequeño Williams buscamos un diner llamado Twisters 50´s, que aparece en la guía de Víctor Muntané. Damos un par de vueltas por todas la calles del pueblo, pero no tenemos éxito. Finalmente, decidimos continuar con nuestro viaje. Mi estómago comienza a protestar ofreciendo un concierto sinfónico con todo tipo de ruidos; el hambre es atroz.

Ya en Seligman, llegamos a Delgadillo Brothers. Visitamos primero la vieja barbería que mantiene intacto el espíritu y aroma de los años cincuenta y el rugido de nuestros estómagos nos guía directamente al restaurante. Uno de los lugares más locos que hemos podido visitar a lo largo de nuestra aventura. Un cartel nos da la bienvenida: "Disculpen, estamos abiertos", junto a él, un enorme coche blanco con un Papá Noel y un árbol de Navidad en el asiento de atrás. Este lugar no tiene ni pies ni cabeza. Un japonés tira del asa de la puerta, pero la puerta no abre y podemos leer claramente "Pull".... tras un buen rato observando la escena, nos damos cuenta de que esa puerta se abre al revés; se trata de una broma.






En Delgadillo Brothers es todo un maldito cachondeo. En la parte de atrás hay una colección de retretes expuesta, un muñeco gigante vestido de granjero echando la siesta en la caseta del perro, una caseta de madera con una taza de water y un póster enorme de John Wayne detrás apuntándote con un arma... nada tiene sentido. El calor es asfixiante. Nos sentamos a una mesa y pedimos dos hamburguesas con un par de botellas de esas que llevamos viendo a lo largo de toda la Ruta con el emblema de la 66. La camarera me advierte de que no se trata de cerveza si no de una especie de soda.

En cinco minutos tenemos sobre la mesa una de las mejores hamburguesas de la Ruta y uno de los peores mejunjes que he probado jamás, el líquido de la botella no es soda es jarabe para la tos (o al menos sabe a medicina). Nos quedaremos con las botellas de recuerdo.

Junto a nosotros, una familia de holandeses repone fuerzas delante de un docena de raciones de patatas fritas, batidos y unas cuantas hamburguesas.

El sol derrite el helado de Mary a toda velocidad, al poco tiempo tiempo podría hacer de Joker en la próxima peli de Batman.




Juan Delgadillo fue el creador de este maravilloso lugar, que lleva sirviendo hamburguesas desde los años cincuenta. Cuando el bueno de Juan murió, sus familiares cogieron las riendas del negocio y a día de hoy es una de las paradas obligadas en la 66. Uno de los lugares más míticos y con más solera de los cuatro mil kilómetros que separan Chicago de Santa Monica.

Atravesamos Arizona. El paisaje es completamente amarillo donde de vez en cuando vemos un ligero tono verdoso. Una enorme cordillera realiza la ruta junto a nosotros. El termómetro del coche marca los cien grados. Vamos completamente solos por la carretera. Paramos y bajamos del vehículo para estirar las piernas. No se escucha un alma, ni un pájaro, ni una ráfaga de viento, nada de nada. Puedo sentir respirar la carretera. Este, posiblemente sea uno de los mayores momentos de paz que he experimentado en mi vida.





Tras llegar al Motel, buscamos ansiosos la piscina, ahí está, en la parte trasera del Motel. El logotipo de la Ruta se asoma desde el fondo. El cielo está anaranjado y el calor de nuestros cuerpos es ya un recuerdo. Nos damos un orgásmico chapuzón de casi media hora mientras el sol se pone sobre nuestras cabezas.

Tras secarnos y cambiarnos, decidimos salir a cenar a un Restaurante del pueblo que anuncia buena carne. Nos plantamos en un auténtico salón del Oeste donde las camareras van vestidas de época. El lugar está lleno pero tenemos una mesa libre junto a la ventana. Cuando la noche ya ha aparecido por completo, nos hacen compañía un par de budweiser y sendos filetes de carne con guarnición. Puedo ver algo parecido a un mapache corriendo a toda velocidad bajo los coches que hay aparcados al otro lado de la ventana.

Volvemos al motel. Se encuentra en lo alto del pueblo, me quedo un rato en la puerta observando la carretera y escuchando el ruido que los coches hacen al pasar. La noche es cerrada, la luna me observa atenta desde la más profunda oscuridad. Mañana llegaremos a la tierra prometida; California.


Mike.